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Friday, September 11, 2026

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El 11-S, 25 años después: el atentado que cambió el mundo y cuyas consecuencias aún perduran

Se cumple un cuarto de siglo de los atentados que acabaron con la vida de 2.977 personas y desencadenaron una guerra global contra el terrorismo que transformó la geopolítica mundial

· 895 words

El 11 de septiembre de 2001 el mundo se detuvo durante unos minutos. A las 8.48 horas, hora local de Nueva York, un avión comercial impactaba contra la Torre Norte del World Trade Center. Quince minutos después, un segundo aparato se estrellaba contra la Torre Sur. Lo que inicialmente parecía un accidente se convirtió ante las cámaras de televisión en uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente. Un cuarto de siglo después, las imágenes de las Torres Gemelas desplomándose siguen formando parte de la memoria colectiva, pero las consecuencias de aquel día van mucho más allá de Nueva York. El 11-S desencadenó una transformación profunda de la política internacional, la seguridad, las relaciones entre Occidente y Oriente Próximo y la propia naturaleza de la amenaza terrorista. La cifra oficial de víctimas mortales ascendió a 2.977 personas. De ellas, 2.753 murieron en el World Trade Center y otras 224 fallecieron cuando otros dos aviones se estrellaron en el Pentágono y en Pensilvania. En España, el primer impacto se produjo cuando faltaban apenas 12 minutos para las 15.00 horas. Mientras en Nueva York comenzaba una mañana soleada, en pocos minutos el cielo de Manhattan quedó cubierto por una gigantesca nube de polvo y humo. Pero los ataques no terminaron en las Torres Gemelas. Un tercer avión se estrelló contra el Pentágono y un cuarto aparato cayó en un campo de Shanksville, en Pensilvania, después de que los pasajeros se rebelaran contra los secuestradores. Se cree que el objetivo era otro símbolo del poder estadounidense, aunque nunca llegó a alcanzarlo. El presidente estadounidense George W. Bush interpretó los atentados como una declaración de guerra. En sus memorias, 'Decision Points', comparó lo ocurrido con Pearl Harbor y asumió que debía liderar una nueva etapa destinada a proteger a Estados Unidos. La respuesta llegó rápidamente. El 7 de octubre de 2001, menos de un mes después de los atentados, Estados Unidos comenzó a bombardear Afganistán, donde el régimen talibán daba refugio a Al Qaeda y a Osama Bin Laden, señalado como principal responsable de los ataques. La intervención consiguió expulsar inicialmente a Al Qaeda del país, pero no puso fin al conflicto. Dos décadas de guerra, miles de víctimas y una enorme destrucción dejaron a Afganistán sumido en una situación de extrema fragilidad. En agosto de 2021, los talibanes recuperaron Kabul, cerrando de forma especialmente simbólica un círculo iniciado tras el 11-S. La segunda gran consecuencia de aquella política llegó aproximadamente un año y medio después con Irak. Estados Unidos lideró en 2003 una invasión para derrocar a Sadam Husein argumentando que el régimen disponía de armas de destrucción masiva. Aquellas armas nunca fueron encontradas y las pruebas utilizadas para justificar la intervención militar resultaron falsas. La caída de Sadam Husein dio paso a años de violencia, inestabilidad y terrorismo. La retirada estadounidense en 2011 dejó un escenario en el que Al Qaeda pudo reorganizarse y del que posteriormente emergería el autodenominado Estado Islámico (ISIS). Las consecuencias humanas y económicas de aquella guerra contra el terrorismo fueron enormes. Según el estudio Los costes de las guerras, elaborado por el Instituto de Estudios Internacionales Watson de la Universidad de Brown, las guerras de Estados Unidos en Afganistán, Irak y Pakistán han supuesto un coste aproximado de cuatro billones de dólares. El balance de muertos en esos tres conflictos se sitúa entre 272.000 y 329.000 personas fallecidas, aunque las cifras son objeto de diferentes estimaciones y no incluyen todas las consecuencias indirectas derivadas de décadas de violencia. El legado del 11-S tampoco puede entenderse únicamente a través de las guerras. Los atentados impulsaron una nueva era de controles de seguridad, vigilancia y lucha antiterrorista. En los aeropuertos, en las fronteras y en los servicios de inteligencia, el mundo posterior al 11-S pasó a estar marcado por una preocupación permanente por la amenaza terrorista. La invasión de Irak tuvo además una consecuencia que terminaría condicionando la seguridad internacional durante los años siguientes. La desestabilización del país favoreció la aparición y expansión de nuevos grupos yihadistas. Al Qaeda mantuvo durante años una importante capacidad operativa, pero comenzó a perder protagonismo tras la muerte de Osama Bin Laden en 2011 y el avance de las operaciones antiterroristas. En paralelo, el ISIS fue ganando terreno hasta convertirse en una amenaza global, especialmente a partir de 2014, cuando se desvinculó de Al Qaeda y amplió su actividad. Su estrategia incorporó además una nueva dimensión: la captación y la radicalización de individuos en países occidentales. Los llamados 'lobos solitarios' protagonizaron ataques con vehículos, cuchillos y otros medios rudimentarios, haciendo más difícil prevenir atentados que no requerían necesariamente grandes estructuras terroristas. 25 años después, el 11-S continúa siendo mucho más que la fecha de un atentado. Fue el punto de partida de una nueva era geopolítica cuyos efectos todavía se perciben en buena parte del mundo. Las Torres Gemelas ya no forman parte del 'skyline' de Nueva York, pero su ausencia sigue funcionando como uno de los símbolos más poderosos del siglo XXI. Afganistán e Irak arrastran las consecuencias de aquellas intervenciones, el terrorismo yihadista ha mutado y la política internacional continúa marcada por las decisiones adoptadas en los meses y años posteriores a aquel 11 de septiembre. El mundo que despertó aquella mañana de 2001 ya no existe. Y un cuarto de siglo después, las heridas abiertas aquel día todavía no han terminado de cerrarse.

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