Montreal abre la jaula: todos contra todos por el arcoíris que deja Pogacar
Sin Pogacar, el Mundial pierde su certeza y gana su misterio: España confía en el doble filo de Ayuso y Mas, mientras Evenepoel, Van der Poel, Del Toro y Seixas se reparten las llaves de Mont-Royal
Tadej Pogacar, dueño del arcoíris las dos últimas temporadas, no estará en la salida de Brossard, y su ausencia no es un simple dato de última hora: es un cambio de clima. Durante dos años el Mundial se corrió con la vista puesta en un solo hombre, esperando su ataque como quien espera una tormenta anunciada. Ahora esa certeza ha desaparecido, y en su lugar queda algo más incómodo y más hermoso: la posibilidad abierta. Por delante, 273,7 kilómetros y casi 3.800 metros de desnivel repartidos en doce vueltas a un circuito que no perdona ni promete: Mont-Royal no tiene una subida capaz de decidirlo todo por sí sola, pero tiene algo peor, doce oportunidades para que cualquiera se quede sin piernas. Camillien-Houde, 1,6 kilómetros al 7,5% con rampas de doble dígito, será la pregunta que se repita una y otra vez, mientras Polytechnique y los descensos hacia Avenue du Parc -donde hasta la recta final pica hacia arriba- van desgastando la respuesta. No es una carrera que se gane subiendo rápido una vez. Es una carrera que se gana subiendo rápido la última vez, después de cinco o seis horas de guerra. Todas las miradas convergen, inevitablemente, en Remco Evenepoel. El belga acaba de firmar aquí mismo su cuarto título mundial consecutivo de contrarreloj, llega de ganar en Québec y ya sabe, desde 2022, lo que pesa el arcoíris sobre los hombros. Pero su arma más peligrosa quizá no sean solo las piernas: es el equipo. Bélgica alinea junto a él a Wout van Aert, que ha dejado clara su disposición a sacrificarse si la carretera impone jerarquías, pero que también guarda ambición propia por si el grupo llega reducido. Pocas selecciones tienen tantas maneras distintas de romper una carrera, y esa doble amenaza -el ataque lejano de Remco, la velocidad de Wout- obligará al resto a vigilar dos fantasmas a la vez. Ahí, precisamente, puede nacer el caos. Isaac del Toro tiene algo que nadie más puede alegar: conoce el final feliz de esta historia porque ya lo vivió hace apenas unas semanas, cuando ganó el GP de Montreal en estas mismas carreteras, sobreviviendo a los golpes de Paul Seixas en Camillien-Houde y rematando con velocidad en la línea. Su límite no está en las piernas, sino en el número de compañeros: México no tiene la profundidad de Bélgica, Francia, Italia o España, así que Del Toro deberá administrar cada esfuerzo como quien cuenta las monedas que le quedan. No podrá responder a todo. Pero si llega vivo a la última vuelta, pocos querrán tenerlo cerca en el esprint. Seixas, con apenas 20 años, representa el reverso: explosividad pura, un bloque francés fuerte detrás y un Mundial en el que ya ha demostrado que el escenario no le queda grande -bronce en la contrarreloj, casi ganador ante Del Toro en Montreal-. La incógnita es la distancia: una cosa es volar cuatro horas y otra sostener esa chispa después de 274 kilómetros. Mathieu van der Poel es, quizá, el corredor cuyo destino depende menos de sí mismo y más de cómo escriban los demás la carrera. Si Francia, España y los escaladores convierten cada Camillien-Houde en una criba, sufrirá. Si el pelotón llega agrupado a los últimos kilómetros, el miedo cambiará de bando: ya fue campeón del mundo en 2023 y pocos entienden como él los minutos de tensión y explosividad final. Montreal tiene más desnivel del que él elegiría, pero también curvas, rampas cortas y descensos que hablan su idioma. Eliminarlo exige endurecer la carrera pronto. Y endurecer, siempre, es gastar. Detrás asoma una segunda línea temible -Pidcock, Healy, Simmons, McNulty, Ciccone, Narváez, Roglic, Gall, Skujins- lista para aprovechar cualquier descuido entre gigantes, con una Italia sin líder único y con varias cartas para adelantarse al resto. Y España, cómo no, también reclama su sitio en la baraja. Juan Ayuso y Enric Mas llegan por caminos opuestos al mismo punto de salida. Ayuso asegura haber recuperado, tras un año roto por lesiones, caídas y un Tour deceionante, las sensaciones de febrero; incluso el golpe de Québec parece ya cicatrizado. Su frase, dicha sin rodeos, resume la ambición: "Creo que el oro es posible. Salimos a ganar." Mas llega desde otro lugar, con el cuerpo todavía digiriendo LaVuelta y apenas dos semanas de descanso entre homenajes y viajes, pero con algo que nunca había tenido antes de un Mundial: la certeza de haber ganado una grande. Ese contraste -la explosividad calculada de uno, el fondo y la confianza del otro- es, en sí mismo, un plan. España no necesita revelar su única carta porque, simplemente, tiene dos. "Con más bazas es un poco más fácil jugarlo", resume Ayuso. Alejandro Valverde no piensa convertir a su equipo en una escolta pasiva. Quiere hombres dentro de los movimientos, no solo persiguiendo desde atrás. Raúl García Pierna asumirá el papel de escudero principal, con Arrieta, Camprubí, Beloki, Romeo o Verona como piezas para cuando lleguen los ataques. Preguntado por los detalles de su plan, Valverde cerró la puerta con una sonrisa: "Está todo estudiado, la estrategia… no te digo más nada." Ayuso, por su parte, ha aprendido de sus propios errores: atacó en Montreal a cien kilómetros de meta hace unas semanas y no funcionó. "Intentaré no atacar a 100 kilómetros. Espero estar un poco más tapado." Los primeros cien kilómetros serán solo el prólogo, la aproximación antes de que el circuito empiece a repetirse como una condena. A partir de ahí, doce vueltas a Mont-Royal significan doce oportunidades para atacar y doce ocasiones de quedarse solo. Un Mundial no obedece la lógica de una clásica: las selecciones son más pequeñas, los intereses se fragmentan, y una fuga con nombres importantes puede volverse, de pronto, imposible de neutralizar. Si el viento aparece de costado, la colocación empezará a decidir la carrera antes incluso de que lo hagan las cuestas. Por eso Montreal admite casi cualquier final: un escalador que dinamite Camillien-Houde, un rodador que se adelante al desenlace, un grupo reducido que se juegue todo al esprint, incluso Van der Poel o Van Aert resistiendo hasta la línea. Lo único improbable es un Mundial tranquilo. Durante dos años, Pogacar enseñó al pelotón a correr pendiente de un solo hombre. Este domingo esa certeza desaparece. Evenepoel tiene la potencia y el equipo; Del Toro, la memoria de la victoria; Seixas, las ganas de incendiar la subida; Van der Poel, el instinto de supervivencia; España, dos cartas de máximo nivel. A las puertas de Mont-Royal termina la teoría. Después de casi 274 kilómetros, solo quedará uno. Y durante un año llevará el arcoíris sobre los hombros.
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