Van Aert activa el 'modo cohete' en Loja: crece la lista de heridos
El belga culminó una exhibición de fuerza y estrategia de Visma en una etapa abrasadora y caótica, mientras Enric Mas superó otro día sin sobresaltos y mantiene intacto su camino hacia Granada
El ciclismo también se gana sabiendo estar en el sitio donde todo arde. Y este viernes ardía todo: la carretera, el aire, las piernas y una etapa que salió de Almuñécar con la sensación de que nadie quería esperar a que llegara mañana. Bajo un sol de justicia, LaVuelta emprendió rumbo a Loja como si llevara prisa. Apenas se bajó la bandera, aparecieron los primeros cuatro aventureros y, casi sin transición, la carrera empezó a romperse por todas partes. En la Venta de la Cebada, 14,1 kilómetros al 5,1%, aquello dejó de parecer una fuga para convertirse en una mudanza. Veintiocho delante primero, 43 después. Van Aert, Brennan, Buitrago, Skjelmose, Berrade, Cristian Rodríguez, Pello Bilbao, Küng, Widar... medio pelotón decidió que aquel viernes no era para guardar fuerzas. Movistar, mientras tanto, miraba la estampida desde atrás. No tenía a nadie delante y sí una obligación: que el día loco de los demás no terminara siendo un problema para Enric Mas. Porque entre tanto nombre había uno que obligaba a sacar la calculadora. Mattias Skjelmose había iniciado la jornada séptimo, a 7:42 del rojo, una distancia enorme para hablar de asalto pero demasiado pequeña para regalarle media etapa. Los telefónicos entendieron pronto que la victoria podía marcharse, pero la general no. Y pusieron orden en el desorden. El pelotón empezó a vivir una carrera paralela: delante se peleaba por ganar; detrás se vigilaba cuánto podía crecer la aventura del danés. A Movistar le fueron apareciendo aliados por puro interés. EF quería proteger a Carapaz, Ineos la posición de Onley, Decathlon también tenía cuentas que defender. Nadie trabajaba para Mas, pero todos terminaban trabajando un poco para él. En las grandes vueltas hay días en los que un equipo necesita ocho gregarios y otros en los que la clasificación general se los presta. La carretera, entretanto, siguió cobrando peaje. Gregor Mühlberger se fue al suelo en la primera gran subida y terminó abandonando, un golpe durísimo para Felix Gall, que perdió al hombre que más tiempo había permanecido a su lado en las montañas. Después se bajó Pavel Sivakov, cuarta baja de un UAE castigadísimo desde la marcha de Pogacar, y Alpecin perdió de una tacada a Busatto y Sentjens. David de la Cruz también besó el asfalto por culpa de un bidón; se levantó dolorido, con las manos y el costado castigados, y siguió. Era uno de esos días en los que llegar ya empezaba a contar como una pequeña victoria. Kevin Vermaeke lo había resumido antes: el día anterior había sentido que pedaleaban “en un horno”. Granada no había apagado todavía el fuego. De aquel ejército de fugados fue saliendo una selección más manejable. Vermaeke, Brennan, Bisiaux, Berthet, Martin, Kron, Leknessund, Albanese, Cristian Rodríguez y Craps lograron abrir hueco, mientras por detrás empezaba otra carrera dentro de la carrera. El último puerto, el de Granada, terminó de encender la mecha. Vermaeke probó, Leknessund respondió, Widar se lanzó y Wout van Aert apareció como aparecen los grandes corredores cuando huelen que una etapa les pertenece: sin pedir permiso. El belga cerraba huecos, atacaba, volvía a entrar, aceleraba otra vez. Y a su lado Visma guardaba una anomalía maravillosa llamada Matthew Brennan, un velocista que, después de más de 3.000 metros de desnivel, seguía apagando ataques como si aquello fuese una avenida plana de febrero. A falta de diez kilómetros el equipo neerlandés tenía dos balas y podía dispararlas en cualquier orden. Van Aert eligió hacerlo a martillazos. Atacó a 22 kilómetros, volvió a probar, se fue con Vermaeke, regresó al grupo y, cuando el final empezó a estrecharse, sacó definitivamente el puñal. A 3,5 kilómetros de Loja arrancó con una violencia que sólo Valentin Paret-Peintre pudo soportar. El francés aguantó la rueda y durante unos segundos pareció jugar a no colaborar, consciente de que estaba compartiendo escapada con uno de los peores compañeros posibles para llegar al esprint. Pero ya no había regreso. Por detrás Brennan continuaba ejerciendo de policía del grupo; por delante, Van Aert conducía hacia una meta que parecía escrita para él. Loja recibió por primera vez un final de LaVuelta y lo hizo viendo entrar a dos hombres solos. Paret-Peintre trató de discutir lo inevitable, pero Van Aert llevaba demasiadas horas construyendo aquella victoria. Había coronado, perseguido, cerrado, atacado y vuelto a atacar. En el mano a mano final terminó imponiendo la ley del más fuerte. Brennan llegó tercero, a 24 segundos, completando la obra colectiva de Visma. Detrás, Mas cruzó otra jornada sin necesidad de enseñar los dientes. No ganó tiempo, pero tampoco lo perdió donde importaba. Skjelmose fue contenido y el rojo siguió sobre los mismos hombros. A veces una gran vuelta se conquista atacando. Otras, dejando que el incendio queme lejos de casa. Van Aert, que conocía el terreno porque entrena por aquí, aprovechó el único repecho de esa zona para lanzar el ataque y llevarse la etapa. Enric, simplemente, dejó pasar otro día. Granada asoma.
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