Nosotros o el caos
Sobran los motivos, por Alberto R. Barbero
Conversaciones en las que unos futbolistas tienen nombre propio pero otros sólo son un dorsal, exigencia de chequeo desde el campo hasta la sala cuando se había vendido lo contrario, jugadas que no se ponen a disposición del colegiado, imágenes que según los casos sirven o no para sancionar porque si el tiro de cámara y porque patatas, responsables de realización que han trabajado antes para determinados clubes... Y un denominador común para el guirigay en que se ha convertido una Liga, la española, de la que ni diez jornadas se han disputado aún. El VAR... El que venía a salvarnos. Pongamos como ejemplo la jugada del gol anulado a Lo Celso por supuesta mano del Cucho un puñado de segundos antes. Si atendemos a lo que cuenta De Burgos a los jugadores y se traslada a través de la RefCam (otro invento), la ve pero no le parece punible. En el fútbol de toda la vida, ése que se desprecia ahora, vale la decisión que toma el del silbato, así que la jugada sigue, la diana posterior sube al marcador y la posible polémica se centra en el error individual. Ahora, no. Ahora se verifica todo lo que se quiere verificar, que por otra parte no es todo lo que sucede. Y se habla de primera, segunda o enésima acción. Y se alude a la misma o a distinta fase de ataque. Y, será por cháchara, se utiliza terminología que nunca se había utilizado. Es el nuevo fútbol. En el que no conviene festejar los goles, por si acaso; en el que los jugadores que notan un contacto exhiben repertorio gestual 'obligando' a la revisión; en el que los entrenadores aparecen en sala de prensa con imágenes fijas que pretenden sirvan como prueba para acciones en movimiento; y en el que, por supuesto, todos se sienten perjudicados, qué nos gusta una conspiración, y ninguno se admite beneficiado. Lo que rodea a los árbitros y a la tecnología en España invita a recordar aquella vieja viñeta de 'Hermano Lobo' en la que un tipo desde el atril formulaba la disyuntiva, 'nosotros o el caos', topando con una respuesta del auditorio quizás inesperada, 'el caos, el caos', pero para la que en todo caso también había contrarréplica: 'Es igual, también somos nosotros'. Pues eso: el caos. Llegados a este punto, convendría descartar cualquier intervención ajena en todo aquello que se pueda interpretar, tirando de pantallas apenas para lo que se pueda medir. Y ni por ésas se fiaría el personal...
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