Mikel Merino, el valor del antidivo
Al otro lado del espejo
Cuatro partidos, cuatro victorias y hasta noviembre, cuando tocará visitar a Chequia (12) y recibir a Inglaterra (15). Como pasan dos, ya estamos clasificados. Si como campeones o no lo sabremos en su día. La victoria en Londres nos da ventaja, claro. De los cuatro partidos, el que más ha costado ha sido justamente el que acaba de terminar en Split cuando empiezo a escribir esto. Croacia venía de un estrepitoso 0-7 ante Inglaterra, pese a lo cual Bilic no dio un vuelco al equipo, apenas un par de cambios. Pero la colocación en el campo y la actitud fueron muy distintas. Se cerraron con firmeza, desconectando a Olmo, Pedri y Baena. Entre eso y que Oyarzabal estaba atrapado en la red y Rodri extrañamente confuso, allí sólo quedaba lo que hiciera Lamine, que insistió mucho sin cooperación. Pero es que además Croacia supo salir, apoyada en el buen juego de Modric, el recorrido de Kovacevic y la tremenda categoría de Perisic. Llegó bastante y con peligro. Unai sólo concedió un gol y podemos decir que en esa mala primera parte nuestra sostuvo el resultado en un límite digno. España empezó a encontrarse antes del descanso, según se le iban gastando las pilas a Croacia, y en la segunda parte por fin impuso su juego. Dominio muy completo y llegadas frecuentes, pero el gol no entraba hasta que apareció Merino, ese suplente providencial que ya ha acumulado un importante número de tantos decisivos. Este martes hizo los dos, el primero cruzando con serenidad, el segundo con un control extraordinario en postura difícil seguido de un tirazo a la escuadra que dejó a los croatas sin el consuelo de un empate que quizá hubieran merecido. Merino, jugador de físico potente y aire algo anticuado, que recuerda a los contumaces arietes que producían y exportaban los equipos del Norte de los años sesenta, es un tipo de estupenda técnica e inteligencia sutil para filtrarse en el área. Pero además es un modelo de la forma de estar en una plantilla, en este caso la de la selección, sin más ánimo ni objetivo que contribuir al bien común. Un suplente siempre a punto. No todos lo saben llevar así.
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