Merino vale muchos cuartos
España se clasifica con un doblete de su jugador fetiche, clave para doblegar la agresividad de Croacia
En un fútbol de premios, fanfarrias y tonteos no cabe Mikel Merino, un futbolista que es una contraseña de la felicidad para España. Su entrada renombró un partido ante una Croacia agresiva hasta que le duró el oxígeno. El doblete de Merino lleva a España hasta los cuartos de final de la Liga de las Naciones. El mérito es doble porque Croacia no es Benin. El grupo de Modric planteó un partido para campeones. España sabe responder en todo tipo de climas. Cuando aguanta no pierde pie, como en Wembley, espera su momento y no perdona. Después de que Inglaterra le pisoteara el corazón, Croacia compareció en el césped con el escudo apretado. Es tierra de genios, de inventores de jugadas en muchos deportes y no consienten dos verbenas consecutivas. A los diez segundos Oyarzabal ya encontró un cocodrilo en el tobillo. España, con sus dos estrellas recién cosidas, era la mejor vitamina para un grupo herido. Sin balón, Croacia se disfrazó de Argentina con una intensidad extrema de la que nace en las tripas del vestuario entre toallas, isotónicos y charlas de Modric; con balón, era una tropa de ladrones de balón y velocistas que arrrugaba la pizarra española. En la izquierda, un clásico, Perisic, con mucha trinchera tomada, agriaba la noche a Pubill. España, que había presentado una alineación de final mundialista, se encontraba con un mapa de partido antipático. Sólo Lamine, vigilado por medio país, causaba inquietud cuando encaraba a Gvardiol. Era la única luz en un colectivo en el que dominaba la angustia. No es bueno dejar toda la colada a Lamine Yamal. El rival se amontona y es entonces cuando hay que buscar otros fuegos artificiales. Faltaba la lucidez de otros días en Baena, Olmo y Oyarzabal. La intimidación croata había hecho pupa. El gol de Perisic, tras buena parada de Unai a Matanovic, anunciaba tormentas. Desde Wembley, cuando Inglaterra se hizo un monstruo durante media hora, España no se atragantaba con tanta frecuencia. El mismo Matanovic, un gigante del Friburgo, y otra vez Perisic, acariciaron la sentencia. España seguía sin encontrar un agujero en la zaga croata. El partido del roce, el choque y la refriega lo perdían los campeones del mundo. Faltaba saber hasta dónde llegaría el oxígeno de los croatas, que hacían faltas claras y las protestaban como una orquesta sinfónica. La respuesta fue inmediata. Croacia, sin su zumo de ira, se quedó sin balón mientras España secuestraba el partido y montaba ataques de balonmano en las barbas del área rival. Cuando el asunto se pone así al adversario sólo le queda rezar lo que sepa. Además, De la Fuente había dado paso a un futbolista que no tiene precio, Mikel Merino, que es mucho más que un amuleto. El sustituto de Baena empezó a pisar ese terreno que dobla el cuello de cualquier zaga. Se sabe que está, pero no cuándo va a aparecer. Merino es un lujo. Bajo el mando y la inspiración de Pedri, España bordeaba el gol. Cada balón que llegaba a Lamine se convertía en una piraña para los croatas, fundidos tras su imponente primera parte. En una combinación de muchas piernas en el área el balón llegó a la zurda de Merino. Gol, empate y el campeón estaba en Split. En el nombre de las matemáticas y de los posibles enfados vía clubes, De la Fuente sentó a Lamine. Unai salvó con una pierna un gol hecho de Perisic, expulsado después. Era un momento para elegidos. Merino recibió un balón dentro del área, controló como un portento y se sacó un zurdazo. Ahora sí, se fue al banderín. Un jugador de bandera.
Topics in this story
Gathered from external sources. Rights to this text belong to whoever originally published it.