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Una obra de arte de Velázquez

Suyos fueron tres de los nueve goles del Madrid a la Real en 1967

· 757 words

Bajaba Miguel Muñoz una tarde de pretemporada desde el hotel del Madrid en Navacerrada hacia el campo de entrenamiento. “Ahí está, tomando el sol”, comentó al divisar a uno de sus jugadores tumbado mientras apuraba los últimos rayos de la tarde. Era Manuel Velázquez. Muñoz le ordenó regresar al hotel: entendía que tomar el sol antes de empezar a correr era una señal de que no tenía demasiadas ganas de trabajar. La de Velázquez es una de esas historias reservadas a los genios a los que muchas veces no se entiende. Un número 10 de clase exquisita que en más de una ocasión provocó el enfado del Bernabéu por desaparecer de los partidos o por no dejarse la piel en balones imposibles. "Para eso ya estaba Pirri", solía decir De Felipe, gran amigo de Velázquez (1943-2016) y compañero suyo en el Real Madrid. Quienes más le trataron hablan de una persona de educación exquisita, de valores inquebrantables y capaz de plantarle cara al mismísimo Santiago Bernabéu si consideraba que la razón estaba de su parte. O de la de sus compañeros. Y quienes le vieron jugar recuerdan a un futbolista de una calidad extraordinaria, dueño de una visión de juego fuera de lo común. A él le colgaron, entre otras muchas etiquetas, la de ser el hombre que retiró a Puskas. Pero la realidad fue mucho más simple: no fue Velázquez quien retiró al húngaro, sino el fútbol y el paso de los años. Velázquez dejó muchas clases magistrales en los 402 partidos oficiales que jugó con el Madrid. El primero fue en plenas Navidades de 1965, el 26 de diciembre, en un 2-5 en Mallorca; el último, el 22 de mayo de 1977, contra el Málaga, en Chamartín (2-1). Cerebro de profesión, con el Madrid ganó seis Ligas, tres Copas y la Copa de Europa de 1966. Marcó 59 goles. Tres de ellos en un mismo partido: la goleada por 9-1 ante la Real Sociedad del 15 de septiembre de 1967. Era la segunda jornada de Liga. El Madrid se había estrenado con una victoria en campo del Sevilla (0-2) y la Real derrotando al Pontevedra en Atotxa. A pesar de su estreno victorioso, los vascos llegaron a Madrid repletos de temores. La noche antes del partido, Andoni Elizondo, entrenador de la Real, departía con MARCA en el hall del hotel Zurbano. Su mensaje mezclaba sensaciones: “Es muy posible que perdamos, pero no salimos derrotados. A un equipo que trabaja y lucha como la Real es muy difícil ganarle”. Ese mensaje quedó arrasado por lo que sucedió sobre el verde del Bernabéu en un partido que es la mayor derrota de la Real en la historia de la Liga. “De mala suerte, nada. Tal vez los primeros goles nos comieron la moral, motivando que descuidáramos demasiado el marcaje, así como el sistema defensivo. No creo que nos afecte, porque veníamos preparados para algo parecido”, aseguraba tras la paliza recibida Josemari Martínez, el capitán de un equipo en el que jugaba quien, como entrenador, le daría a la Real las dos Ligas que tiene: Alberto Ormaetxea. Gran parte de las explicaciones para entender el 9-1 de aquella noche madrileña de finales de verano estuvieron en el gran partido de Velázquez. Primero repartió juego desde su cátedra del 10; después marcó goles como en ningún otro partido de su carrera. Suyos fueron el quinto, el sexto y el séptimo del Madrid. “Han sido tres goles muy parecidos. Grosso y Amancio me han dado tres pases extraordinarios y, en todas las ocasiones, he tenido tiempo para avanzar y disparar antes de que saliera el portero. Creo que dos goles entraron por el mismo sitio; el otro, por el lado contrario. Pero los tres los marqué desde la misma demarcación”, contaba el goleador. No se llevó el balón a casa, porque a esa tradición británica aún le quedaban tres años para llegar a España de la mano del Athletic. La exhibición del Madrid y de Velázquez no la vio Bernabéu. Don Santiago vivía una época en la que su presencia en los partidos de casa era una excepción. Más allá del homenaje a Di Stéfano, ante el Celtic el 7 de junio de 1967, el presidente blanco era reacio a dejarse ver en Chamartín. Sí estuvo su mujer, doña María, quien explicó que Bernabéu había decidido esta vez quedarse en casa porque al día siguiente le esperaba un viaje a Ámsterdam. Al Madrid le aguardaba el Ajax y un chico del que empezaba a hablarse mucho: un tal Johan Cruyff. 

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