El Madrid que nació en Roma
La rebeldía que remontó un 3-1 en el Olímpico se ha vuelto el carácter de un equipo que doblegó al Barça y suma cinco victorias consecutivas
Todos los caminos del nuevo Madrid conducen a Roma. En el Estadio Olímpico, aquella misma tierra que vio a gladiadores levantarse de la arena, nació algo más que una remontada. El equipo de Mourinho se veía 3-1 abajo tras el doblete de Malen, derrotado y casi sentenciado, cuando decidió pelear a muerte en el coliseo. Los cambios movieron el banquillo, Espí y Endrick saltaron a la arena con hambre de supervivientes y Rüdiger clavó en el 90 la estocada del 3-4. Aquella rebeldía no se quedó en Italia, cruzó el Mediterráneo con la expedición y, en el Camp Nou, plantó su bandera. La sanción de Vinicius, que a priori parecía un contratiempo, acabó obrando a favor de Mourinho. Sin su extremo de referencia, el portugués se vio empujado a reinventar el ataque, y lo que salió de esa obligación funcionó mejor que muchos planes meditados. El Madrid volvió a golpear al espacio siendo certero, a correr en cuanto recupera y a esperar con paciencia cuando no hay tantos huecos, hasta hallar la grieta por la que entró el 0-1 del Camp Nou. Un compromiso al que se sumaron Mbappé y Diomande, equilibrando cabeza y explosividad, quienes encontraron pista libre para sus piernas, y el equipo, una manera de hacerse temer sin depender de los destellos del galo. El andamiaje de ese fútbol se levanta por la derecha. Con Valverde, Bernardo Silva y Güler rotando posiciones, el Madrid tapa agujeros antes de que existan y recupera lejos de su área, ahorrándole sustos a la defensa. Con la gasolina hasta donde dio, el beneficio llegó también hasta atrás. Liberados de vivir pegados a su portería, Huijsen y Konaté pudieron adelantar la línea, salir jugando y disputar el balón de cara en vez de a la desesperada. Mbappé firmó el Camp Nou con sus dos goles, pero el mérito lo repartió un trabajo coral y de concentración durante los 90'. Detrás del 1-2 hubo una jugada de Camavinga que explica la reconciliación del equipo consigo mismo. Y también emergió un símbolo mayor: Lunin, meses sin jugar, lanzado a un partido de semejante exigencia por un imprevisto, respondió disfrazándose de Courtois. Con esos cimientos, cinco triunfos seguidos dejan de oler a casualidad. El Madrid no encadenaba tanta regularidad desde hace un año, desde que el Xabi Alonso de aquel arranque enlazó siete victorias antes de que todo se le viniera abajo. Aquella estabilidad perdida reaparece ahora, y lo hace reforzada por el peso de haber tumbado al rival al que había que tumbar. La victoria en el Camp Nou valida la sensación de que el camino va en serio. Noviembre invita a seguir rodando. El Racing en El Sardinero, el AEK en Europa y el Valencia en Mestalla antes del parón; luego, Celta, PSV y Alavés, estos tres en el Bernabéu. Un calendario amable, aunque con avisos. El Sardinero jamás ha sido un jardín para los grandes y Mestalla, con su marea, muerde a quien se presenta confiado. Allí no basta con ser mejor y la relajación se cobra cara. El contraste con hace apenas un mes agranda el mérito. Tras el tropiezo del derbi, este Madrid se bañaba en dudas y la idea de fútbol era carne de tertulia. Cinco partidos después, el equipo gana, se divierte y se reconoce en el ADN. Lo que germinó en Roma de la zozobra y la urgencia ya tiene forma de carácter.
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