Un Niño que se hace mayor
Un gol del joven delantero en el minuto 93 rescata un punto para el Málaga
Tres semanas de desconexión, con su correspondiente descanso, tanto físico como mental, podían hacer pensar que el Málaga llegaría con la lección aprendida y aires renovados. Ni una cosa ni la otra. Más o menos fue lo de siempre. O iba camino de serlo hasta que Adrián Niño, en el último suspiro, conectó un remate que devolvió la sonrisa a La Rosaleda. Los de Funes rescataron un punto para coger una bocanada de aire, insuficiente, pero alentador. El Málaga abrazó su condición de local para salir en tromba. Y pudieron golpear muy pronto en una buena internada de Joaquín que finalizó Larrubia. Fue la primera y la más clara que tuvo el Málaga en todo el partido, pero se encontró con Fortuño, una de las novedades en el once de Manolo González. Esa gran puesta en escena fue perdiendo fuerza hasta el punto de terminar agradeciendo que al descanso la ventaja del Espanyol fuese mínima. Entre otras cosas, y esto no es nuevo, porque la defensa andaluza volvió a parecer de cristal. Más frágil que un jarrón chino. Tan vulnerable que Bryan Zaragoza hizo con ella lo que quiso al cuarto de hora de partido. Una sencilla conducción, un par de recortes y un latigazo al palo corto para reventar La Rosaleda. En ese momento de desconcierto pudo cerrar el partido el Espanyol. Pero un maravilloso taconazo de Roberto lo sacó Puga bajo la línea y un remate a quemarropa de Javi Hernández se topó con Rafita. Y mientras la defensa se desmoronaba como un castillo de naipes, arriba la contundencia también brillaba por su ausencia. Las buenas intenciones de Joaquín y Larrubia, ante la incomparecencia de Chupe, se quedaban en eso, en proyectos inacabados. Porque hasta cuando supo afinar, tampoco tuvo suerte. Pablo Martínez rozó el empate con un libre directo magistral que terminó por escupir el larguero. Como dice el refranero español, a perro flaco, todo son pulgas. Y a este Málaga ahora mismo le aparecen picores por todos lados. Supo aguantar, también conviene decirlo, un Espanyol con oficio, que vivió el segundo tiempo casi de manera permanente en su área. Y todo ello sin que Fortuño tuviese que realizar intervenciones de mérito. Esa falta de peligro, sin embargo, no era garantía de nada. Y más cuando te hundes en tu área jugando a domicilio durante demasiados minutos. Movió fichas Funes hasta que dio con la adecuada. La misma de Vigo, la única que parece encontrar la pegada necesaria para convertir en realidad todos los propósitos ofensivos del equipo andaluz. Un Niño, de nombre Adrián, que a sus 22 años sumó su segundo tanto en la máxima categoría. En cuatro ratos. Agarró un centro que parecía ir a ninguna parte para colar el balón junto al palo corto de Fortuño y otorgar al Málaga un premio de consolación.
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