El único gol del defensa elegante
Clemente Fernández resolvió a favor del Madrid la primera visita del Málaga en Primera a Chamartín
El Málaga regresa esta tarde a Chamartín. Después de casi nueve años, el equipo de la capital de la Costa del Sol regresa a una casa, la del Real Madrid, en la que nunca ha ganado un partido de Liga. La cuenta se coloca en 38 con un balance hasta hoy de 30 triunfos madridistas y siete empates. Esa rivalidad liguera en el templo blanco se abrió el 12 de febrero de 1950. El Madrid llegaba en crisis: cuatro partidos sin ganar, goleado la semana anterior en el Metropolitano por 5-1 y sólo dos triunfos en las once últimas jornadas. Una pésima racha que no sacó al Madrid de la pelea por una Liga que se vestiría de rojiblanco madrileño, la tercera para los atléticos y la primera conquistada en su estadio. Atascado en juego y resultados, el partido ante el Málaga también se le atragantó al equipo de Mr. Keeping, cuyo rival en el banquillo andaluz era una leyenda del Madrid y de España: Ricardo Zamora. A falta de solo cinco minutos, el marcador estaba en empate a uno, la gente de uñas y la sombra de otro partido sin ganar amenazaba al Madrid. Entonces, Molowny sacó una falta y Clemente Fernández, central madridista, enganchó un duro remate a la red. “Vi venir la pelota y no lo dudé”, contaba el goleador. Por su parte, el portero del Málaga, Césareo López, se quejaba: “Ha sido una falta clarísima antes del remate, de Pahíño a Aranau”. Era el primer gol de Clemente con el Madrid. Y el único que marcó en sus once temporadas en la Casa Blanca y sus 213 partidos (144 oficiales). En una época de defensas rudos y para quienes la pelota era un objeto a alejar, Clemente destacaba por su buen trato de balón y su capacidad para interpretar el juego desde atrás. Un central en una era equivocada. Había un porqué detrás. Fue en el madrileño Paseo de Extremadura donde Clemente se hizo futbolista. Nació el 23 de noviembre de 1919, los primeros pasos los dio en la Unión de Amigos del Deporte. Era capitán, fundador, financiador con 25 céntimos de peseta a la semana... y delantero centro. Porque su ídolo y referente era Gaspar Rubio. Su juego, en el que fue retrasando posiciones, se hizo popular. Recorrió varios equipos antes de llegar al Madrid, que se lo llevó desde el Betis de Cuatro Caminos. El 26 de abril de 1942 debutó de blanco: 1-3 en el campo de la Ferroviaria. En Chamartín hacía meses que se le seguía la pista. Pero la decisión de fichar a Clemente se aceleró a las puertas del arranque de la Copa de 1942. Las lesiones de Mardones y Arzanegui precipitaron los hechos. Un contrato por cinco mil pesetas fue el primer vínculo entre el madrileño y el equipo con el que ganaría dos veces la Copa y otra el embrión de la Supercopa, la Copa Eva Duarte. Tenía Clemente 22 años al llegar al Madrid. En la temporada siguiente jugó tres partidos de Liga. Su debut fue en San Mamés, en noviembre de 1942. Fue una derrota por 3-2 en la que se enfrentó por primera vez al delantero que siempre identificó como el más complicado de sujetar: Piru Gainza. Entre sus compañeros, Clemente destacaba la clase que poseía Ipiña. A pesar de que jugó poco, el Madrid creía en él. La decisión fue cederlo al Hércules. En Alicante jugó 25 de los 26 partidos de Liga en Segunda. La temporada no fue buena para un equipo que aspiraba al ascenso, pero sí para Clemente. Los buenos informes se acumularon en Chamartín. El 3 de julio de 1944 fue despedido a lo grande como jugador del Hércules. Fue en el viejo estadio de Bardín en la final de la Copa de la Región que se quedó en casa al vencer 2-1 al Elche. Apenas dos semanas más tarde, Clemente volvía a jugar con el Madrid. El 16 de julio, el equipo blanco abría su pretemporada con un triunfo en Melilla: 2-3. Era la primera piedra de un largo camino que se clausuró el 30 de noviembre de 1952, con un amistoso en Chamartín ante el Jaén (6-1). Después del Madrid jugó una temporada en el Deportivo. Fue internacional tres veces, todas como madridista. El 17 de julio de 1996 murió en Madrid sin rastro en la prensa de la desaparición del central del que su mujer, Mari Tere, contaba que se enfadaba poco, pero si le despertaban de la siesta...
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