El pádel como arma para el cáncer de mama: "En la pista se me olvidaba que estaba enferma"
Diagnosticada en plena pandemia, Mari Garcia Salas, jugadora amateur de pádel, encontró en el deporte un espacio para desconectar durante el tratamiento. Hoy, libre de tumor y todavía bajo seguimiento médico, comparte su experiencia a través de un libro solidario
Cuando a Mari García Salas le comunicaron que tenía cáncer de mama, en agosto de 2020, su primera reacción fue mirar a su marido, Jaume, y decirle que iba a superarlo. “Lo voy a superar”, le aseguró. Tenía 48 años, una hija, una familia y una vida en la que el pádel ocupaba un lugar importante. De repente, tuvo que aparcar buena parte de su rutina para centrarse en el tratamiento, en un mundo que, además, permanecía paralizado por la pandemia. Pero hubo algo que intentó mantener siempre que su cuerpo se lo permitió: la posibilidad de seguir entrando en una pista. Mari había empezado a jugar al tenis a los 31 años y descubrió el pádel a los 40, en 2012. Desde entonces, la pala se convirtió en mucho más que una afición deportiva. Por eso, cuando llegó el diagnóstico, hacer todo lo posible por conservar ese espacio también formó parte de su manera de afrontar aquellos meses. "En la pista de pádel se me olvidaba todo, se me olvidaba que estaba enferma”, recuerda. Incluso en los momentos más duros del tratamiento, cuando la quimioterapia ya había dejado su huella en su aspecto físico, llegó a preguntarle a un compañero si se notaba que estaba enferma. Al ver después una fotografía de aquel partido, con el pañuelo en la cabeza y sin cejas ni pestañas, comprendió que era evidente. Pero durante el juego había conseguido dejarlo a un lado. No siempre resultaba sencillo. La fatiga podía ser brutal y hubo ocasiones en las que tuvo que pedir que alguien la sustituyera porque no podía continuar. Sin embargo, mientras se veía con fuerzas para jugar, intentaba no renunciar a esos encuentros. “Ir a jugar durante el tratamiento fue media vida”, explica. No solo disfrutaba mientras estaba en la pista: también prolongaba esa sensación durante los días posteriores, recordando los puntos y reviviendo los buenos momentos. El pádel le aportaba bienestar físico y mental, pero también algo tan cotidiano como tener un partido al que acudir, unas compañeras con las que compartirlo y una rutina que no girase exclusivamente alrededor de la enfermedad. En su caso, además, el deporte siempre ha estado ligado a las relaciones personales. La dimensión social del pádel es inseparable de lo que le aporta: encontrarse con gente, compartir tiempo y sentirse parte de un grupo. Durante el tratamiento, esa combinación adquirió un significado especial. La pala no eliminaba las dificultades ni hacía desaparecer los efectos de la quimioterapia, pero le permitía reservar un espacio para sí misma, más allá de las consultas médicas y de las preocupaciones que acompañan a un diagnóstico de estas características. De aquella experiencia nació también la necesidad de escribir. Mari ya contaba sus aventuras y anécdotas padeleras en su blog, “I need padel”, que había comenzado en 2018. Tras recibir el diagnóstico, recuperó la inspiración y empezó a plasmar lo que iba viviendo: desde el momento en que le comunicaron que tenía cáncer hasta la noticia de que estaba limpia. Lo que inicialmente era una forma de desahogo terminó convirtiéndose en un libro, “I need pádel y a veces quimio”, en el que recoge el proceso con su propia mirada, sin renunciar a las anécdotas, al humor y a los detalles cotidianos. Su intención al publicarlo no era ofrecer una fórmula universal para afrontar la enfermedad, sino compartir herramientas que a ella le habían ayudado. En sus páginas habla de la importancia de centrarse en el presente, de entrenar la mente y de no adelantarse a escenarios que todavía se desconocen. “Cuando tenemos un problema serio, ya sea de salud o de otro tipo, es muy importante tener herramientas o conocerlas”, explica. Le gustaría que una mujer, o un hombre, porque ellos también pueden desarrollar cáncer de mama, que acaba de recibir un diagnóstico encontrara en su libro una lectura amena y recursos que pudiera adaptar a su propia situación. Ahora, seis años después de aquel diagnóstico, Mari puede hablar de una evolución favorable. Su última revisión general, en mayo, confirmó que seguía libre de tumor. No obstante, continúa con medicación y seguimiento médico debido al riesgo de recaída, y está participando en un ensayo clínico que está a punto de cumplir tres años. Su historia no se presenta, por tanto, como un capítulo que se cierra de un día para otro, sino como un proceso que continúa y en el que también hay que aprender a convivir con la incertidumbre. Si pudiera regresar a aquel día de 2020, hay algo que le advertiría a la Mari que acababa de escuchar el diagnóstico: que tuviera paciencia. “El año mientras te curas va a pasar muy rápido y lo vas a llevar súper bien, pero después lo importante es mantenerte enfocada, porque se te va a hacer muy largo”, reflexiona. Porque el final del tratamiento no siempre significa que todas las preocupaciones desaparezcan. También hay revisiones, medicación, efectos secundarios y una nueva forma de relacionarse con el propio cuerpo y con el futuro. En este camino, Mari ha encontrado otra manera de dar sentido a lo vivido: compartir su testimonio en torneos y encuentros solidarios que unen el pádel con la lucha contra el cáncer. Considera que estas iniciativas permiten acercar la enfermedad a un entorno cotidiano, concienciar a quienes practican deporte y recordar que la investigación necesita financiación. Para ella, hablar abiertamente del cáncer es fundamental, igual que lo es dejar de tratarlo como un tema del que cuesta conversar. Hay una precisión en su discurso que resume muy bien su manera de mirar hacia delante. Mari prefiere no hablar de “sufrir” un cáncer, sino de “pasar” por él. No porque reste importancia a lo vivido, sino porque quiere que el lenguaje deje espacio al futuro. Y en ese futuro sigue habiendo pádel, familia, proyectos y ganas de compartir su historia con quienes puedan encontrar en ella algo útil. Su testimonio recuerda que cada persona afronta la enfermedad de una manera diferente y que no existen recetas universales. En el caso de Mari, una pala, una pista y la compañía de otras personas le ayudaron a conservar una parte de su vida en un momento en el que tantas cosas habían cambiado. Hoy, su libro y su compromiso con la concienciación prolongan ese propósito: que su experiencia pueda acompañar a otras personas, que se hable del cáncer con naturalidad y que la investigación siga abriendo caminos. Porque, mientras la enfermedad ocupaba buena parte de sus días, Mari encontró en el pádel un lugar donde volver a pensar en los puntos, en el siguiente partido y en todo lo que quedaba por vivir.
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