La luz en la noche
Las cuatro esquinas: victoria, calma, Celta, fútbol
Ay, ese Madrid de Güler que nos da la paz, que encuentra el sentido sedante o fulgurante del centro del campo; ese Madrid de Valverde que inunda con su fuerza el lugar que ocupe del campo, jamás despistado, jamás perdido entre la cal de la yerba. Ese Madrid de Güler que lleva un puñal brillando cerca del pecho del enemigo, pases llenos de aire libre, pases que alejan el miedo de una derrota. Ese Madrid de Valverde que nunca se para, que jamás se hunde en el desierto de la ausencia, que agita, que destierra el miedo. Ese Madrid de Güler que levanta el ánimo de un público ávido de fuerza y belleza y hambre de ser, vencer, oscurecer las luces del enemigo. Ese Madrid de Mbappé que impone una velocidad hambrienta, ganas de superar cualquier herida, como Vinicius, que llegará si los pitidos de él se olvidan; ese Madrid de Cucurella, que ofrece la garra perdida, el sentido de jamás desesperar porque los sueños no existen si no existe la esperanza; el de Bellingham, que volverá a su estela goleadora y asesina. Diomande, la pantera. La versatilidad de Camavinga, que ya no está quemado por el fallo del Múnich. El toque de Bernardo Silva aclarando el panorama. La fiereza infranqueable de Rüdiger… que llegue ya el Clásico a ver esa goleada del Barça. Grande Courtois, siempre. Este es otro Madrid. Mi amigo Manuel Villanueva, que hizo una vida dirigiendo los contenidos de Mediaset, me confesó que para él, el Celta es un sentimiento, una emoción, una forma de ser y de vivir; y el celtismo es esa comunión entre afición y equipo en la que siempre hay de todo: miedo, amor, esperanzas, deseos y pasión; y una generosidad inmensa de aportar lo propio a lo común. En Galicia ha llovido mucho durante mucho tiempo, pero su corazón no se ha desteñido de su inmarcesible azul celeste. Ahora se integra como miembro del Consejo de Administración de su equipo del alma. Gana el Celta y gana Manolo, que siente vibrar su sueño en la realidad. En la noche de París, que huele a gomas quemadas y suenan por las esquinas los gritos de la revuelta, vimos un gran partido de fútbol. Mi amigo culé casi lloró de lo bien que jugó el Barça. Y lloró del todo cuando miró la faltriquera y había cuatro goles clavados a fuego. La emoción subió del césped hasta el lugar más recóndito del mundo, por ejemplo el bar Juani, donde me puse a gritar y llorar con los culés, que ya saborean la victoria del Clásico. El fútbol lo inventó un niño que juega a los dados, y dar por vencido a un contrario puede tener castigo. Qué gran partido vimos. Fútbol de noche y goles. Belleza entre el humo de los que protestan por tener una esperanza y un futuro.
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