Juan Mari Guajardo, 30 años como speaker de LaVuelta: “Para mí todos los días son domingo”
Desde Lisboa 1997 hasta Mónaco 2026, la voz de las salidas y las metas ha presentado a Pantani, Contador, Roglic o Pogacar, ha hablado ante 50.000 personas y ha convertido el ciclismo en una forma de vida
A las seis de la mañana todavía no hay público. No hay música, ni ciclistas firmando autógrafos, ni autobuses aparcados, ni niños esperando una gorra de la caravana. La meta está vacía en algún punto de España y LaVuelta parece todavía dormida. Juan Mari Guajardo, no. Lleva años levantándose cuando las carreteras por las que unas horas después pasará el pelotón aún pertenecen a la noche. Hace algo de deporte, trota mientras se lo permiten los isquios, camina, desayuna y comprueba que lleva una chaqueta. Siempre una chaqueta. Los aires acondicionados de los hoteles son enemigos silenciosos de quien vive de la garganta. Tampoco toma bebidas con hielo. Y a las nueve o nueve y media de la noche, cuando los demás todavía comentan la etapa, suele haberse refugiado ya en la habitación. Al día siguiente toca empezar otra vez. Lo lleva haciendo tanto tiempo que casi resulta difícil imaginar LaVuelta sin su voz. En 2026 Juan Mari Guajardo alcanza las 30 ediciones de la carrera española. Treinta Vueltas desde que se colocó por primera vez ante un micrófono en Lisboa en 1997 hasta la salida de este año en Mónaco. Treinta años en los que ha visto aparecer, ganar, perder, retirarse y regresar a generaciones enteras de corredores. Ha presentado a Marco Pantani, Mario Cipollini, Alberto Contador, Alejandro Valverde, Purito Rodríguez, Primoz Roglic, Tadej Pogacar o Enric Mas. Ha hablado desde el Santiago Bernabéu, el circuito de Assen, una Plaza de Toros de Pamplona abarrotada y la puerta del Casino de Montecarlo. Ante cien personas y ante cincuenta mil. Y, sin embargo, cuando se le pregunta por aquello, vuelve enseguida a un joven tímido impresionado por el sonido de unos altavoces en Portugal. “La primera nunca se olvida”, recuerda en MARCA. Era 1997. LaVuelta salía desde Lisboa y Guajardo recuerda especialmente la víspera de su estreno. Se acercó al Autódromo de Estoril para realizar las pruebas de sonido. Los altavoces rugían sobre un escenario que al día siguiente se llenaría de aficionados y corredores. “Madre mía, lo que mañana me iba a esperar aquí”, pensó. Era tímido. Dice que todavía lo es. Una afirmación difícil de asociar a alguien que lleva tres décadas agarrado a un micrófono frente a multitudes, pero quizá ahí resida parte del secreto. Guajardo no llegó al ciclismo porque quisiera hablar delante de miles de personas. Llegó al micrófono porque quería estar dentro del ciclismo. En Estoril narró la primera llegada de etapa de su vida en LaVuelta. Lars Michaelsen fue el primer vencedor que presentó como ganador. Recuerda nombres, momentos, escenarios y detalles como si treinta años fueran mucho menos. Lo resume con una frase sencilla: “Y así ha pasado el tiempo y aquí estamos”. Entre aquel muchacho de 1997 y el speaker de 2026 cabe prácticamente una historia moderna de la carrera. Su vínculo con este deporte había empezado bastante antes. En casa de los Guajardo, el ciclismo no era algo que aparecía por televisión en julio. Era parte de la familia. Su padre, también Juan Mari Guajardo, fue periodista de Navarra Hoy y Radio Popular y se especializó en ciclismo y pelota vasca. Falleció en 1995, con sólo 48 años, a consecuencia de una leucemia. Pero para entonces ya había transmitido a sus hijos aquello que después terminaría definiendo sus vidas. Su madre, Mari Nati, llevaba a Juan Mari y Mónica durante las vacaciones hasta los lugares por los que discurría el Tour de Francia para reencontrarse con su padre, que seguía la carrera como periodista. Aquellos niños que viajaban para encontrarse con el ciclismo terminaron décadas después trabajando dentro de él. Juan Mari se convirtió en la voz externa de las grandes carreras y Mónica desarrolló su trayectoria desde Radio Vuelta, en el corazón técnico de la competición. Él habla hacia los aficionados, presenta corredores, realiza cuentas atrás, entretiene las esperas y recibe al ganador. Ella trabaja dentro de la cápsula de carrera, coordinando información entre organización, comisarios, seguridad y equipos. Dos maneras diferentes de vivir profesionalmente un deporte que les llegó desde casa. La vida de Juan Mari se mueve de hotel en hotel mientras LaVuelta cambia cada día de ciudad. En 2025 pasó aproximadamente 240 días fuera de casa y durmió 190 noches en hoteles. Ha llegado a encadenar temporadas en las que no permanece ni siquiera una semana completa seguida en su domicilio y apenas encuentra domingos libres. Para no perderse entre habitaciones tiene incluso un método sencillo: fotografía la puerta de cada hotel para recordar cuál es la suya. Resulta paradójico porque él insiste en que para él “todos los días son domingo”. “Vivimos una fiesta. Para mí todos los días son domingo, todos los días son festivos”. No quiere decir que no exista cansancio. Quiere decir que, después de tantas temporadas, todavía siente que trabajar en ciclismo es una suerte. Guajardo ha aprendido a proteger esa suerte con disciplina. Se levanta alrededor de las seis. Corre un poco, camina, desayuna y se marcha pronto del hotel. Algunos días la expedición parte a las siete de la mañana; normalmente lo hace entre las ocho y las ocho y media. Él intenta estar en la salida aproximadamente cuatro horas antes de que arranque la etapa, dos horas antes incluso de empezar su propia intervención. Busca una cafetería, pide un café y extiende los últimos apuntes. Porque cuando Guajardo parece improvisar, casi nunca está improvisando. “La mejor improvisación es la que más llevas preparada de casa”. En mayo ya está pensando en septiembre. Empieza a elaborar las estadísticas de cada etapa, repasa finales anteriores, corredores nacidos en la zona, victorias, palmarés, pequeñas historias y cualquier elemento que pueda servirle meses después cuando deba mantener la atención de una plaza durante horas. No sabe qué dato utilizará. Incluso puede que no utilice ninguno. Hay días en los que los papeles no salen de la carpeta porque la carretera genera suficiente material. Pero los necesita allí. Preparar mucho para parecer espontáneo. Después comienza el espectáculo: aproximadamente dos horas de animación, la presentación de todos los equipos, entrevistas ocasionales, corredores subiendo al control de firmas y el tradicional corte de cinta. La carrera arranca y Guajardo cambia de escenario. Viaja por un recorrido alternativo hasta la llegada. Allí vuelve a colocarse ante el público varias horas antes que los ciclistas. Explica cómo marcha la etapa, recibe la caravana, hace concursos, pregunta de dónde viene la gente, busca favoritos entre los aficionados, organiza una ola y provoca a un lado de la calle para que haga más ruido que el otro. Es un speaker, pero también un director de orquesta al que nadie ha entregado partitura. Cuando percibe que baja la atención, “pincha” al público. Pide aplausos, gritos, silbidos. Juega con chicos contra chicas. Sale del escenario para hablar con quienes esperan junto a las vallas. No hay una fórmula matemática. Tiene que interpretar a la gente. “Intento mantener su atención desde el principio hasta el final”. Le obsesiona especialmente quien llega por primera vez a una carrera ciclista. Ese padre que lleva a un hijo, una familia que pasaba por allí o alguien que apenas conoce los nombres del pelotón. Quiere que horas después se marche con una conclusión sencilla: “Qué bien me lo he pasado. Voy a ver si consigo aficionarme a este deporte”. Para Guajardo, ese es también su trabajo. No recitar estadísticas sino convertir una espera en una experiencia. “Se trata de que la gente se lo pase bien y viva una experiencia única, que es lo que queremos. Una experiencia única, que es el ciclismo”. Una jornada normal significa entre cinco y seis horas hablando por el micrófono. Y puede hacerlo al nivel del mar, bajo un sol abrasador o en la cima de una montaña con frío. Por eso los hielos están prohibidos. Por eso aparece la chaqueta en cualquier comedor aunque sea pleno verano. Por eso a las nueve y media de la noche ya está prácticamente retirado. En tres semanas, una garganta puede ser tan importante para un speaker como las piernas para un corredor. También hay que adaptarse al idioma. Guajardo se siente especialmente cómodo en francés. Durante el arranque de esta edición en Mónaco compartió escenario y comprobó que podía desenvolverse sin problemas. En inglés reconoce que le cuesta algo más. Mantener una conversación, explica, resulta sencillo; la dificultad aumenta cuando aparece el micrófono y sabes que detrás escuchan miles de personas. Pero suficiente para entrevistar a diario a Primoz Roglic o Tadej Pogacar. Ese viaje a Mónaco dejó además una imagen difícil de imaginar treinta años atrás. Frente a la puerta del Casino de Montecarlo, Guajardo tomó el micrófono y empezó una cuenta atrás. Diez, nueve, ocho… hasta poner en marcha LaVuelta. Pensó entonces en Alsasua. “Un chico de Alsasua como yo… Que le hubieran dicho algún día que podía hablar delante del Casino de Mónaco”. En realidad, la lista de escenarios ya empieza a parecer imposible. Ha hablado dentro del Santiago Bernabéu, en Assen, en Mónaco, en multitud de puertos, ciudades y plazas españolas. Y cada lugar viene acompañado de algún ciclista. Marco Pantani ocupa un sitio especial en su memoria. Lo recuerda cercano. Coincidió con él en los primeros años y conserva la imagen de un corredor accesible. También Claudio Chiappucci significaba algo diferente. Guajardo era navarro, Miguel Indurain era el héroe absoluto y Chiappucci había sido uno de sus grandes rivales. Años después, aquel niño que veía al italiano enfrentándose a su ídolo terminó entrevistándolo y manteniendo una buena relación con él. También llegó Cipollini, siempre dispuesto a encontrar alguna broma con el público. Después Contador, Purito, Valverde, Roglic, Pogacar… “Tengo el orgullo de haber hablado con todos los campeones que han participado en LaVuelta o en las carreras que ha habido en España”. Algunos terminaron convirtiéndose casi en cómplices, especialmente los españoles. Óscar Pereiro fue uno de los grandes vacilones. Guajardo lo recuerda extraordinariamente extrovertido antes de ganar el Tour de Francia de 2006. En una ocasión, durante LaVuelta, el gallego perdió mucho tiempo en una fuga y comprometió sus opciones de terminar entre los diez primeros. A la mañana siguiente, Juan Mari abrió la entrevista recordándole que el ‘top 10’ se había complicado. Pereiro reaccionó inmediatamente: “¿Ya me entierras, no?”. En otro encuentro llegó directamente a soltarle delante del micrófono: “Eres un capullo”. Guajardo se ríe al recordarlo. “Era un vacilón”. Purito Rodríguez, Alejandro Valverde o Alberto Contador forman también parte de ese círculo construido durante años. Con Contador mantiene una relación que define como magnífica. Y del madrileño conserva uno de los momentos en los que incluso su papel profesional estuvo a punto de sucumbir ante el aficionado. Angliru, 2017. Última temporada de Contador. Última victoria. “Se me saltaban las lágrimas”. Hay ocasiones en las que treinta años de experiencia no sirven para mantener la distancia. Una de las jornadas más especiales de su vida profesional sucedió mucho más cerca de casa. Pamplona, 2012. La salida desde la Plaza del Castillo, el recorrido por las calles del encierro, la Estafeta repleta de gente y la llegada a una Plaza de Toros transformada por LaVuelta. Hacía un calor tremendo. El público gritaba. Guajardo organizó la ola mientras los equipos disputaban la crono. Rabobank había marcado el mejor registro, pero Movistar apareció como último equipo y se llevó la etapa por apenas unos segundos. Mónaco pudo resultar espectacular. El Bernabéu podía impresionar. Assen reunió decenas de miles de personas. Pero Pamplona era otra cosa. “Este año la salida de Mónaco me ha parecido enorme, pero en el corazón las etapas de Pamplona son algo que no se me va a olvidar en mi vida”. Ha trabajado delante de unas 50.000 personas tanto en el Bernabéu como en Assen. La cifra impresiona, aunque Guajardo asegura que su actitud no cambia si delante aparecen cien. “Me da igual que haya cien, mil, dos mil, tres mil o cincuenta mil”. El público grande contagia. Eso sí lo reconoce. El ruido genera más ruido y una llegada multitudinaria eleva inevitablemente el tono. Durante la primera semana de esta edición también quedó impresionado por el ambiente encontrado en Francia. Pero insiste en que la obligación es la misma. “La dedicación es plena, es total”. Los protagonistas, recuerda, nunca son quienes sostienen el micrófono. Son quienes llevan un dorsal. “El objetivo es que la gente valore el esfuerzo que hacen los ciclistas, que son aquí los grandes protagonistas”. Quizá por eso recuerda tantos. Bernard Hinault fue su primer gran ídolo. Lo veía cuando acompañaba a su padre al Tour de Francia. Recuerda aquel maillot, a Greg LeMond, a Jean-François Bernard. Décadas después presenta en las carreras a Julian Bernard, hijo de Jean-François. Es uno de esos círculos que sólo pueden cerrarse cuando llevas suficiente tiempo dentro de un deporte. Y después está Miguel Indurain. Ahí no necesita pensarlo. “Como navarro, Miguel Indurain, sin dudarlo”. Lo define como “un señor” y “un caballero”. “Nos ha marcado especialmente a todos los navarros”. Le preguntan si habrá otro. Guajardo duda. No por falta de talento sino porque Indurain significó algo más grande que sus victorias. España ha vivido después una época extraordinaria: Pedro Delgado, Alberto Contador, Carlos Sastre, Óscar Pereiro, Alejandro Valverde, Purito Rodríguez… Una generación que convirtió la victoria en algo relativamente habitual y terminó elevando también las exigencias sobre quienes llegaron después. Ahí aparece Enric Mas. Guajardo conoce al mallorquín desde mucho antes de los grandes escenarios. Lo vio siendo cadete y junior. Lo ha visto crecer, pasar a profesionales, ganar una etapa de LaVuelta, subir cuatro veces al podio y convivir durante años con una crítica que considera exagerada. “Enric Mas ha sido un ciclista ampliamente e injustamente criticado”. Habla de su “autoexigencia brutal”. También de problemas de salud que en diferentes momentos frenaron su progresión. Y no entiende cómo un español con cuatro podios en LaVuelta puede seguir conviviendo con la sensación de que debe demostrar permanentemente que es suficientemente bueno. “Un ciclista español con cuatro podios tendría que ser reconocido especialmente”. Este año algo ha cambiado. Guajardo lo nota cada mañana. Presenta a Enric Mas y la gente responde. Más fuerte. Más ruido. Más esperanza. “No digo que vaya a ganar LaVuelta, pero nos está ilusionando de una manera bárbara”. El propio speaker reconoce que cuando pronuncia su nombre y escucha la respuesta de los aficionados se le pone “la piel de gallina”. Después de treinta ediciones, semejante confesión quizá explique mejor que cualquier cifra por qué continúa allí. Porque también existen días en los que colocarse delante del micrófono cuesta mucho más. Durante una edición de LaVuelta, su madre se encontraba ingresada en el hospital. Tiempo después le diagnosticarían la enfermedad de Crohn. Él estaba trabajando. “Tienes a tu madre en el hospital y tú tienes que sonreír todos los días”. Ese es uno de los recuerdos más duros. “Tienes que estar activo, tienes que estar ocurrente, tienes que estar vivo a la hora de narrar”. Nadie frente al escenario tiene por qué saber qué sucede detrás. La fiesta debe continuar. Otro momento doloroso fue la muerte de Chema, masajista del Sky, al que conocía personalmente. Guajardo conocía también a su hermana y a su sobrino. Le tocó ponerse delante del micrófono y anunciar un minuto de silencio durante el corte de cinta. Son segundos en los que desaparece el speaker. Sólo queda la persona. “Aquí estamos disfrutando, pero hay gente que lo pasa mal y está sufriendo”. Por eso insiste tanto en la palabra fiesta. No porque ignore todo lo que existe detrás, sino precisamente porque lo conoce. “Esto es una fiesta al fin y al cabo”. También comete errores. Treinta Vueltas no inmunizan contra un nombre equivocado. Esta temporada recibió a Vincenzo Albanese y lo presentó como Vincenzo Nibali. El italiano se tomó el lapsus con humor. Cuando Juan Mari se lo recordó, Albanese incluso bromeó con que ya le gustaría. Hay días así. Los suficientes como para demostrar que el micrófono sigue siendo un directo. Sus referentes ayudan a entender su estilo. Cita a Carlos de Andrés y Javier Ares, con quien además existe un vínculo emocional porque Ares mantuvo una estrecha relación profesional con su padre. También admira a speakers de otras disciplinas y países. Pero cuando tiene que elegir un nombre, aparece uno por encima de todos: Daniel Mangeas, durante más de cuatro décadas voz del Tour de Francia. “Mi referente de toda la vida ha sido Daniel Mangeas”. Aprender mirando a los mejores y después construir una manera propia de contar las cosas. Y en paralelo está la trayectoria de su hermana Mónica, responsable de Radio Vuelta, cuyo trabajo se desarrolla en el interior de la competición. Viaja en el vehículo que conecta buena parte de la información deportiva y de seguridad, se coordina con comisarios, organización y motos de información y trabaja durante varias horas con diferentes canales de comunicación. Una labor mucho menos visible para el público, pero fundamental para que los distintos actores de la carrera sepan qué sucede en carretera. Ha recorrido miles de kilómetros dentro de competiciones y forma, junto a Juan Mari, una singular pareja profesional: dos hermanos ligados al mismo deporte desde posiciones completamente diferentes. Detrás de ambos permanece el recuerdo de aquel padre periodista al que iban a buscar durante las vacaciones en algún punto del Tour. Quizá por eso el ciclismo nunca ha sido para los Guajardo un simple empleo. Juan Mari ha acumulado 30 Vueltas -los mismos años que "llevo perdiéndome las fiestas de Alsasua..."- cientos de controles de firmas, miles de corredores presentados, incontables horas de micrófono y suficientes noches de hotel como para haber necesitado fotografiar centenares de puertas. Podría mirar hacia atrás. Prefiere mirar hacia delante. A sus 30 Vueltas no elige Estoril. Ni Mónaco. Ni Pamplona. Ni el Bernabéu. Ni Assen. Ni siquiera aquellos días en los que habló frente a 50.000 personas. Cuando se le pregunta por el mejor día que todavía sueña vivir, responde exactamente como alguien que continúa sintiéndose afortunado de estar allí. “La mejor Vuelta siempre está por llegar”. Quizá esa sea la razón por la que, treinta ediciones después, Juan Mari Guajardo continúa despertándose a las seis de la mañana. Porque para él, efectivamente, mañana vuelve a ser domingo.
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