Una mente a otra velocidad: el TDAH en el deporte de élite
Este trastorno de origen neurobiológico cursa con hiperactividad, impulsividad y déficit de atención. Giménez, Amaia Alday o Jero García, para los que el deporte ha sido clave, ejemplos
Mi infancia fue complicada. Me sentía diferente, no encajaba. Veía que el resto podía llevar a cabo las tareas diarias de una forma ordenada y normal y yo dejaba los trabajos para el final. No atendía, a veces incluso me costaba mantenerme concentrada en cosas que realmente me gustaban. En clase, al estar quieta notaba como si tuviese corriente por dentro del cuerpo, necesitaba moverme porque si no, me empezaba a agobiar, me angustiaba. Al final era frustrante”. Amaia Alday (Dima, 2000), campeona en tres ocasiones del Cuatro y Medio de pelota vasca, creció sin entender qué le ocurría o por qué muchos adultos de su entorno le decían que era vaga e inquieta y ella no lo podía evitar. Algo similar le ocurrió a José María Giménez (Toledo -Uruguay-, 1985), actual jugador del Deportivo y uno de los grandes capitanes del Atlético de Madrid en la ‘era Simeone’. “Fui un niño súper inquieto, con muchísima energía. Todo el tiempo quería jugar, correr... También era el típico niño que se portaba mal. Estaba todo el tiempo queriendo llamar la atención. En clase me aburría, molestaba a los compañeros. Siempre me fue bien en los estudios, pero me condenaba muchísimo el tema de la conducta”, asegura a MARCA. Ambos deportistas tienen TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), un trastorno de origen neurobiológico en el que existe un funcionamiento diferente de la parte prefrontal del cerebro, cuyas manifestaciones pueden cursar con déficit de atención, hiperactividad e impulsividad, en distintos grados y frecuencias. “Se trata de una neurodiversidad biológica, una disfunción neurológica que afecta a aquellas funciones ejecutivas o situaciones diarias que requieren un funcionamiento adecuado”, explica a MARCA Maite Urkizu, psicopedagoga, especialista en conducta y en TDAH y coordinadora de la asociación ADAHIGI de Gipuzkoa. “Hablamos, por tanto, de poder mantener la atención, la planificación, la gestión emocional, el recuerdo de actos pasados, el ser capaz de gestionar las repercusiones y la toma de decisiones en base a esas consecuencias... Es mucho más que decir que una persona no presta atención, se mueve o es impulsivo”. En los últimos años el TDAH, como otras neurodivergencias, se ha visto rodeado de falsas creencias y mitos que en ocasiones dificultan identificar un trastorno que afecta a más de 4,2 millones de personas en España. “El diagnóstico es sanitario y debe ser multidisciplinar”, apunta Urkizu. “Se realizan pruebas psicométricas que suman muchísima información al diagnóstico sanitario posterior. Pero también se valoran las dificultades que se perciben en varios ambientes: colegio, amigos, casa... Con cuestionarios y una visión evolutiva de cómo ha sido el proceso de ese niño y adolescente, el sanitario puede dictaminar el TDAH”. La detección temprana de este trastorno, del que ya había bibliografía médica documentada en siglos pasados, es crucial, pero en ocasiones la falta de información resulta un obstáculo para ello. “Siempre me decían que era vaga, movida, pero nadie me habló del TDAH”, recuerda a MARCA Amaia Alday. “En casa también tuve muchos conflictos con mis padres. No nos entendíamos. Yo jugué al fútbol desde los 9 hasta los 20 años, pero era una persona bastante impulsiva, que no sabía controlar todo lo que sentía. En los entrenamientos y en los partidos a veces tenía problemas. Cuando el entrenador explicaba algún ejercicio, yo nunca me enteraba de lo que había que hacer. Y en mitad de un partido, entre el ruido de la grada y del campo, mi técnico me intentaba hablar, pero yo tenía demasiados estímulos y no podía prestar atención a uno solo. Además, tenía altibajos en el juego, lo hacía muy bien los primeros 20-30 minutos de los 50 que estaba en el campo porque me desconcentraba”. Eso llevó a Amaia a dejar el fútbol y empezar a jugar a pelota vasca. “En el frontón, tenía diversas actitudes que no sabía gestionar, como pegar golpes a la pared, lanzar la pelota... Así, a los 20 años pedí asesoramiento a un psicólogo y ahí me diagnosticaron TDAH”. Según estudios realizados, y pese a que en ocasiones existe infradiagnóstico, la prevalencia de este trastorno entre los deportistas profesionales de élite es del 7%-8%, mientras que en la población adulta general apenas alcanza el 5%, estadísticas que puede respaldar la ciencia. “Un cerebro TDAH funciona de manera diferente porque hay dos neurotransmisores que no tienen la misma intensidad de acción: la dopamina y la noradrenalina”, explica Maite Urkizu. “La parte prefrontal del cerebro se activa porque esa sustancia está en el nivel óptimo y arranca. ¿Qué hace el deporte? Generar estos dos neurotransmisores. Por lo tanto, el deportista va a tener ese plus porque el deporte se lo está dando de forma natural. Además, por el factor neurotrópico derivado del cerebro, la persona que hace deporte estará en una condición mayor de concentración, regulación emocional y control de la impulsividad”. Dicha impulsividad es otro de los rasgos del TDAH y el deporte ayuda a canalizarlo. “De niño yo sentía que iba a una velocidad completamente distinta a los demás”, recuerda Jero García, exboxeador, entrenador y presidente de la Fundación de Ayuda a la Integración a través del Deporte que lleva su nombre. “Y eso, en el contexto del Carabanchel de los años 80, me llevó a abrazar la violencia como forma de reafirmarme. Culturalmente era lo que vivía y me di cuenta de que me regulaba emocionalmente. Con 8 años me expulsaron del colegio por primera vez porque le hice una zancadilla a la profesora. Tenía una impulsividad que no era normal. Si la liaba, me sentía bien y empecé a delinquir, con pequeños hurtos... hasta que tuve un susto mayor y dije que no podía seguir así”. Tras darse cuenta de que en el fútbol, aun jugando ya en Preferente con 18 años, no podía seguir (“me tiraba expulsado un partido sí, uno no”), Jero se abrazó al ‘noble arte’. “Encontré la paz entre los golpes”, explica el exboxeador. “Regular la ira y canalizar la agresividad me hacían encontrar la estabilidad emocional que hacía 20 años que no tenía. El boxeo me aportó muchísimos valores: disciplina, constancia, motivación, solidaridad, pertenencia al grupo... y eso lo pude extrapolar a mi vida”. Tanto en el caso de Amaia Alday como en el de Jero García y José María Giménez el diagnóstico llegó en la etapa adulta, a veces por la detección de este trastorno a alguno de los vástagos. “A mi hijo mediano, Luciano, le empezaron a etiquetar de insoportable, de peleón...”, explica el jugador del Depor. “Como padre me empecé a preocupar por la situación. Quise buscar respuestas a su forma de ser. Muchas veces no lo entendíamos, tenía comportamientos que me recordaban a mí cuando era pequeño. Fuimos a un centro muy bueno en Madrid, especializado en niños con trastornos, y a partir de ahí empezamos con los estudios”. Llegaron entonces las pruebas, las preguntas, los análisis, los cuestionarios... “Le dieron el diagnóstico de TDAH a mi hijo y después el especialista me miró y me dijo ‘papi, esto es hereditario’. En ese momento, no sé por qué, me puse a llorar, porque yo me decía: ‘Tanto tiempo viviendo con él y no lo sabía entender, no lo podía entender’. A partir de ahí fue un antes y un después en nuestras vidas”. Recibir el diagnóstico del TDAH supone hallar la pieza del puzzle que permite comprender y contextualizar que aquellas emociones, patrones y actitudes incomprendidos y criticados en muchas ocasiones desde la infancia no eran fallas sino características de una mente neurodivergente que interpreta la vida de otra manera. “Me pusieron medicación y ya con el diagnóstico empecé a entenderme y a aceptarme a mí mismo”, admite Giménez. “Porque antes me frustraba mucho el hecho de que me iba a dormir y era el momento en el que todo me venía a la cabeza. Ahora descanso muchísimo mejor y me tomo el día con más calma. Fue un paso muy importante en mi vida para empezar a ser yo desde lo que tengo”. Aunque el TDAH puede condicionar algunos aspectos de la vida, permite tener desempeños extraordinarios en otras facetas y el deporte es una de ellas. “Tenemos dos capacidades maravillosas que normalmente están siempre a favor del deportista con TDAH si tiene aptitudes para esa disciplina”, analiza Urkizu. “Uno es el hiper foco: ante el reto, ante la motivación del enganche, ante lo que supone el subidón de la competición, los deportistas con TDAH van a estar al 100% para llevar a cabo ese deporte. Y el otro es la regulación: como estoy a nivel neurológico y a nivel neurotransmisor correctamente, voy a poder regular muchísimo más. Eso les facilita que en los momentos en los que deben estar al límite, den el máximo”. Así lo corroboran los deportistas, que sienten que el deporte fue un sostén que les ayudó física y anímicamente de niños y que terminó siendo su profesión. “Cuando yo corría por todos lados en el campo, era mejor que cuando corría en el salón de casa. Al final me sentía en libertad y eso fue gracias al fútbol”, recuerda Giménez. Los hándicaps de estos perfiles, sin embargo, pueden ser la falta de constancia y la gestión de la frustración. “Yo he visto a un atleta con TDAH estar a tope en una competición y batir su propio récord y al siguiente fin de semana ni siquiera pasar las eliminatorias en otro evento”, recuerda Maite. Por eso es esencial la labor de los psicólogos deportivos expertos en neurodivergencias, que puedan trabajar con deportistas en edades tempranas para enseñarles a gestionar esa frustración y a tener la constancia que necesitan para, si tienen las aptitudes, llegar y brillar en la élite. Además, es clave trabajar la autoestima y la aceptación de un trastorno que sigue perseguido por el estigma. “De alguna manera vas cerrando heridas, pensamientos que te perturbaban: por qué hice o pasó esto”, admite Giménez. “Muchas veces he tomado una decisión y he hecho o dicho algo que en realidad no quería hacer ni decir y en el momento me doy cuenta y me arrepiento, pero el daño ya está hecho. Hoy entiendes que muchos de esos comportamientos y actitudes fueron parte de esto”. Por eso, la visibilización y pedagogía sobre esta neurodivergencia resultan imprescindibles, por lo que la Federación Española de Asociaciones de TDAH ha realizado una campaña de sensibilización en octubre, dentro del Mes europeo de concienciación sobre este trastorno, para acompañar, derribar mitos y reivindicar derechos: “El estigma no está en las personas que tenemos TDAH sino en que la sociedad sigue viéndonos mal”, señala Urkizu. “De hecho muchas veces el diagnóstico les libera de pensar que ‘tengo un hijo malo’, ‘soy mala persona’, ‘yo no lo hacía adrede’, ‘no era el vago’, ‘no era el maleducado’, sino que hay una explicación neurológica para entender cómo funcionaba”. Con los ajustes, adaptaciones y estrategias adecuadas, las personas con TDAH alcanzan todas las metas que se proponen... aunque sea de una forma diferente. “Yo estoy orgulloso de ser TDAH y soy lo que soy también gracias a ello”, admite Jero García. “Como dice el gran Toni Nadal, todo se entrena... Hasta el TDAH”.
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