Un penaltito averió el partido
'Al otro lado del espejo', una opinión de Alfredo Relaño
Quince años hacía que el Madrid no visitaba al Racing, un clásico de nuestro fútbol, y el reencuentro se produjo en una tarde otoñal reventona, con cielo abierto y brisa agradable. El césped, perfecto, invitaba al buen juego y el Madrid, que venía con el impulso del Spotify y la misma alineación salvo el descanso preventivo de Valverde, salió con ganas y alegría atacante. El Racing, un equipo mejor por delante que por detrás como bien se lee en sus resultados (el curso pasado ascendió a Primera con más goles encajados que el Zaragoza, que descendió), reculó asustado. Cuando se te echa encima un Madrid con tantas ganas y esos tremendos atacantes, es para asustarse. Y el gol se masticaba desde el principio. La lástima fue que, tras algunas ocasiones perdidas, llegó con un penalti-penaltito, un penalti-pigmeo, mitad de cuarto de penalti si me mide en la romana. Mbappé puso más de sí que Prati. Munuera Montero tuvo un instante de duda, pero pitó, y los requerimientos de los racinguistas no le conmovieron, ni el VAR, desde su cómoda distancia en Las Rozas, vio oportuno convocarle a la pantalla. Consecuencia: gol del propio Mbappé, el partido ya en cuesta abajo para el Madrid y un público irritado que se expresó con los gritos de ritual “¡Así, así gana el Madrid!”, que nació cerca de aquí, en El Molinón, en los lejanos ochenta y el “¡Fuera Tebas!”, contradictoriamente incubado en el Bernabéu, donde complace echar a este hombre la culpa de todo. El Madrid estaba jugando muy bien y una vez que el Racing tuvo que moverse algo más casi puede decirse que abusó. Tuvo contraataques escalofriantes y alcanzó con facilidad el 0-3, vía Bellingham, cuyo primer tiempo fue soberbio, y Diomande, con una volea tremenda a la salida de un córner. Aparte de otras virtudes (regate, trabajo, ingenio…) tiene disparo. Con 0-3, claro, todo estaba resuelto. Una vez un periodista le preguntó a Di Stéfano si era mejor el 4-3-3 o el 4-4-2, y él contestó que la única táctica buena era el “un, dos, tres y descansar, y si te meten uno, meter el cuarto.” Así volvimos al segundo tiempo, con el Madrid esperando que el Racing le metiera uno para desperezarse, pero no se dio pese a que durante un cuarto de hora lució el buen estilo de su ataque. Pudo llegar en una mano de Tchouaméni de la que el linier avisó a Munuera, que pitó penalti, pero esta vez sí le llamó el VAR, lo revisó y lo echó para atrás, para mayor enfado del público. Y así se fue por el desagüe un partido que pintaba para bueno, pero que un penalti-pigmeo averió. El Atlético fue líder ayer durante siete horas y media, entre el final de su victoria en el Ciutat de Valencia y la del Barça en el Camp Nou. Parece poco, pero me ha traído al recuerdo aquella película ‘Treinta segundos sobre Tokio’, con Spencer Tracy en el papel de Doolittle en su arriesgada operación de bombardeo a la capital nipona. Fue sólo un golpe de efecto pero anunciaba algo. En estas horas el Atlético ha recordado que LaLiga no es cosa de dos. Y el domingo espera al Barça… El Rayo pudo jugar un partido en paz en su campo y lo ganó. Pero no es lo mismo paz que armonía. Las dos partes si se puede decir así, porque una es la propiedad, o sea Presa, y la otra todo el barrio, han pactado una tregua que la plantilla, torturada con lo que estaba ocurriendo, agradeció con una bonita victoria ante el Celta, 3-0. Aún se arrastra el estropicio del Rayo-Athletic, pero de momento el equipo se estabiliza en la tabla. Pero la pipa de la paz no se ha fumado.
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