El Valencia se acostumbra a la mediocridad
El club se zambulle en una grave crisis deportiva con Corberán como principal señalado; Ron Gourlay, en una realidad paralela; y Kiat Lim, de espectador
El Valencia empezó la temporada perdiendo partidos, sin un plan de juego y sin alma. La goleada ante el Barcelona no solo es un síntoma más de la mediocridad en la que se ha instalado el equipo sino la confirmación de la vulgaridad que guía su proyecto deportivo desde hace varios años. Los cánticos dirigidos a Carlos Corberán, la directiva, Peter Lim y el propio Kiat Lim no son fruto de una tarde de calentón sino la consecuencia de años de desgaste, decepciones y promesas incumplidas. Y por qué no, también una respuesta a la soberbia pública mostrada por el CEO de Fútbol, Ron Gourlay. Pero el gran problema del Valencia actual no es únicamente deportivo, aunque es el más evidente y el más dañino en un club de fútbol. La auténtica crisis es mucho más profunda porque afecta a la relación entre el club y su gente. Hoy existe una fractura social evidente. Mestalla no cree en quienes toman las decisiones. Y cuando un club pierde el apoyo de la afición, entra en una espiral difícil de detener. Kiat Lim eligió uno de los escenarios más arriesgados para estrenarse en el palco de Mestalla en un partido de Liga. Porque el equipo lleva un punto, porque su CEO de Fútbol, había ejecutado una rueda de prensa con un bidón de gasolina para explicar un mercado de verano en el que faltaron al menos dos refuerzos (un delantero y un central). Y, sobre todo, porque estaban anunciadas las movilizaciones. Su actitud es la del espectador que llega a la función en el segundo acto y que se levanta antes de terminar. Cuando ,en realidad, es el productor de la obra. Pero es Carlos Corberán el que acapara todas las críticas. El entrenador ha hecho propias las excusas del club para no reforzar el equipo convenientemente. Y ahí se convierte en el escudo de todos: si el equipo solo ha marcado un gol y ha encajado nueve en cuatro partidos el responsable es él. Y no es que hubiera muchas esperanzas de encontrar en el técnico una voz reivindicativa. Su resignación y alineamiento con el discurso oficial solo podrían sostenerse si hiciera funcionar al equipo. La realidad deportiva es imposible de maquillar. Sobre todo, porque la viene arrastrando desde hace años. El Valencia vuelve a transmitir la sensación de que su única pelea será (es) la supervivencia. Cuatro jornadas y un punto son una carta de presentación alarmante sin contar con la imagen de vulnerabilidad que ofrece el equipo. Ni compite bien ni posee la calidad suficiente para compensar sus limitaciones. El problema no es que se haya instalado en la mediocridad, sino que lleva tanto tiempo que se ha acostumbrado a sobrevivir en ella.
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