Con ese estilo inconfundible
Al otro lado del espejo
No habían pasado ni 24 horas de la victoria de la absoluta masculina en Wembley cuando nuestra selección femenina sub 20 ganó el Mundial de la categoría en Lodz, ante Corea del Norte. Una bonita victoria, adobada con la emoción suprema de una tanda de penaltis a la que no se debió llegar, porque España manejó el partido lo bastante como para no haber llegado ni siquiera a la prórroga. Jugó con ese aire inconfundible que ya vamos viendo en todas nuestras selecciones, de ellos y de ellas, de mayores y menores, en casa y fuera, en partidos de compromiso y en los que no lo son tanto. No es aquel tiqui-taca con el que alcanzamos los primeros grandes triunfos, que a mí me encantaba pero que para algunos resultaba premioso. Mantiene lo esencial de aquello, la pulcritud en el manejo del balón, la determinación de gobernar el partido, el predominio de la técnica sobre el físico. Pero a aquel estilo se le ha añadido ligereza y llegada. No quiero detenerme en esto, pero lo considero una bendición. Tiempo atrás cualquier equipo de Brasil, Italia, Alemania o Italia era reconocible, y no sólo ni prioritariamente por su color, sino por su juego. España jugaba a lo que saliera, según el seleccionador y los jugadores de turno. Ahora hay una norma, un canon. Y las chicas de anoche lo interpretaron a la perfección. El partido tenía miga. Estas dos selecciones ya jugaron la final sub 17 dos años atrás, y entonces ganaron ellas… también en los penaltis. De aquello sobrevivían 7 españolas y hasta 18 coreanas, que fueron de nuevo lo que entonces: un equipo muy parejo en estatura, energía y voluntad. Todas con el pelo exactamente igual, sin la menor concesión al individualismo tampoco en esto, insistentes como avispas, animosas para el disparo. El balón fue de España, pero costaba llegar y cuando eso ocurría se encontraba con Pak, una formidable portera tanto achicando a la delantera que se plantaba ante ella, volando a la escuadra o revolviéndose como un gato en los balones sueltos. Llegó a ser desesperante. La nuestra, Laia, tuvo menos trabajo pero se compensó en la tanda, parando dos de los cuatro lanzamientos, con lo que hizo innecesario el quinto porque España lanzó los suyos sin fallo. Esos fueron los primeros goles que encajaba Pak en todo el campeonato, incluida la final con prórroga. Infantino lo vio desde el palco, junto a Louzán. Hubiera sido bueno colar algún micrófono allí para escuchar lo que hablaban. La tele les mostró en algunos breves refilonazos y sentí un rechazo natural al ver a ese cínico lacayo de Trump, me pareció que su presencia ensuciaba aquello tan bonito. Incluso me ahorré la ceremonia de premiación por no verle. El Mundial de ciclismo me ofreció la gatera de salida. Ferran Torres, autor del gol decisivo para la segunda estrella, pasó por delante de Oyarzabal en el once inicial de Wembley, pero no fue su noche. Tuvo la posibilidad de precipitar una goleada disuasoria antes del descanso y falló. Buen cazagoles a un toque, con terreno y tiempo para pensar tiene problemas. Y es que no resulta fácil. Gordon y Oyarzabal sí lo harían bien más tarde, marcando ambos con solvencia. Cuando Ferran Torres adquiera esa serenidad, rematará en un goleador formidable. Todos miramos hacia Ceuta con una solidaridad impotente, y esa mirada abarca a su equipo de fútbol, condenado, como todo allí, a la pérdida de la normalidad. Regresado a Segunda tras 45 años, hizo un buen curso 2025-26, terminando en mitad de la tabla. Ahora había comenzado con cinco derrotas. Nadando río arriba consiguió hace una semana empatar ante Valladolid y ahora ha ganado a la Real Sociedad B. Felicidades. El fútbol no da soluciones, pero sí alegrías, y Ceuta las necesita más que nadie.
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