Nadie va a Cibeles por un Balón de Oro
La opinión de Santiago Siguero
La brasa infinita del Balón de Oro ha alcanzado este año una nueva dimensión. Como el premio está más abierto que nunca, los aspirantes, en muchos casos autoproclamados, desfilan por los medios, a los que en muchas otras ocasiones ignoran, pidiendo casito. En el caso del Madrid, Mourinho lanzó la campaña de Mbappé y el francés se ha lanzado de cabeza a una carrera que genera confusión en el madridismo. Después de dos años de penurias, Kylian pretende ser el mejor jugador del mundo sin haber ganado un solo trofeo. El caso del francés no es el único. Lamine Yamal también pretende desconfigurar las normas del premio, que nunca han estado demasiado claras, asegurando que él juega más bonito aunque haga menos goles que el madridista. En fin, juegos florales. Por lo que respecta a Mbappé, sería deseable que antepusiera el colectivo a lo individual. El Balón de Oro, más allá de un trozo de metal de gusto dudoso, abre puertas en el jugoso mundo del marketing y los patrocinios, pero no parece que el jugador del Madrid tenga problemas para llegar a fin de mes. Más allá de eso, su obsesión por el premio, que puede ser hasta lícita, le dibuja a ojos de la afición como un jugador que piensa más en sí mismo que en sus equipos. Ni el Madrid ganó nada la pasada temporada ni lo hizo Francia. Seguramente no se pueda culpar a Mbappé de ninguna de esas dos circunstancias, pero quizá debería elegir otro contexto para lanzar su candidatura. En la larga historia del Madrid, nadie ha ido a Cibeles a celebrar un Balón de Oro. Los que lo han ganado de blanco en la era moderna (Cristiano, Modric y Benzema) presentaron, además de goles, Champions y Ligas, dos objetivos que, desde la llegada del galo al Madrid, han estado muy lejos del alcance del equipo. Esos sí serán buenos avales, mucho más que una tournée mediática que ya empacha.
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