Shavarsh Karapetyan, un héroe desconocido que salvó 20 vidas: "El heroísmo no es un don; es una decisión"
El armenio salvó hace 50 años la vida de una veintena de ciudadanos que cayeron dentro de un trolebús al helado Lago Erevan. El rescate le provocó una sepsis que le retiró de la competición
Esta es una entrevista a un héroe. Ocurrió hace 50 años, tal día como hoy. Shavarsh Karapetyan tenía 23 años y era una leyenda mundial en la natación con aletas. Había ganado varios títulos y tenía varias plusmarcas. Un trolebús con 90 pasajeros se precipitó desde el dique al Lago Erevan, en Armenia, entonces parte de la Unión Soviética. Shavarsh terminaba de entrenarse con su hermano Kamo, 20 km de carrera por la orilla. Escuchó un ruido estrepitoso y vio como el vehículo se hundía 25 metros en aguas turbias y heladas. El resto lo cuenta él con la ayuda de su hija Zara, que hace de traductora. Pregunta ¿Qué recuerda del instante exacto en que decidió saltar al agua sin pensarlo dos veces? Respuesta: Lo recuerdo todo, y no recuerdo nada. El sonido... Fue como una bomba explotando. El polvo, la neblina, los gritos. Estaba terminando una brutal carrera de 20 kilómetros con mi hermano Kamo, cargando pesas en la espalda. Estábamos a unos 25 metros de distancia. Yo no decidí saltar. Mi cuerpo se movió antes de que mi mente pudiera reaccionar. Fue puro instinto. Pero también recuerdo una cosa con claridad: me giré hacia los otros jóvenes y les prohibí entrar al agua. Solo permití que mi hermano se quedara en la superficie para recibir a la gente que yo sacaba. Me dije a mí mismo: si algo me pasa a mí, mis padres todavía lo tendrán a él. Sabía que podía aguantar la respiración durante seis minutos. Conocía mis límites. Así que salté. No hubo vacilación. No hubo tiempo para el miedo. Había gente muriendo, y yo era el único que podía llegar hasta ellos. Y además, entendí que si perdía el conocimiento, solo mi hermano Kamo podría sacarme, porque él también era nadador con aletas. Entendí claramente que si trabajábamos en equipo, él en la superficie, yo bajo el agua, podríamos salvar a más personas que si ambos nos sumergíamos juntos y agotábamos nuestras fuerzas al mismo tiempo. Pero todo esto ocurrió en cuestión de segundos, y lo más probable es que lo que actuó en ese momento fue el hecho de que soy el hermano mayor y cargo con la responsabilidad del menor. P. ¿Cómo logró orientarse y actuar con tanta precisión bajo el agua, en aguas turbias donde no se podía ver nada? R. Visibilidad cero. Oscuridad total. El limo se había levantado del fondo, y el agua estaba negra como la tinta. No podía ver ni mi propia mano frente a mi cara. Así que dejé de confiar en mis ojos. Confié en mis manos, en el tacto. Me sumergí diez metros, una y otra vez. Rompí la ventana trasera con las piernas, el vidrio me cortó profundamente, pero el dolor era irrelevante. Entré por esa ventana rota. Busqué en la oscuridad. Toqué cuerpos, agarré brazos, saqué gente. Fue como estar en una pesadilla. Pero yo estaba entrenado para el agua. Sabía cómo mantener la calma. Sabía cómo controlar mi respiración. Y sabía que cada segundo que perdía, alguien moría. Así que no perdí ni un solo segundo. Dios no envió simplemente a un hombre que sabe nadar a ese lugar. Envió a un nadador con aletas, alguien que sabe exactamente cómo trabajar bajo el agua y cómo controlar su respiración. P. ¿En qué momento sintió que su cuerpo llegaba a su límite físico? R. No recuerdo cuántas inmersiones hice. Mi cuerpo ya estaba agotado por la carrera. El agua estaba fría, quizás 12 o 13 grados Celsius. Me ardían los pulmones. Las piernas se me acalambraban. Pero el verdadero momento en que sentí mi límite no fue cuando estaba exhausto. Fue cuando salí a la superficie en una de mis últimas inmersiones, completamente sin oxígeno, casi perdiendo el conocimiento. Y me di cuenta de que sostenía un asiento de cuero de autobús en las manos. No una persona. Había agarrado un asiento en lugar de un ser humano. Podría haber salvado a otra persona. Ese momento — la comprensión de que había cometido un error, de que podría haberle costado la vida a alguien — ese fue mi verdadero límite. Todavía sueño con ese asiento a veces. Todavía me arrepiento. P. Sufrió sepsis y daño pulmonar grave por el agua contaminada. ¿Cómo cambió eso su carrera deportiva y su vida diaria después? R. Los médicos me dijeron que estuve muy cerca de que me llevaran directamente de la orilla a la morgue. Pasé 45 días en cuidados intensivos con neumonía doble y envenenamiento de la sangre. La sepsis casi me mata. Después de un mes y medio, me obligué a ponerme de pie. Volví a entrenar. No iba a dejar que terminara así. En mi siguiente competencia, establecí mi último récord mundial. Pero mis pulmones estaban destruidos. La enfermedad finalmente ganó, y me vi obligado a dejar el deporte de alta competición. Cambió todo. No podía entrenar al mismo nivel. No podía exigirme como antes. Pero nunca me quejé. Tomé una decisión, y pagué el precio voluntariamente. Eso es lo que significa ser un hombre. Una persona con los pulmones dañados no puede seguir entrenando. Nadie pensó que yo pudiera establecer otro récord, ni siquiera que pudiera nadar. No creían que yo pudiera hacerlo. Pero irme así... Eso no era al estilo Karapetyan. Me propuse una meta: batir mi propio último récord e irme como ganador. Mi ángel de la guarda — el mismo que me dijo que estuviera en ese lugar y salvara a esas personas — también me salvó a mí y me ayudó a dejar el gran deporte como campeón. P. ¿Le ayudó su país después de ese episodio? R. Aquellos no eran tiempos fáciles para Armenia. Armenia se estaba convirtiendo apenas en lo que es hoy. Y yo soy de los que creen que en esto no hay ningún heroísmo en absoluto, es simplemente un deber. Y estoy seguro de que cualquier armenio habría hecho lo mismo. En 1982, seis años después, se publicó un artículo sobre mí. Solo entonces recibí 60.000 cartas de gente de toda la Unión Soviética. Pero no lo hice por reconocimiento. Lo hice porque la gente se estaba muriendo. Y lo volvería a hacer, incluso si nadie supiera jamás mi nombre. P. ¿Alguna vez sintió que el precio físico que pagó fue 'demasiado alto', o nunca dudó? R. Nunca dudé. Ni una sola vez. Sabía los riesgos. Sabía que estaba sacrificando mi cuerpo. Pero déjeme contarle algo importante. Ese día, se suponía que debía estar en Hannover, Alemania, para el Campeonato Mundial. Pero no fui incluido en el equipo. Me dolió profundamente. Así que regresé a Ereván y fui a entrenar al lago. Si hubiera estado en Hannover, esas 20 personas habrían muerto. Creo que estaba destinado a estar allí. Creo que un poder superior me puso allí. Así que no, el precio no fue demasiado alto. Fue exactamente lo que se requería. Como siempre decía mi padre, y como siempre he creído: en esta vida, todos nos debemos todo unos a otros. P. Hábleme de su infancia. R. Tenía tres hermanos. Todos hacíamos deporte, y todos nadábamos. Pero la natación no fue mi primera pasión. Cuando era niño, mis padres me enviaron a gimnasia. Yo quería ser como el campeón olímpico de gimnasia, Albert Azaryan [tres oros olímpicos entre 1956 y 1960). Éra mi héroe. Me entrené duro. Quería llegar alto. Lo soñaba. Pero luego, con el paso del tiempo, el entrenador llamó a mi padre. Le dijo: "Tienes que sacar al niño de la gimnasia. No tiene nada. No va a triunfar." Fue como un puñetazo en el pecho. Quedé devastado. Mi padre también quedó devastado. Para el pequeño Shavarsh, fue un verdadero shock. Había puesto mi meta tan alto, había creído tan fuertemente y luego me dijeron que no era suficientemente bueno. Me rompió el corazón. Así que dejé la gimnasia. Estuve perdido por un tiempo. Y luego terminé en la natación por casualidad... completamente por accidente. Pero al final, como ya comprenderá, no fue en absoluto una coincidencia. Fue el destino. Estaba escrito. Lo que parecía un fracaso fue en realidad el universo empujándome hacia mi verdadero camino. Así que ahora lo sé: a veces el rechazo es una redirección. A veces perder un sueño abre la puerta a uno mayor. Eso fue lo que me pasó a mí. Aprendí temprano que la disciplina y el trabajo duro no son castigos — son el fundamento de todo. ¿Mis padres? Los dos me dieron amor, pero también me dieron responsabilidad. Y estoy agradecido por eso. Porque sin esa base, no habría podido hacer lo que hice después. P. Fue campeón mundial de natación con aletas, pero el mundo lo recuerda por aquel día en el embalse. ¿Cómo vive con que su heroísmo eclipse sus logros deportivos? R. Estoy orgulloso de mis medallas. Diecisiete campeonatos mundiales. Trece campeonatos europeos. Once récords mundiales. Esos son los resultados de años de sangre, sudor y sacrificio. Pero eso son títulos. Lo que pasó ese día en el embalse fue otra cosa. Fue un deber humano. No eclipsa mi carrera. Es simplemente una parte diferente de mi vida. A menudo digo que cualquiera puede encontrarse en un lugar donde alguien necesita ayuda. Lo principal es no olvidar lo que te hace humano. Mis logros deportivos me pertenecen a mí. Aquel día en el embalse pertenece a todos. Se equivoca al pensar que este incidente eclipsa mis logros deportivos. Soy un hombre soviético. Crecí y me convertí en campeón en la Unión Soviética. Mi país estaba orgulloso de eso. Mis padres estaban orgullosos. Y yo también estaba orgulloso. P. ¿La etiqueta de 'héroe' le incomoda, o la acepta con naturalidad? R. Me siento como un hombre que vio un desastre y reaccionó. Hay una historia que me gusta contar. Un grupo de escolares formó una sociedad llamada 'Shavarshevtsy' y se dedicaron a ayudar a personas mayores. Decían: "Un verdadero héroe permaneció desconocido durante mucho tiempo, como Shavarsh." Me conmovió eso. Pero aun así, no llevo la palabra héroe con facilidad. Porque cuando la gente te llama héroe, a veces olvida que eres humano. Olvidan que cometes errores. Olvidan que sientes dolor. La acepto solo porque sé que viene del amor. Pero por dentro, soy solo un hombre que hizo lo que cualquier hombre debería hacer. P. ¿Cree que el entrenamiento de un atleta de élite — la disciplina, la capacidad de soportar el sufrimiento, mantener la calma bajo presión — fue decisivo para poder actuar de esa manera? R. Absolutamente. Sin mi entrenamiento, no podría haberlo hecho. Mi deporte — la natación con aletas — no es solo nadar. Es entrenamiento de fuerza, correr, y lo más importante, trabajo respiratorio. Aprender a hiperventilar. Aprender a aguantar la respiración durante seis minutos. Aprender a mantener la calma en el agua bajo presión extrema. Cuando estaba bajo el agua, estaba en mi elemento. Mi tolerancia al dolor, mi capacidad para soportar el sufrimiento, mi disciplina, todo eso fue forjado por años de entrenamiento brutal. No fue valentía. Fue mecánica. Fue la reacción de un profesional que sabía exactamente de qué era capaz su cuerpo. Siempre les digo a los jóvenes deportistas: entrenen duro, porque nunca saben cuándo su entrenamiento será necesario para algo más grande que el deporte. P. Si pudiera hablarle hoy a alguien que duda en actuar en una emergencia, ¿qué le diría? R. Le diría: no te preguntes si puedes. Pregúntate quién eres. Todos nacemos como seres humanos. Si ves sufrimiento y dudas, entonces ¿qué te separa de los animales? No se trata de miedo. Se trata de amor. En momentos difíciles como ese, el amor por tus semejantes crece más fuerte que el miedo. Si sabes que puedes ayudar, debes ayudar. De lo contrario, no puedes llamarte hombre. He vivido toda mi vida con una regla simple: cuando ves a alguien en problemas, no piensas — actúas. Eso es lo que nos hace humanos. Pero al mismo tiempo, es una tontería saltar a salvar a alguien sin evaluar tus propias fuerzas. No debes hacer eso. Debes conocer tus límites. Debes ser honesto contigo mismo. Si no puedes ayudar, no te conviertas en otra víctima. Eso no ayuda a nadie. Así que sí — actúa. Pero actúa con la cabeza tanto como con el corazón. P. Con los años, ¿ha cambiado la forma en que entiende lo que hizo aquel día? R. No. Nunca he cambiado mi manera de entenderlo. Sé que hice lo que había que hacer. Pero sí pienso a veces en los "qué hubiera pasado si". ¿Y si hubiera sido unos segundos más rápido? ¿Y si hubiera cometido menos errores? ¿Podría haber salvado a más? Pero sigo pensando en los que no salvé. Ese sentimiento no cambia. Se queda contigo para siempre. Pero también entiendo ahora, más que antes, que no estaba actuando solo. Estaba siendo guiado por algo más grande que yo mismo. Y estoy en paz con eso. P. ¿Hay algo sobre esa experiencia que le gustaría que la gente entendiera, que normalmente no se cuenta? R. Sí. Quiero que la gente entienda que no soy un superhumano. Soy un hombre. Pagué por ese día con mi salud y mi carrera, sí. Pero el verdadero costo es la memoria y la vida humana. Nada vale más que una vida humana: ni los autos, ni los apartamentos, ni el pedigrí, ni siquiera los aviones. No te llevas nada al otro mundo. Lo más importante es la vida humana. Quiero que la gente entienda: el heroísmo no es un don. Es una decisión. Una decisión que cualquiera puede tomar. Solo tenemos que estar preparados para ella. Y debemos estar preparados no para la gloria, sino para el sacrificio. Esa es la parte que normalmente no se cuenta. Y esa es la parte que más importa.
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