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Vida (y deporte) de Muñagorri: "Yo corro enseñando mis cicatrices"

Víctima de ETA a los 10 años, protagonista de un libro ahora, Alberto hizo la rehabilitación con los guantes de Arconada para apoyarse después en el ciclismo o las carreras populares

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Hamilton regateó a Tendillo en la banda derecha y centró al área pequeña, donde no había ningún compañero suyo. Arconada se tiró a por el balón, lo palmeó y lo dejó botando hacia el punto de penalti, donde Armstrong [...], sorprendido por el regalo, soltó un derechazo al fondo de las redes. Gol de Irlanda del Norte”. José Alberto Muñagorri Berdasco se fue a la cama disgustado aquella noche, después de que, según recogen las primeras líneas del libro en cuestión, cayera en el último partido de la primera fase del Mundial 82 esa España en la que jugaban varios de sus ídolos: Arconada, López Ufarte, Satrústegui o un Zamora que además era paisano de Rentería. Al acostarse era un niño de diez años con una infancia feliz y, sobre todo, con dos piernas y dos ojos, que no hubiera podido imaginar el motivo de la visita que esos mismos futbolistas le rendirían en pocos días. A esas horas alguien había dejado una mochila cargada de explosivos en la plaza Aralar, a 200 metros apenas del domicilio de la familia. Desarrollada por el libro ‘La mochila. Vida de Muñagorri’, escrito por Ander Izagirre (‘Subcampeón’ o ‘Cómo ganar el Giro bebiendo sangre de buey’, sólo atendiendo al deporte) y presentado este martes en Madrid, como hace unos días se había presentado en la propia Rentería, la de Alberto es una historia absolutamente estremecedora. Y lo es desde el momento en que aquella bomba, en principio dirigida contra un local de Iberduero, sobre cuya existencia se había avisado y a la que no se atendió debidamente, terminó llevándose por delante al pequeño. La explosión provocó gravísimas secuelas, incluidas la amputación de la pierna izquierda y la pérdida de visión total de un ojo. Muchos niños vascos, a partir de ahí, crecieron con su nombre grabado como una advertencia: ‘no toques’. Desde entonces, una vida por delante. Y el deporte casi siempre (los guantes regalados por Arconada le acompañaron durante un doloroso proceso de rehabilitación), pero sobre todo cuando peor dadas vinieron, cuando la noche y el speed hicieron de las suyas con Alberto igual que hacían de las suyas con tantos jóvenes que no eran ‘el de la bomba’. Porque Muñagorri no se marchó: siguió en aquella Rentería conflictiva de la que pueden extraerse episodios como el de la madre regresando a casa después de dejar a su hijo en la UCI y encontrándose de frente con una manifestación al grito de '¡Gora ETA!’”. El ciclismo, por ejemplo, porque precisamente Iberduero le regaló una bicicleta de carreras y porque, si el primer paso fue montar sin caerse, el segundo consistió en subir Jaizkibel, casi nada al aparato: “Un día me adelantaron Hermans y Nijboer [ciclistas profesionales neerlandeses]. Vieron la pierna ortopédica y se quedaron a mi lado, hablándome y animándome hasta la cumbre. Me hizo una ilusión de la leche”. El libro, más allá de seguir a Muñagorri, reflexiona también sobre los mecanismos de la violencia, sobre la memoria, sobre el perdón y sobre la convivencia. Y por ahí otra escena deportiva, ésta referida a las carreras populares: “Era el domingo de la Behobia-San Sebastián [...] Completó la prueba en una hora y 48 minutos, segundo en la clasificación de atletas a pie con discapacidad motriz; incluso terminó fresco, sin forzar, porque no quería arriesgarse a sufrir otra lesión y el tiempo era lo de menos. Lo de más fue el paso por Rentería [...] Después de un silencio de décadas, la carrera sirvió para que cientos le dedicaran una ovación de un kilómetro, para que expresaran ese cariño contenido demasiado tiempo”. “Crucé el pueblo llorando, porque soy un llorica”, aseguraba este martes Muñagorri. Quizás para demostrarlo, un par de minutos después derramaba lágrimas conmovido mientras recibía la impresionante ovación que cerraba el acto.

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Tuesday, October 6, 2026

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