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Saturday, September 26, 2026

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Del techo de paja a 'retar' a Remco, la vida detrás del otro héroe 'español' del Mundial: “Salió de uno de los barrios más pobres"

Gil Gomes pasó de un orfanato de Guinea-Bissau a hacerse viral en la cita de Canadá, donde su último puesto resultó de mucho valor

· 994 words

Cuando Gil Landim Gomes se colocó en la rampa de salida del Mundial de Montreal, el ciclismo moderno pareció detenerse unos segundos. A su alrededor había bicicletas concebidas en túneles del viento, cascos capaces de arañar décimas y corredores rodeados durante meses por ingenieros, biomecánicos y técnicos obsesionados con vencer al aire. Gil llevaba una bicicleta convencional, un casco normal y unas gafas que parecían llegadas desde otro tiempo. Internet hizo el resto. Su imagen empezó a viajar por las redes antes incluso de que muchos aprendieran su nombre. Algunos sonrieron. Otros celebraron su valentía. Hubo quien se fijó en el material, quien hizo bromas y quien se preguntó cómo podía alguien presentarse así en un Campeonato del Mundo. Casi nadie sabía que, para entender aquella fotografía, había que retroceder muchos años y viajar muy lejos de Montreal. Gil tenía unos once años cuando llegó junto a su hermana a Casa Emanuel, un orfanato de Guinea-Bissau. Su familia atravesaba una situación desesperada y ya no podía sacar adelante a los niños. “Habían perdido a su padre y no tenían manera de tirar adelante”, recuerda a MARCA Ruth Mañero Vázquez, presidenta de AMIC, una ONG española que trabaja en el país desde hace más de dos décadas. Allí conocieron a un niño serio, responsable, trabajador. Uno más entre tantos chavales que llegaban buscando algo tan elemental como comida, educación y la posibilidad de crecer. Pero con él ocurrió algo distinto. El tiempo pasó y la relación nunca desapareció. “Han pasado muchísimos niños por el orfanato y por nuestros programas, pero Gil es uno de esos chavales que todavía hoy me sigue llamando tía”. Ruth aún conserva imágenes de aquel niño que nada tenían que ver con una bicicleta. Gil enseñándole orgulloso los dibujos que hacía en el colegio. Gil sentado bajo el techo de paja del pequeño patio cubierto del orfanato. Gil hablando de lo que haría cuando fuera mayor. Sueños pronunciados desde un lugar en el que soñar ya era, en sí mismo, una forma de resistencia. “Se sentaba allí y nos explicaba sus sueños, todas las cosas que tenía pensado hacer. Y ahora ves que muchas de ellas las está consiguiendo”, cuenta. Años después, aquellas conversaciones adquirieron otro significado. El niño que imaginaba su futuro bajo aquel techo terminaría colocándose un dorsal en el mayor escenario posible del ciclismo. La bicicleta entró en su vida sin hacer demasiado ruido. Al principio, incluso quienes lo conocían pensaban que aquello era simplemente una afición. Pensar en convertirse en ciclista desde Guinea-Bissau parecía casi una fantasía. No había estructura, apenas existía tradición y las propias condiciones del país convertían cada entrenamiento en un desafío. Durante meses caían lluvias torrenciales; durante otros, el calor se volvía asfixiante. Las carreteras eran escasas y peligrosas y el tráfico complicaba todavía más salir a pedalear. Hasta que en febrero de 2020 Gil se acercó a los miembros de AMIC y les explicó que aquello iba en serio. Formaba parte de un pequeño equipo y necesitaba ayuda para conseguir una bicicleta y disputar su primera carrera. “Entonces vimos que realmente se lo estaba trabajando, que se lo estaba currando muchísimo”, recuerda Ruth. Lo ayudaron. No porque imaginaran que estaban financiando el nacimiento de un campeón, sino porque reconocieron algo mucho más importante: aquel joven estaba dispuesto a pelear por su sueño. Gil siguió entrenando. Fue compitiendo. Creció dentro de un ciclismo minúsculo en comparación con el europeo y, con el tiempo, empezó incluso a colaborar en una pequeña escuela para acercar la bicicleta a otros jóvenes. Cada pedalada iba ensanchando los límites de lo que parecía posible. Por eso Ruth no vio una bicicleta vieja cuando apareció la fotografía del Mundial. Vio todo lo que había ocurrido antes de aquel instante. “Cuando vi que se hacía viral me emocioné”, reconoce. Después leyó algunos de los comentarios sobre su material. “Mira con qué bici va”, escribían algunos usuarios. Y entonces pensó en algo que desde fuera resultaba imposible conocer. “No sabéis lo que ha costado esa bici. Nadie sabe lo que le ha costado a ese chaval subirse a ese sillín y estar ahí”. Hace una pausa antes de resumir dos décadas de vida en una frase: “Hay muchísima gente que lo tiene difícil, pero es que él lo tenía todo en contra. Absolutamente todo”. Gomes recorrió los 39,2 kilómetros de la contrarreloj en 1h09:21, cerca de los 34 kilómetros por hora de media. El reloj fue implacable. Terminó último, a casi 25 minutos de Remco Evenepoel. La clasificación dibujó un abismo. Pero aquella diferencia no empezaba en la línea de salida. “Cuando vimos que había gente diciendo que qué vergüenza que hubiera quedado último, pensábamos: ¿pero sabéis de dónde ha salido?”, relata Ruth. “De uno de los barrios más pobres de uno de los países más pobres del planeta, sin prácticamente apoyo familiar. Y mira cómo ha crecido y en qué persona se ha convertido”. Durante buena parte de su adolescencia, Casa Emanuel fue su hogar. Allí estudió, maduró y construyó poco a poco una vida. También recibió el apoyo de un padrino español, cuya identidad prefiere mantener en privado, que siguió durante años su educación y su evolución. Para un niño a miles de kilómetros de distancia, saber que había alguien pendiente de él significaba tener un pequeño punto de apoyo al que agarrarse. AMIC nunca pretendió fabricar un deportista. Pretendía algo mucho más sencillo: que Gil pudiera decidir quién quería ser. “Es ver que has puesto tu granito de arena, pero no para que sea alguien importante, sino para que sea lo que él quería ser”, dice Ruth. Quizá ahí se encuentre la verdadera dimensión de su historia. Porque ayudarlo nunca consistió en regalarle un destino, sino en permitirle tener uno. “Siempre decimos que apadrinar es darle a un niño la oportunidad de cambiar su futuro. Con Gil lo hemos visto. Le has dado la oportunidad y la ha aprovechado al 120%”. La suya es una historia de película.

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