Bergareche, el nieto de Ramón Mendoza: “No había visto la belleza del fútbol hasta Zidane”
Jacobo, que acaba de publicar 'Tío Grande', habla con MARCA de la literatura que hay detrás del deporte: su abuelo Ramón presidió al Madrid y su otro abuelo Luis jugó de blanco por una Harley tras hacerlo en el Athletic además de ser patrón de LaVuelta
Jacobo Bergareche viene de una familia donde el deporte no era una afición sino un paisaje: el Athletic, el Real Madrid, LaVuelta, el frontón, el mus como liturgia familiar. Él se refugió en los libros hasta que Zidane le enseñó que el fútbol también podía ser una forma de belleza. Ahora mira el deporte como mira la literatura: buscando en cada carrera, en cada derrota y en cada viaje una historia que merezca ser contada. Pregunta. Su nuevo libro, 'Tío grande' (Libros del Asteroide), salió este lunes a la venta. ¿Qué significa su publicación? Respuesta. Es un libro en el que me he ido de los temas con los que la gente ya me tiene muy identificado: matrimonios, crisis de los 40, amor y locura. Me he ido a una historia que me llegó a mí. No es algo que yo pensara hacer jamás. Me sorprendió porque conocí a este chaval y mi propio editor me dijo: “¿Por qué no le das una vuelta y cuentas esto? Deja la novela que estabas haciendo y mira esta historia”. Yo estaba en medio de otra novela. Tengo un vínculo con África desde que mi hermano murió allí. También me gusta mucho la música de allí, he viajado, pero no estaba en mi foco de escritura. A veces es interesante cuando te proponen: “Ponte y mira en esa dirección. Cuenta esta historia”. Y al conocer a Amadou todo salió adelante. P. Todo empieza en una partida de mus, en ese torneo que organizan anualmente en homenaje a su hermano fallecido. ¿Cómo fue aquel primer encuentro? R. Nosotros hacemos un torneo de mus para recordar a mi hermano, para juntar a sus amigos y a la familia. Al final es echar un buen rato haciendo cosas que nos gustaban a todos: jugar a las cartas, hablar con los amigos, una sobremesa larga, cocinar... Eso se ha convertido en una especie de hito para mucha gente. Vienen hasta 100 personas al torneo de mus. Claro, es muy difícil gestionar ese torneo, porque es un montón de gente en Navidad, con barra libre, mucha comida, cartas... Llega un punto inmanejable en el que hay que renegociar los términos del acuerdo con los encargados de los locales que alquilamos. Amadou era el encargado del local, le habían dejado solo ante el peligro, llegaba la hora de cierre y no había ganador en el torneo. Entonces me senté con él y le dije: “Te voy a contar la historia de mi hermano”. Y ahí algo le hizo clic. Él, que es introvertido, se abrió y dijo: “Ahora te voy a contar yo la mía”. En ese intercambio de historias surgió una amistad que terminó desembocando en un viaje hacia su casa. P. ¿En qué momento vio que esa historia podía dar para un libro? R. Yo soy un vampiro de historias. Estoy todo el rato buscando historias. A mí no se me ocurre nada: me fijo en lo que me pasa a mí, en lo que le pasa a la gente a mi alrededor, y escribo de eso, de lo que me ocurre, de lo que no se me ocurre, de lo que pasa cerca de mí. Cuando Madou me contó su historia, me quedé muy impresionado. Es una gran historia. Son historias que ya no nos pasan a nosotros. Historias de viajes de cinco o seis años, donde muere la mitad, donde te estás ahogando en el mar o muriendo de sed en el desierto. Son historias como las que contaba Homero. Le pedí el teléfono después de que me la contara. Le dije: “Tío, yo quiero seguir hablando contigo”. Porque él sabe contar su historia. Esta es una historia que ya está muy contada en películas, en libros, ya hay una narrativa del migrante. Pero encontrarte a alguien que sabe contar su propia historia con los matices, con la emoción, con una capacidad de describir lugares y cosas... Amadou la tenía. Empecé a quedar con él y salió en un libro anterior que hice con Mariano Sigman, que se llama Amistad. Un capítulo era sobre Amadou. De hecho, hicimos un podcast que está en Onda Cero Podcast, una entrevista a Amadou. Fue leyendo eso cuando mi editor dijo: “Oye, tío, tira de este hilo, que por aquí hay una historia mucho más grande que lo que has contado”. Recogí el guante y dije: “Venga, me pongo a ello”. P. Decía que hubo un momento en el que no sabía dónde parar, hasta dónde llegar con la historia. R. Me puse como regla que, para contar esta historia, tenía que ir a los sitios. A los sitios que eran visitables. A Mali, por ejemplo, no se me ocurrió, porque es un lugar donde ahora mismo te la juegas, realmente te pueden matar. Pero sí me fui al interior de Guinea, por Marruecos, y luego fui al centro de menores de Melilla a verlo y a hablar con la gente. Dejé que apareciese la propia historia. Tampoco lo tenía muy claro. Sí que había una historia espejo. Mi hermano, que murió en Angola, fue hacia África con los amigos del colegio, como lo hizo Amadou hacia Europa: con los amigos del colegio. Son dos viajes contrapuestos. Uno viene de Europa, del privilegio de otro tipo de Europa y con otro proyecto, empresarial, digamos. El de Amadou es un proyecto existencial de sobrevivir a la pobreza. En los dos viajes hay tragedias y hay expectativas muy desmesuradas con respecto a lo que hay en el otro lado. Pero también hay curiosidad y mirada hacia el otro. Contraponiendo ambos viajes fue apareciendo una historia. Y luego fueron apareciendo temas sobre los que yo nunca había reflexionado, sobre todo la dignidad. La dignidad de la visibilidad. Ser visto. Que alguien te ponga nombre, que sepa quién eres, qué te ha pasado, por qué estás. La sed de visibilidad que tiene. No hay nada más terrorífico que ser invisible. Y no hay pobreza más grande que la de que ni siquiera te miren y sepan quién eres. Para mí fue un tema importante. P. Él cuenta que en Madrid le reconocen, en el parque, en su barrio. Después de tantos años, eso le devuelve algo. R. Claro, porque él deriva su dignidad de eso. Establece su dignidad en que es una persona a la que conocen. “A mí me conocen en mi trabajo, en el barrio, en el parque. La gente sabe quién soy”. Eso es muy importante. Es una cosa que yo no sabía, que ni se me había ocurrido. Son conflictos que nosotros no tenemos los que vivimos aquí. P. Su abuelo paterno Luis Bergareche marcó el primer gol del Athletic. Y su otro abuelo, Ramón Mendoza, presidió el Real Madrid. ¿En casa había escapatoria al fútbol? R. Marcó el primer gol del Athletic. Y se lo hizo, además, a quien se lo tenía que hacer: a la Real Sociedad. Luego inauguró una funesta tradición, fichar por el Real Madrid. Luego jugó allí. Fichó por una Harley. En mi casa había un empacho de fútbol. Yo no tocaba un balón. Me sentaba a leer en los recreos. Estaba en el margen, donde estaban las niñas y los frikis, leyendo libros, haciendo dibujos y tal. Pero mi hermano pequeño, Roque, llegó a jugar en los alevines del Real Madrid y realmente jugaba muy bien al fútbol. Podía haberse dedicado a ello. Hubo gente que sí vivió esa fiebre y otros que, de puro empacho, nos desconectamos. Yo iba al colegio y los profesores me mandaban una lista de a quién tenía que alinear mi abuelo. Me acuerdo de que el profesor de religión, antes de clase, con un papelito, me decía: “Mira, Jacobo, tu abuelo tiene que sacar a este, a este y a este este domingo”. Al final, de todo eso te desconectas. Cuando perdía el Madrid contra el Barça, o cuando fue lo de Tenerife, las Ligas que se perdieron en Tenerife, yo no me atrevía ni a entrar en el colegio. P. En aquel rincón del patio en el que se quedaba fue donde empezó a hacerse escritor y dejó su carrera de delantero. R. Mi carrera de delantero no empezó nunca. Creo que le cogí miedo al fútbol porque una vez me pegaron un balonazo en la cara, muy de pequeño, y perdí un diente que no me volvió a salir. Me dio como alergia al fútbol. Luego, cuando ya murieron mis dos abuelos, el fútbol me empezó a interesar con Zidane. Cuando vi a Zidane, ese señor que no sabía si era un monje o un psicópata, con esa elegancia absoluta, entendí que hacía del fútbol una cosa distinta. Yo no había visto la belleza del fútbol hasta él. Ahí, de repente, me interesó durante una época intensamente. Y luego la selección española también me despertó al fútbol. Creo que son los partidos que más me han importado en mi vida. P. ¿Qué recuerdo personal conserva de Mendoza que igual la gente no conoce? R. Tengo muchos recuerdos porque era el nieto mayor, le conocí mucho, viajé con él y además era su ahijado. Mi abuelo me decía cosas muy divertidas. Volviendo al mus: los nietos jugábamos con él. Con mi hermano Roque y mi hermano Nicolás hacíamos partidas y nos daba pasta. Luego nos hacía jugarnos la pasta que nos daba. Eso era bastante divertido. Me acuerdo de una vez que nos invitó a ver unas islas muy bonitas del Mediterráneo, Stromboli, Vulcano... Una de ellas estaba con actividad volcánica en medio de la noche. Era un espectáculo verlo. Pero mi abuelo no nos dejó porque dijo que la partida era lo más importante. Estábamos todos metidos dentro del barco, escondidos en la bodega, jugando. Alguien nos decía: “Tenéis que verlo, Stromboli, Vulcano...”. Y mi abuelo le mandaba callar: “Lo que tienes que hacer es terminar esta partida y ganar de una vez”. Era un personaje muy, muy divertido. P. ¿Se lo recuerdan mucho? Esa parte de su vida, sus abuelos. R. Sí, claro. A la gente le extraña. Son dos abuelos de dos clubes muy importantes. Y mi otro abuelo es el que hizo LaVuelta. Mi background no es literario de ninguna manera. La gente leía en mi familia, había libros y tal, pero parece raro que de un mundo así, futbolero, salgan escritores. Luego ves que hay mucha conexión entre el deporte y la literatura. Chillida era portero. Elías Querejeta jugó en la Real Sociedad y luego fue productor de cine. Jesús Carrasco, que es novelista, era profesor de gimnasia. Mi amigo Alejandro Simón Partal, que es uno de los que pone las frases de faja, jugó en ACB, en el Caja San Fernando. Hay puentes curiosos entre la literatura y el deporte. P. ¿Cuáles son los deportes más literarios? R. El ciclismo y el boxeo tienen mucho. De hecho, cuando empieza El Correo, lo primero que hace mi abuelo, que era uno de los socios y lo hizo con sus cuñados, fue montar LaVuelta. La Vuelta Ciclista había muerto después de la Guerra Civil y él la rescató para vender periódicos. L’Équipe y La Gazzetta dello Sport son los padres del Giro y el Tour. El ciclismo es increíble en historias, en resistencia, en rivalidades, año tras año. El fútbol también tiene cosas maravillosas. Uno descubre que hay unas narrativas detrás del deporte que son maravillosas desde el punto de vista de la literatura. Por supuesto, el boxeo tiene historias alucinantes. Y el atletismo. A mí Abebe Bikila corriendo descalzo por la Via Appia de Roma me parece uno de los momentos más bonitos de la historia de la humanidad. Yo he corrido maratones. Ahora mismo estoy bastante bajo de forma y no podría correr uno, pero me los hice. También he corrido carreras de bicicleta y he hecho mucha natación últimamente en aguas abiertas. He hecho mucho deporte. Todos los deportes de pelota se me dan fatal. Mi coordinación ojo-mano es... Fíjate, mi abuelo Luis era un auténtico portento. Fue campeón de España de pala corta. Nos vigilaba. Tenemos un frontón en la casa de Lequeitio, donde vivimos todos los primos, y él se pasaba las sobremesas mirándonos a ver quién de los nietos jugaba bien al frontón. Mi padre ha sido muy bueno al squash, también al frontón, pero sobre todo al squash, que practicó casi semiprofesionalmente. P. A propósito de los maratones, ¿cuál es la historia más memorable? R. La más divertida, sin duda. El primer maratón que corrí fue en Nueva York, el día del Maratón de Nueva York. Le prometí a un amigo guionista que si salía nuestra serie, una serie que estábamos vendiendo, si la compraban, le invitaba a correrlo. Es una invitación de mierda, porque para mucha gente es como que te inviten a una tortura. Pero el tío aceptó. Entonces compré los billetes de avión y todo el viaje, porque salió la serie. Compré todo menos el dorsal. No compré el dorsal pensando que eso ya era pan comido, que lo importante era asegurar el billete de avión, el hotel y todas estas cosas. Ya se lo había contado a todo el mundo, ya estábamos entrenando, y de repente no había dorsales ni manera de conseguirlos. Era poco después de lo de las Torres Gemelas y, cuando fuimos a Nueva York, poca broma con la seguridad. No te podías colar sin dorsal: dos tíos barbudos metiéndose de repente en el puente... Nos lo desaconsejaron mucho. Nos dijeron: “Puede acabar mal si os coláis sin dorsal”. Había una seguridad tremenda. Pero ya habíamos dicho a todo el mundo que íbamos a correr un maratón, así que calculamos cuántos kilómetros eran alrededor de Central Park. Hicimos un maratón el día del Maratón de Nueva York en Central Park. Mi amigo no lo terminó. Una de las razones por las que uno termina un maratón es porque está rodeado de otras personas que también lo están corriendo. Pero hacértelo solo... Yo me lo hice así, solo. Ese fue mi primer maratón. Según lo terminé, me apunté al Maratón de París porque mi padre me dijo: “Has hecho una boutade, una charlotada. Si no tienes el diploma y una medalla, no has corrido un maratón”. Colgué el teléfono y me apunté. P. ¿Se parece correr un maratón a escribir? R. Es bastante más fácil correr un maratón, creo. Ahora me lo parece. Pero también es difícil, requiere entrenamiento, forma y disciplina. En el fondo tampoco creo que sean parecidos. En un maratón se piensa mucho, la cabeza flota y se va a lugares donde hay una especie de asociación mente-cuerpo en algún momento, una experiencia mística que recomiendo mucho. P. ¿De ahí surgen ideas? R. Surgen ideas de todo. Te pasa de todo por la cabeza cuando estás corriendo. A mí me gusta mucho caminar y me voy a nadar casi todos los días. Tengo una piscina al lado de casa y ese momento es enorme, de desconexión. No oyes nada, estás debajo del agua, no hay teléfonos, no hay estímulos. Muchas ideas vienen a la mente ahí. Y con la bici también. En la bici pasas muchas horas pensando. También estás libre de estímulos. P. ¿Qué deportista le ha emocionado últimamente? ¿Cuál sería su 'Tío grande'? R. Mi héroe del Mundial fue Cucurella. Me pareció un tío que siempre estaba donde había que estar, a una velocidad, llevando a todos. Sé que Rodri y tal, pero a Marc le vi en sitios... Era aquel con el que siempre puedes contar, que siempre está ahí, que siempre sube y baja. Me pareció una revelación. Ha sido de los deportistas que me han emocionado, además por el carácter. Tíos así, como Puyol también me gustaba en su día. Personas que están atrás y adelante, que están en todo y son fiables para los demás. Y no quieren ser protagonistas. Tienen algo que a mí me gusta: de pegamento, de llevar el espíritu del equipo. Esos son los tíos grandes para mí. P. Le divierte fijarse en los detalles que rodea al deporte, ¿en qué público se fija más? R. El sitio donde más me divierto fijándome en lo que pasa es en los toros. Soy taurino y me gusta mucho ver lo que ocurre allí. Es el público más extraño, más transversal. Un público que además vota lo que va a ocurrir, interviene todo el rato. Está aplaudiendo, abucheando, pidiendo una oreja o negándosela. Realmente es el más interesante, en mi opinión. Luego, viendo los coches clásicos, el nivel de fascinación y de conocimiento que tiene la gente de cada pieza, de cada coche, de la historia que hay detrás. Son como niños que no han crecido, que todavía les gusta jugar con los coches. Duermen y acampan allí, están cuatro días. Ese público de Le Mans me emocionó. Además de los tíos más ricos del mundo, con coches que valen 30 millones, está un tipo que trabaja en una gasolinera y al que le gustan los coches tanto como a ellos. Eso les conecta. Hay un momento en el que se erosionan las clases sociales y de repente todo el mundo se junta, conectado por una pasión. Eso me gustó mucho. Y mi momento más maravilloso fue ver ganar el título al Sevilla, la Copa. Abrazado con desconocidos que lloraban. ¿Dónde pasa eso? El fútbol te da algo que no he visto en ninguna parte. Estar abrazado llorando con un desconocido por algo que te importa muchísimo, pero que en el fondo no importa nada: que gane o pierda un equipo. Hay ahí una conexión emocional y fraternal maravillosa. P. ¿Le sorprende el momento que viven los toros? R. En los toros hay un resurgir, claramente. Creo que es un resurgir por unas razones que no me gustan, porque está muy politizado y lo ves por quién patrocina estas cosas, y porque está muy patrimonializado por la ultraderecha. Pero bueno, si con eso entran en los toros, luego los toros tienen su propia mística, que lo trasciende todo. No es ni de izquierdas, ni de derechas, ni de ricos, ni de pobres. Tiene su poética. Una poética que conocían Picasso, Lorca, Hemingway, Serrat y Sabina. Y está ahí para quien la quiera ver. Creo que da igual ya cómo entres, pero a mí me gusta que siga habiendo afición. Y que a mis hijas, de repente, les encante. Ver a gente joven... Las plazas estaban hace diez años medio vacías y ahora están hasta la bandera. Eso me gusta, que siga existiendo. Los toreros me parecen la gente más inexplicable y más misteriosa. El hecho de que eso exista siempre me llena de asombro. P. ¿Amadou ha leído ya el libro? R. No, se lo voy a dar este viernes, que lo presentamos. El primer capítulo sí lo ha leído. P. ¿Qué le gustaría que le dijera cuando lo lea? R. Me gustaría que le gustara. Creo que le va a gustar. Aparte, él es socio del libro. Yo le he cedido parte de lo que gane con el libro, es para él. Espero haber cumplido una misión que él quería que yo cumpliese: enseñar lo que significa venir aquí como menor y las cosas por las que pasan, los sueños que tienen. Visibilizar. Convertirles en personas y devolverles los nombres. No son menas. No son los 80.000 invasores. Son Amadou, su amigo Hamada, su amigo Madi. Cada uno tiene padres, tiene un pueblo del que ha venido y tiene en su vida una ilusión que persigue. Igual que también huye de una miseria. Si eso lo he cumplido, y si él entiende que lo he cumplido, yo me sentiré muy bien. P. Su pueblo no aparece en los mapas. ¿Cómo puede ocurrir algo así a estas alturas de la vida? R. Increíble. Yo lo buscaba en Google Maps porque mi mujer me decía: “¿Pero dónde vas?”. Me estaba saliendo de los lugares donde había farolas, por lo menos para iluminar. Y decía: “Es que no aparece en el mapa”. Nadie sabía explicarme a dónde íbamos. Se sabe el camino a ojo, pero no lo pueden poner en el mapa porque no sale en el mapa. Me encanta pensar que en 2026 uno todavía puede ir a sitios que no salen en el mapa. Y también acojona. Es muy inquietante ir a un sitio que no sabes decirle a nadie dónde estás en caso de que pase algo. Pero los grandes viajes eran eso: irte a lo desconocido, a lo innombrable, a lo que no está todavía cartografiado. P. Para acabar, ¿cuáles son sus futuros proyectos literarios y deportivos? R. Ahora mismo estoy terminando otra novela, pero el siguiente libro tiene que ver con el ciclismo. Me quiero ir en bicicleta desde mi casa hasta la torre de Michel de Montaigne, hasta la casa de Montaigne, que es mi escritor favorito. Es un filósofo francés de ascendencia sefardí española. Quiero ir desde aquí, pasar por donde su familia era, por Calatayud, luego Zaragoza, después Toulouse y luego Burdeos, donde se cambiaron el apellido y todo. Quiero hacer la ruta de Montaigne, de mi casa a la casa de Montaigne. Pasar por Poques, de donde era la familia de mi abuela materna. Es un poco recorrer por dónde fue su familia, por dónde fue la mía, recoger los orígenes de ambos y dialogar con Montaigne. A él le gustaba mucho montar a caballo y yo voy en mi caballo de hierro a visitarle. Quiero llegar allí el día del aniversario de su muerte, que es el 13 de septiembre.
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