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Wednesday, September 9, 2026

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Deporte para anestesiar la tristeza en El Trampolín: "El fútbol me hace feliz"

Mohamed, uno de los migrantes acampados en la playa del Trampolín, pasa el tiempo jugando al fútbol y haciendo deporte.

· 545 words

El reloj apura los últimos minutos antes de marcar las 12 en punto de la mañana de un sábado cualquiera cuando, tras el mar de plásticos y sábanas que inundan la orilla de la playa del Trampolín, cuatro jóvenes juegan al fútbol con lo que queda de una pelota Nike Ordem 4, el balón oficial de la temporada 2016-2017. Es su pasatiempo favorito. El fútbol como vía de escape a una realidad que para ellos también es dura y desagradable. Llevan más de un mes acampados en Ceuta tras el salto masivo del día 30 de julio y no pretenden marcharse. Saben que lo que hicieron es ilegal, son conscientes de que no pueden estar ahí, pero sueñan con un futuro en la península, lejos de su Marruecos natal. Entienden el castellano, pero no como para hablarlo, así que nos comunicamos en inglés. Entre ellos deciden que el portavoz del grupo será Mohamed Anime. Tiene 22 años y viene de Larache, una ciudad a 150 kilómetros de Ceuta. Participó en el salto masivo del 30 de julio y sueña con montar una barbería en España. “Yo sólo necesito una cosa: un salón de peluquería. Quiero montar una barbería en la península. Es lo que yo quiero. Creo que será lo mejor para mí en el futuro. Podría hacerlo en Marruecos, pero allí es muy difícil. Espero poder hacerlo aquí, o en otro sitio de Europa”, explica. Ni Mohamed, ni el resto de sus amigos tienen muy claro qué va a ser de ellos. Todos los días son iguales en su nueva vida y esperan acontecimientos con el temor de ser devueltos al lugar de que se marcharon, aunque entienden que, si les obligan, tendrán que hacerlo. “Yo me levanto por la mañana, juego un poco al fútbol con mis amigos, desayuno y luego me pongo a trabajar. Me dedico a cortar el pelo a la gente que está aquí. Algunos me pagan con una moneda y a los que no tienen se lo corto gratis”. Viven en unas condiciones precarias en todos los aspectos. El Trampolín no huele a sal y arena, sino a una mezcla indescriptible de ácido, suciedad y pena. No sé cómo huele la pena, pero debe ser algo parecido a eso. La insalubridad es evidente. Restos de comida, telas y plásticos transforman lo que un día fue un arenal idílico en el que pasar el mes de agosto en un campamento donde Mohamed y sus amigos se refugian de la tristeza con el deporte. Sea cual sea. “Nosotros amamos el fútbol. Amamos el deporte. Si no estamos jugando al fútbol, nos vamos a correr o a hacer otras cosas. El deporte es bueno para ser feliz, para estar fuerte y para sentirme mejor. Esa es la razón por la que hacemos deporte”, explica el joven de 22 años ante el micrófono de MARCA. Han instalado servicios y duchas, pero eso no convierte el escenario en un lugar habitable. Los propios migrantes trapichean con comida, cigarrillos, zapatillas y prendas de ropa para sacar dinero. Las mafias se aprovechan de su vulnerabilidad y los vecinos acusan la ineficacia de la clase política. Mohamed sueña con ser peluquero, huye del drama con el deporte y cuenta las horas para que su vida sea mejor.

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