El día que empezó todo para Mourinho
Hace 26 años, Mourinho comenzaba en el Benfica una carrera que acabaría llevándole a la cima del fútbol mundial
Hace 26 años, un José Mourinho de 37 años se sentaba por primera vez en un banquillo como máximo responsable de un equipo. Fue con el Benfica, en el estadio do Bessa y ante el Boavista. Perdió aquel partido, tardó cuatro encuentros en ganar y un español, Carlos Marchena, le regaló su primera victoria. Era el comienzo de una carrera que terminaría llevando al portugués a la cima del fútbol mundial. Después llegarían dos Champions, títulos en varios países, noches inolvidables y una personalidad capaz de conquistar el corazón de sus aficionados y despertar una enorme rivalidad entre sus adversarios. José Mourinho nunca ha dejado indiferente a nadie. Pero antes de convertirse en uno de los entrenadores más reconocibles de la historia del fútbol hubo una primera noche. Y fue un sábado, 23 de septiembre de 2000, en Oporto. Vestido con traje gris, corbata azul y protegido por encima con el plumífero azul y rojo del Benfica, Mourinho atravesó el césped del estadio do Bessa para sentarse por primera vez en un banquillo como entrenador principal. Tenía 37 años y acababa de dar el salto que llevaba tiempo esperando. Solo tres días antes había sido elegido por el Benfica para sustituir a Jupp Heynckes. El alemán, que dos años antes había conquistado la Copa de Europa con el Real Madrid, no había superado el complicado comienzo de su segunda temporada al frente del conjunto lisboeta. Y la apuesta para sustituirlo sorprendió a todo Portugal. Mourinho se encontraba en el Barcelona, donde había trabajado junto a Bobby Robson y Louis van Gaal. Hacía tiempo que tenía claro que quería iniciar su carrera en solitario. Incluso había retrasado el momento siguiendo los consejos de su padre, Félix Mourinho, pero sabía que tarde o temprano llegaría la oportunidad. Lo que seguramente no esperaba era que fuese precisamente el Benfica quien llamase a su puerta. Su contratación provocó un enorme impacto en Portugal. El club más grande del país, pese a atravesar una de las etapas más difíciles de su historia, nunca había realizado una apuesta semejante por alguien sin experiencia previa como primer entrenador. Aficionados y prensa recibieron la decisión con muchas dudas. Mourinho, en cambio, no dudaba. Estaba convencido de sus capacidades y desde el primer momento quiso demostrar que había llegado para convertirse en un entrenador ganador. Sin embargo, la historia quiso que su carrera comenzara con una derrota. El Benfica cayó 1-0 ante el Boavista en aquel estreno en el Bessa. Mourinho tuvo que esperar hasta su cuarto partido para celebrar por primera vez como entrenador. Fue el 15 de octubre de 2000, en el estadio da Luz, frente al Belenenses. Y el hombre que decidió aquel encuentro fue un joven español de 21 años: Carlos Marchena. El central marcó el único gol del partido con un espectacular remate de volea desde fuera del área. Aquel 1-0 se convirtió así en la primera victoria de la carrera de José Mourinho como primer entrenador. Marchena ya intuía entonces que aquel técnico recién llegado tenía algo diferente. “Desde el primer momento vi que Mourinho tenía talento, carisma, capacidad de liderazgo y que sabía comprender muy bien el juego. Se veía que, tarde o temprano, iba a ser un gran entrenador”, recuerda el campeón del mundo español. Mourinho perseguía entonces un sueño. Quería ganar como primer entrenador los títulos que había ayudado a conquistar como asistente junto a Bobby Robson y Louis van Gaal. No tardaría demasiado en superar aquel objetivo. “Desde el primer entrenamiento vimos que todo era diferente”. Maniche, que entonces empezaba a hacerse un sitio en el Benfica, tampoco ha olvidado aquellos primeros días. El exinternacional portugués recuerda especialmente la primera vez que Mourinho entró en el vestuario. Fue tremendamente directo con sus jugadores y rápidamente consiguió disipar muchas de las dudas que existían alrededor de su figura. “En los entrenamientos empezamos a entender que todo era diferente. Hasta el calentamiento cambió. Antes salíamos simplemente a correr y con él siempre estaba presente el balón. A todos nos encantó porque lo que queríamos era jugar”, recuerda Maniche. No era únicamente una cuestión de introducir el balón. Mourinho trataba de trasladar al entrenamiento exactamente lo que esperaba encontrarse después durante los partidos. “Los ejercicios eran siempre movimientos que íbamos a realizar en el siguiente encuentro. También recuerdo que era muy duro con quien no trabajaba o podía perjudicar al equipo”. Años después, entrenador y futbolista volverían a encontrarse en el Oporto. Y entonces vivirían juntos algunos de los mejores momentos de sus carreras: la Copa de la UEFA de 2003 y, sobre todo, la Champions de 2004. Maniche terminaría convertido en uno de los futbolistas más importantes del fútbol portugués de aquella generación. “Fue él quien construyó aquel equipo. Cuando Mourinho hace un equipo busca gente con ambición, jugadores capaces de darlo todo por el club. Y después sabe dar confianza diariamente a cada futbolista”. Hay otro detalle que Maniche conserva especialmente en la memoria. Mourinho no trabajaba únicamente con los titulares. Prestaba especial atención a los futbolistas que jugaban menos porque quería que estuvieran preparados para responder cuando llegase su oportunidad. “Daba muchísima confianza a los jugadores que participaban menos. Los quería siempre preparados por si era necesario que entraran. Había mucha complicidad con los futbolistas, pero también recuerdo hacer buenos partidos y que él me dijera que no era suficiente. Siempre quería más”. Mourinho también introdujo métodos de trabajo que por entonces resultaban novedosos para muchos de sus jugadores. Cada semana entregaba a sus futbolistas un pequeño dossier con información sobre el siguiente rival. Cada jugador debía estudiarlo para conocer perfectamente qué iba a encontrarse durante el partido. “Eso nunca lo había visto en el fútbol. Llegábamos al campo y ya lo sabíamos prácticamente todo del rival. Incluso éramos capaces de anticipar cosas que después sucedían durante el partido”, explica Maniche. Han pasado 26 años desde aquella noche de septiembre en Oporto. Aquel joven entrenador de 37 años que atravesó el césped del Bessa ha dirigido desde entonces al Benfica, União de Leiria, Oporto, Chelsea, Inter, Real Madrid, Manchester United, Tottenham, Roma y Fenerbahçe, además de regresar posteriormente al fútbol portugués. Por el camino levantó dos Champions, con Oporto e Inter, ganó campeonatos en Portugal, Inglaterra, Italia y España y construyó una de las carreras más reconocibles del fútbol de las últimas décadas. Ha cambiado el fútbol. Ha cambiado Mourinho. Pero quienes lo conocen desde aquella primera etapa aseguran que hay algo que permanece intacto: su obsesión por el trabajo y por competir. Veintiséis años después de sentarse por primera vez en un banquillo como máximo responsable, aquel entrenador que empezaba perdiendo 1-0 en el Bessa sigue viviendo alrededor del fútbol. Y continúa persiguiendo títulos. Porque si algo no ha cambiado desde aquella noche del 23 de septiembre de 2000 es que Mourinho nunca se cansa de ganar.
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