Alberto Abengózar: de jugar en Segunda a conducir trenes y capitanear al Sporting de Alcázar en el sueño copero
El delantero de 37 años, hoy maquinista de Renfe, llegó a pisar el fútbol profesional con el Albacete tras haber pasado por la cantera del Getafe. Ahora afronta el partido más ilusionante de su vida: en su pueblo ante un equipo de Primera
Hay viajes que empiezan muy lejos de casa y que, con el paso de los años, terminan devolviéndote al mismo sitio. El de Alberto Abengózar (1989) comenzó en Alcázar de San Juan, cuando era un niño que jugaba en la cantera del Gimnástico, y tuvo durante un tiempo todos los ingredientes para convertirse en una historia de fútbol profesional. Llegó al Getafe, dio el salto al Albacete, debutó en Segunda con 19 años e incluso llegó a marcar un gol. Después vinieron muchos equipos, muchas ciudades y otra vida. Hoy es maquinista de Renfe, pero sigue jugando al fútbol. Y, además, lleva el brazalete del Sporting de su pueblo esperando a un Primera en el Manuel Delgado Meco: el Málaga CF. Pero antes de los trenes, antes de Renfe y antes de convertirse en uno de los referentes del fútbol de la localidad, Alberto Abengózar fue un futbolista que llegó a tocar con las manos el sueño del profesionalismo. Empezó en el Gimnástico de Alcázar, destacó en Tercera sin haber cumplido la mayoría de edad y aquel rendimiento hizo que empezaran a aparecer equipos interesados. El Getafe fue el primero de sus destinos, cuando todavía era muy joven, por lo que salir de casa suponía entrar en un mundo completamente diferente. "Era muy joven, empecé a destacar y hacer goles en Tercera, y pues lógicamente te llegan cosas, te cuentan que viene gente a verte y demás...", recuerda. El paso por el conjunto azulón, donde estuvo en el filial y entrenándose asiduamente con el primer equipo, formó parte de ese camino que terminaría llevándole al fútbol profesional. "Lo afronté con mucha ilusión porque, al final, salir de tu zona de confort siendo muy joven creo que todo te hace curtirte", explica. Después regresó al Gimnástico de Alcázar en 2010 -extinto club previo al Sporting que desapareció en 2015-, en un momento en el que la entidad acabaría descendiendo de Tercera división a Regional. Llegó en la segunda vuelta, cedido, antes de volver a emigrar rumbo al Albacete, donde su vida cambiaría por completo. Abengózar estuvo en el Albacete entre 2010 y 2012, y en la temporada 2010-11 llegó a jugar cuatro partidos en Segunda división con el primer equipo. Tenía 19 años y estaba cumpliendo aquello por lo que había trabajado desde niño: ser futbolista profesional. Y entre aquellos cuatro encuentros hay uno que permanece especialmente vivo en su memoria. Fue en Balaídos, ante el Celta. Abengózar entró en ese escenario del fútbol profesional y tuvo la oportunidad de ver portería. "Tuve la suerte de marcar en un estadio tremendo, es un recuerdo súper bonito que me guardo para siempre", cuenta. Un gol en un estadio histórico, contra un rival de la categoría y en una etapa en la que todavía estaba descubriendo hasta dónde podía llegar. Él era sólo un jugador del filial que había subido a echar una mano al equipo, pero asumió la responsabilidad de lanzar un penalti tras partir como titular. Aquel vestuario del conjunto albaceteño, además, guardaba una de esas casualidades que solo se entienden con el paso del tiempo. Allí estaba también Keylor Navas, por entonces un joven guardameta costarricense que todavía estaba construyendo su carrera en España. Después llegaría su salto al Levante y, más tarde, al Real Madrid, donde terminaría ganando tres Champions League. Abengózar compartió vestuario con un portero que acabaría siendo protagonista de una de las etapas más exitosas de la historia reciente del club blanco. Para él, sin embargo, todo aquello sucedía entonces con la naturalidad de quien todavía estaba intentando hacerse un hueco en el fútbol profesional. "Tuve la suerte de disfrutar del fútbol profesional y de ir a campos y jugar contra rivales que hoy en día algunos siguen activos. Siempre me he sentido un privilegiado por poder haber vivido aquello", añade. De hecho, aquellos años, en la 2011-12, su Albacete llegó a eliminar al Atlético de Madrid en Copa -con Gregorio Manzano a los mandos- en lo que fue la antesala a la llegada de Diego Pablo Simeone. Tras el Albacete llegaron diferentes destinos: Villarrobledo, Almansa, La Roda, Teruel, Ontinyent, Olímpic de Xàtiva... Equipos, ciudades, vestuarios y experiencias que fueron construyendo una carrera mucho más larga de lo que quizá pueda resumir una foto de aquel penalti en Vigo. "Desde el día que salí de Alcázar yo he vivido del fútbol y lo que tengo es por el fútbol", explica. También recuerda el papel de su familia, que siempre intentó mantener los pies en el suelo cuando su carrera iba en dirección ascendente: "Siempre doy las gracias a mi familia porque desde el primer día me pararon los pies". Hubo playoff, ascensos y momentos de disfrute, pero también llegó el momento de asumir que quizá el fútbol profesional no iba a ser un camino para toda la vida. "Llegó un momento en que yo vi que no podía avanzar más de, quizás, Segunda B, y siempre he pensado que con esto no te da para toda la vida", indica. Durante un tiempo incluso dejó el fútbol para preparar una oposición y buscar una estabilidad laboral. Después consiguió trabajo como maquinista de Renfe y volvió a engancharse al balón, aunque desde otra perspectiva. "Cuando ya lo conseguí me reenganché, evidentemente no al mismo nivel porque ya la prioridad cambia, pero aún sigo y con la misma ilusión que cuando estaba en el fútbol profesional", cuenta. En 2022 regresó al Sporting de Alcázar, más de una década después de su anterior etapa en el Gimnástico. Y mientras su vida profesional transcurría entre trenes, el fútbol volvía a ocupar un espacio importante. Lo hacía además en el club de su pueblo, el mismo lugar del que había salido aquel chico que un día llamó la atención del Getafe y que acabó debutando en la categoría de Plata del fútbol español. "Las ganas de seguir jugando y de estar te hacen muchas veces cometer locuras e ir directo a jugar desde el trabajo, pero son cosas que haces con gusto", indica. "Yo cuando era un crío en el descanso saltaba al campo a pegar cuatro tiros al balón, y ahora está volviendo a pasar en Alcázar. Es un orgullo para mí volver a ver las gradas llenas, a la gente ilusionada con un equipo de Preferente. Es emocionante", explica emocionado. La evolución del Sporting le ha permitido vivir desde dentro el crecimiento de un club que ahora se encuentra ante un escenario que parecía lejano: "Creo que he tenido la suerte también de vivir la parte mala, pero la parte buena ahora con el Sporting, que ha ido creciendo año a año". Ahora, además, lo hace como capitán. Una responsabilidad que entiende también como una forma de devolver parte de lo que recibió del fútbol. "Estoy en la obligación de ayudar a los más jóvenes, de inculcarles un poco la educación deportiva que deben tener", expresa. El fútbol y los trenes han terminado cruzándose en una vida que, de alguna manera, siempre ha estado marcada por los viajes. Ahora el siguiente destino está señalado en rojo: un Primera división en el Manuel Delgado Meco. Después de haber jugado en el fútbol profesional y de haber pasado por un buen puñado de equipos , Abengózar tiene delante un partido que difícilmente podía imaginar cuando era aquel niño que empezaba a jugar en Alcázar. Por eso prefiere disfrutar del camino, de las conversaciones, de las gradas que vuelven a llenarse y de un pueblo pendiente de un encuentro que ya forma parte de la historia del Sporting. "Lo que hay que hacer es disfrutar del proceso, yo se lo digo a todos. Es más importante eso que el partido en sí", cuenta. Porque aquel chico de Alcázar ya sabe lo que es cumplir un sueño. Ahora, ya en el ocaso de su carrera, pero con la alegría y satisfacción de haber disfrutado de la pelota desde siempre, afronta uno que jamás imaginó a sus 37 años. "Va a ser el partido más emocionante de mi vida". Una forma inmejorable de cerrar el círculo en el lugar que le vio crecer.
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