Del pupitre a la Copa del Rey
Una mañana con Sadjo, jugador del Sporting de Hortaleza, que se mide al Sevilla
Sadjo Fati, jugador del Sporting de Hortaleza y estudiante de CAFYD, vive entre apuntes y entrenamientos la semana más especial de su vida: la del enfrentamiento contra el Sevilla en la Copa del Rey. Por la mañana es un alumno más. Por la tarde, defiende la camiseta del club de su barrio, que milita en la Primera Autonómica madrileña. Será la primera noche copera en los 62 años del club, obligado a hacer de local fuera de su fortín en Monóvar, para poder jugar esta noche ante más de 4000 aficionados en el Estadio Municipal del Val, en Alcalá de Henares. Todo empezó con un balón. Llegó al distrito con 12 años, desde Tetuán, y su primera misión fue integrarse: “Éramos mi hermano y yo bajando a las canchas para hacer amigos y buscar un grupito con el que jugar al fútbol”, recuerda Sadjo. Aquel compañero de partidilllos era Lamini, tres años menor que él, hoy central del Real Madrid Castilla y debutante este verano en la pretemporada a las órdenes de Mourinho. Sin embargo, Sadjo terminó uniéndose en la categoría Juvenil al Sporting de Hortaleza, y ahora ese vestuario es un grupo que se conoce de cuatro o cinco temporadas atrás y que funciona como una pandilla. Medirse a un Primera con ellos es “todo un orgullo”. “No hay nada que nos haga más ilusión que vivir este partido con nuestros amigos”, apunta el joven central. El billete llegó tras conquistar la Copa RFFM y sobrevivir a una eliminatoria de infarto ante el Güímar, marcada por el apedreamiento del vehículo del equipo en Tasagaya y resuelta con un penalti discutido en la prórroga de El Peñón. Nada fue casual: “Hemos peleado bastante por esto, no solo este año: el anterior y el anterior”, subraya. En la Universidad Francisco de Vitoria de Madrid conocen bien ese esfuerzo, y por eso la noticia del cruce con el Sevilla se vivió como algo propio. Sus compañeros, que ya le escribieron sin parar durante la odisea canaria, le recibieron en el aula con un pasillo. Su profesor, Alfredo Bravo, lo cuenta con orgullo: “Le hicimos un recibimiento acorde a lo que se merecía”, explica. Bravo observa todo con una mezcla de cariño e ironía. Para él, el partido es una oportunidad única, tanto para Sadjo como para que los compañeros que le rodean le brinden su apoyo, y define a su alumno con precisión: “Es el típico que no llama la atención, ni para bien ni para mal, pero cuando aporta, suma a la clase”. Apunta el docente. Aunque tampoco se calla su punto débil: “Disimula muy bien el uso del móvil”, admite con jocosidad Eso sí, el profesor recuerda que pronto hay examen y que, después de la Copa, toca estudiar. Entre bromas, Bravo ya le ha hecho un encargo: guardar la camiseta que consiga del Sevilla para el. Su consejo para el partido es sencillo: “Disfruta, porque aunque enfrente haya jugadores técnicamente mejores, siguen siendo once contra once”, concluye. Detrás del futbolista hay una historia de sacrificio. Su madre llegó desde Angola y su padre, desde Guinea-Bisáu. Según cuenta Sadjo, ambos dejaron sus países huyendo de situaciones muy duras y tuvieron que empezar de cero en Europa. Para Sadjo y sus hermano, ellos son el gran referente. En casa nunca se ha celebrado un buen partido más de la cuenta, porque la consigna siempre ha sido la misma: no olvidar de dónde vienen. Él lo resume con una frase que podría colgar en cualquier vestuario: “Con trabajo, lo mismo te llega, lo mismo no te llega, pero sin trabajo seguro que no te llega nunca”, confiesa Sadjo.Una frase grabada a fuego en su mente. Él mismo admite que nunca podrá devolverles todo lo que han hecho, aunque se conforma con que estén orgullosos de él. En una casa madridista hasta la médula, cada paso de Lamini en Valdebebas se celebra a lo grande. El jueves, sin embargo, el protagonista será el hermano mayor, y, según asegura, su hermano será el primero en llegar a la grada. En El Val, Sadjo tendrá delante a futbolistas curtidos en noches europeas, muy lejos de los rivales del fútbol regional madrileño a los que se enfrenta cada domingo. Fofana y Agoumé son sus favoritos, y ya sabe a quién le pedirá la camiseta al final: al centrocampista francés Lucien Agoumé. No se engaña sobre lo que le espera: “Chocar contra ellos va a ser como chocar contra un muro, pero vamos a intentarlo”, admite el jugador del Sporting de Hortaleza. Quiere darlo todo y, por supuesto, quiere ganar, pero lo que más desea es disfrutar de una noche que de niño parecía imposible. Para él, el partido es también un homenaje al camino recorrido: un año entero de entrenamientos, de victorias y de derrotas que no se ven cuando las cámaras de televisión llegan. Pase lo que pase esta noche, en unos días volverá a su pupitre en la Universidad, y quizá con una camiseta de alguno de sus ídolos del Sevilla en la mochila. Porque su historia no empieza ni termina en Alcalá tras el pitido final. Arrancó en una cancha de tierra del barrio, persiguiendo un balón junto a su hermano pequeño para hacer amigos en un sitio nuevo. Y ahora gozará de una noche de fútbol de primer nivel, junto a un vestuario con el que ha ido de la mano durante todos estos años. Con su familia en la grada, con toda su clase pendiente del resultado, y sobre todo con el aliento de todo un barrio detrás. Sin trabajo duro, decía, seguro que no llega. Y esta noche, por fin le ha terminado llegando. Señal de que ha trabajado para conseguirlo.
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