Sorpresón Mundial: McNulty se lleva el arcoíris tras una batalla loca en Montreal
El americano, que había ganado en Montreal hace dos años, se lleva la victoria gracias al gran trabajo de Estados Unidos: Van der Poel y Matthews le acompañaron en el podio mientras que Ayuso fue 13º
Montreal tiene una manera cruel de medir a los ciclistas. Les enseña la misma cuesta una vez, luego otra y después tantas como hagan falta hasta que dejan de reconocerla. El Mont-Royal no necesita una subida interminable para decidir una carrera como un Mundial: le basta con repetir sus rampas, vuelta tras vuelta, y esperar a que las piernas empiecen a romperse. Al final de aquella sucesión de esfuerzos esperaba Brandon McNulty, el hombre que se llevó el arcoíris. La carrera había nacido lejos de allí, en Brossard, con 273 kilómetros por delante y el maillot de Pogacar sin dueño. Dieciséis corredores aprovecharon el primer permiso del pelotón para marcharse. Su ventaja superó los ocho minutos mientras las selecciones favoritas guardaban fuerzas. Aquella calma tenía fecha de caducidad: la entrada en el circuito de Montreal. Francia fue la primera en romper el acuerdo tácito. Bruno Armirail se instaló al frente y convirtió cada vuelta en un desgaste colectivo. La escapada perdió minutos; detrás, corredores que aspiraban a llegar al final comenzaron a perder ruedas. El ritmo se llevó por delante las opciones de Enric Mas a más de cien kilómetros de meta. El vencedor de LaVuelta, una de las grandes bazas españolas, cedió cuando aún quedaba más de una carrera entera por disputar. Carlos Verona y Felix Gall también acusaron el castigo. Ahí cambió el Mundial. Los ataques dejaron de ser una amenaza futura y empezaron a suceder en cada repecho. Marcel Camprubí consiguió filtrarse en un movimiento numeroso junto a Mathieu van der Poel, Oscar Onley, Ben Healy y otros nombres capaces de llegar muy lejos. La carrera se abrió en varios frentes, con grupos que aparecían y desaparecían entre aceleraciones. Mont-Royal ya no concedía tiempo para mirar alrededor: había que responder al corredor de delante sin saber quién seguía por detrás. Wout van Aert lanzó uno de los primeros golpes serios y Van der Poel salió tras él. Primoz Roglic alcanzó la cabeza. Isaac del Toro aceleró desde atrás con Juan Ayuso, Remco Evenepoel y Paul Seixas a su rueda. Cada esfuerzo servía para cerrar un hueco y, al mismo tiempo, abría otro. Sin pinganillos, los corredores tenían que leer la carrera sobre la marcha, entre el ruido de la gente y el aire que les quedaba en los pulmones. Entonces Van der Poel volvió a levantarse sobre la bicicleta. A 73 kilómetros de meta atacó en la cota con esa violencia suya que parece reducir la carretera a unos pocos metros. Solo Quinn Simmons y Onley pudieron seguirlo. Van Aert y Roglič quedaron en un grupo perseguidor; Ayuso resistía algo más atrás, junto a Evenepoel, Seixas, Del Toro y otros candidatos que todavía buscaban la forma de regresar a la pelea. Parecía uno de esos movimientos que obligan a todos los demás a correr contra el reloj. Pero en Montreal ninguna ventaja era definitiva mientras quedaran vueltas. Los perseguidores se buscaban, se medían y volvían a atacar. Por momentos, la carrera daba la impresión de avanzar a golpes: un grupo alcanzaba a otro y, antes de que nadie pudiera tomar aire, un corredor arrancaba de nuevo. En ese desorden encontró McNulty su oportunidad. El estadounidense supo sobrevivir a la selección que había hecho el circuito y guardó fuerzas para cuando la carrera empezó a pesar más que los nombres. Mientras las miradas seguían pendientes de Van der Poel, Van Aert o Evenepoel, él se metió de lleno en la disputa por el título. A esas alturas, la distancia recorrida se veía en cada gesto: nadie aceleraba gratis y cada persecución exigía un esfuerzo que podía faltar en la siguiente subida. McNulty aguantó esa sucesión de cambios hasta imponer su carrera. Montreal había repartido protagonismo entre los favoritos durante kilómetros, pero el último capítulo fue suyo. Cruzó la meta como campeón del mundo, después de una jornada en la que había que tener piernas para responder, cabeza para elegir cuándo hacerlo y resistencia para repetirlo una vez más. Para España, la eliminación temprana de Mas cambió los planes. Ayuso quedó como la principal referencia en una carrera que apenas permitió ordenar equipos o proteger líderes. Camprubí había dado presencia a la selección en uno de los movimientos importantes, aunque el Mundial terminó convertido en una pelea individual entre corredores cada vez más castigados. El arcoíris encontró dueño tras 273 kilómetros y una larga tarde de ataques en Montreal. McNulty llegó al final de todos ellos. En un circuito que pedía subir la misma cuesta hasta el agotamiento, fue el que todavía tuvo fuerzas para ganar. El oro voló de nuevo para Estados Unidos (no lo hacía desde el éxito de Armstrong. Ayuso, 13º, fue el mejor español. Ahora tendrá la oportunidad de sacarse la espina en el Europeo.
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