Tiago Polo, el niño que firmó su profecía: "Este trofeo va por los fallecidos en Toledo"
La joya del Real Betis cumplió en Bakú el vaticinio que grabó con ocho años ante las cámaras y dedicó el primer Mundial Sub-15 de la historia a las víctimas del accidente de tren en Urda
El 26 de marzo de 2019, un pequeño de ocho años se plantó ante una cámara en su casa de Cáceres, con la casa repleta de balones y la cabeza repleta de fútbol, y dejó dicho en voz alta lo que entonces solo parecía el clásico deseo de niño: “Hoy digo que yo, Tiago Polo, seré en un futuro jugador de la Selección española”. Siete años después, en el Baku Crystal Hall, aquel vaticinio dejó de ser una ocurrencia infantil para convertirse en realidad. Tiago no solo vistió la camiseta de España: abrió el marcador de la final del primer Mundial Sub-15 de la historia con una rosca a la escuadra y ayudó a que la generación de 2011 conquistase el mundo. El fútbol lo mamó desde la cuna, porque en su casa la pelota venía de serie. Su padre, Santi Polo, fue lateral izquierdo por la Segunda B de parte de España —Mar Menor, Lorca, La Roda, Cacereño— antes de reconvertirse en técnico de cantera del Betis, y de él heredó Tiago algo más que el oficio. “Es un referente para mí. Me explica muchas cosas y sin él no podría estar aquí”, confesó a la RFEF quien empezó pateando un balón de fútbol sala en Cáceres, pasó por el Diocesano y acabó cruzando Andalucía para vestir de verdiblanco, la camiseta de su ídolo Isco. Su talento llegó antes que su estatura, y esa desproporción se convirtió en seña de identidad. Bajito entre gigantes en una categoría cada vez más física, Tiago aprendió a hacer de la carencia una virtud: “Al fútbol se juega con los pies, se juega por abajo, y si tienes buena velocidad y desparpajo, el tamaño no importa mucho”. Lo suyo es la arrancada corta y explosiva, el regate en tres metros y el golpeo fino. La propia RFEF lo había bautizado como el jugador que exprime su descaro en un escenario que premia el músculo, y en Bakú lo demostró con seis goles, un hat-trick a Tayikistán y hasta un penalti a lo Panenka en la tanda ante Gales, el mismo gesto con el que ya había coronado a Andalucía en un campeonato Sub-12. Pero la gran final no la ganó él solo, y lo primero que hizo al terminar fue recordarlo. “Es un orgullo para mí y para toda mi familia, y poder compartir este trofeo con todos mis compañeros”, soltó ante los micrófonos de la FIFA, aún con el sudor del partido encima. Y acto seguido, el gesto que sacó al niño de sí mismo para mirar hacia lo que ocurre más allá del césped: “Este trofeo y todos mis compañeros pienso que va por todos los familiares y los fallecidos del accidente que ha habido ahora del tren en Toledo. Este trofeo va por ellos”. Una madurez inusual de quien todavía celebra los goles como en el recreo. La escena de la conquista la recordará siempre atada al vértigo del estreno. “El primer día teníamos un poquito de nervios, y cuando llegamos a este estadio dijimos: imagínate venir aquí, llegar a la final y poder ganarla. Un sueño hecho realidad, y lo hemos conseguido”, relató. En su explicación de la gesta no aparece el yo, sino el nosotros, y ahí reside buena parte del éxito de esta España: “La fuerza es estar todos unidos, ser una piña. No hay egos ni nos creemos más buenos que otros. Estando todos juntos con los entrenadores hemos logrado lo que queríamos”. El triunfo se inscribe en una tendencia que al chaval no se le escapa, porque España lleva años coleccionando títulos en todas las categorías formativas. “Gracias a Dios se están creando muy buenos deportistas, estamos todos muy unidos y eso da resultado”, resumió definiendo el momento del fútbol base español. La generación de 2011 acaba de abrochar el penúltimo trofeo que le faltaba al palmarés de Las Rozas, a falta del Mundial sub-17. Queda, al final, lo que de verdad importa a los quince años: la celebración. “¿Cómo va a celebrar un chico de 14 años el título mundial? Pues con toda mi familia. Esta noche salimos en avión y, cuando llegue a Sevilla, lo celebraré con todos”, anunció entre risas, delatando una edad que el acta de nacimiento matiza pero que el entusiasmo subraya. El niño que en 2019 prometió llegar a la Selección ya no tiene que imaginar nada. Le basta con mirar la vitrina y recordar que todo empezó con una frase dicha a cámara, cuando nadie, salvo él, se la tomó en serio.
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