En el último suspiro
Una opinión de Manuel Juliá
Cuando ya tenía el artículo medio hecho y rumiaba que ganábamos, los griegos clavaron uno por debajo de las piernas de Courtois. Quedaban catorce minutos. El Madrid iba perdiendo. En ese tiempo otras veces sacó la épica. En esta también. Una pistola humeante, sangre en el corazón enemigo y a los vestuarios. Este Madrid del último suspiro genera un sufrimiento que después se vuelve alegría. Así ganó algunas Champions. En el bar Juani se hizo el mismo montón de abrazos que en el campo. Los mismos gritos. Las mismas alegrías. El “pantallón” LG olía a yerba fresca y a columnas jónicas. Ganar así es dietético. No vas al servicio y bebes y bebes cerveza. Luego descargas a gusto. Facundo, el argentino dueño del bar Juani, es del Atlético. Cuando juega el Madrid ilumina una parte del bar y otra la deja en sombra. Y cuando va mal, nos suele decir, recordando viejos malos partidos, a ver qué Madrid vemos hoy, si el de las luces o el de las sombras. Lo dijo y enseguida marcó Mbappé. Hasta las gambas pegaron un grito de alegría. Con el empate estábamos tan atentos al “pantallón” que nos dimos cuenta de que Facundo y sus conmilitones estaban cerca del infarto. Luego llegó Valverde y la rompió entre las redes. Ese jodido uruguayo, dijo Facundo perdido entre las sombras mientras hasta los percebes saltaban de alegría. Todo el bar se hizo luz de repente. Empecé con el Barça. Ya me decía que pronto marcaría. Y que rápido vendría otro. Emigré hasta el Atlético que luchaba como un gladiador contra ese Bayern que nunca para de correr y apretar. Fuerza, calidad a raudales en ambos equipos, pero el Bayern será muy difícil de vencer. El Atlético dio todo, pero no fue suficiente para esa garra y talento alemán que es tan habitual desde no sé cuándo. Llegué al Villarreal que ya iba perdiendo. No recuerdo si por dos o tres goles. La máquina arrolladora de Luis Enrique estaba funcionando a tope. Me sentí mal cuando vi que salvo el Barça, nuestros equipos perdieron. Al Barça quiero verlo con los grandes equipos. De vez en cuando la muerte se asoma a un campo de fútbol y lo desordena todo. Cambia la alegría en tristeza. Cambia el viento azul en viento oscuro y deja una fría soledad en el corazón de los jugadores. En todos los campos se hizo el silencio. Sonó la música erizando el vello del cuerpo. Todos los jugadores bajaron la cabeza. Pensaron en él, en Jesús de Miguel Alameda, y sintieron un dolor que no tiene colores. Es la vida, el destino, el tiempo, el recuerdo. Esa desgracia duele por todas partes. El mundo del fútbol está triste porque falta Jesús. Tenía treinta años y una vida por delante. Mi más profundo pésame a todos los que le amaban y al fútbol.
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