Bugatti desnuda al brutal Bolide y crea el Destrier, una escultura única de 1.600 CV
El Destrier es una pieza única de apenas un metro de altura que conserva el W16 de 8,0 litros y cuatro turbos, pero cambia la obsesión por la aerodinámica por la elegancia.
El Bugatti Bolide nació como un hypercar extremo, concebido con una única obsesión: conseguir las máximas prestaciones posibles dentro de un circuito. Un coche de competición explícito y sin concesiones, cubierto de alerones y soluciones aerodinámicas destinadas a generar carga para pegarlo al suelo. Pero ¿qué sucedería si se eliminara todo aquello y quedaran al descubierto únicamente sus extraordinarias proporciones? Esa es la pregunta que Bugatti ha respondido con el Destrier, una creación única que parte del chasis del Bolide, pero que desemboca en un deportivo escultural, sin extremismos. El resultado es un coche que conserva la base técnica y mecánica de la máquina de circuitos, pero que sustituye su agresividad visual por una carrocería mucho más limpia y elegante. Todo ello sin renunciar al monumental motor W16 de 8,0 litros, cuatro turbos y 1.600 CV tan característico de los hypercar franceses. El Destrier tiene, además, otro atractivo: es único. Se trata de la tercera pieza surgida del Programme Solitaire, el departamento de Bugatti dedicado a crear los vehículos más especiales para sus clientes más especiales. Así surgieron primero el Brouillard y el F.K.P. Hommage, ambos con el pasado como punto de partida. Pero en el Destrier la marca francesa ha optado por volcarse en el diseño. El nombre del superdeportivo procede del término utilizado para denominar a los caballos más fuertes y valiosos empleados por los caballeros medievales. Una referencia que Bugatti ha trasladado tanto a la postura del vehículo como a varios detalles de su acabado. Uno de los rasgos más llamativos del Destrier es su escasísima altura: apenas un metro. Es sensiblemente más bajo que cualquier otro Bugatti y eso hace que parezca que su habitáculo está encajado entre las dos aletas delanteras. La carrocería se estrecha de forma muy marcada por detrás de las puertas y vuelve a ensancharse sobre las ruedas posteriores, simulando la cintura y las caderas humanas. Su postura recuerda, según Bugatti, a la de un caballo poderoso preparado para abalanzarse sobre su objetivo. En las llantas vemos otra diferencia respecto al Bolide, que utilizaba ruedas de 18 pulgadas, mientras que el Destrier descarga su aspecto con unas de 20 pulgadas delante y 21 detrás, que parecen todavía más grandes debido a la reducida altura de la carrocería. Su identidad se construye desde el momento en el que Bugatti decide deshacerse de los elementos aerodinámicos que radicalizan el aspecto del Bolide. En su lugar aparecen superficies limpias, formas suaves y una interpretación diferente de algunos de los rasgos estéticos modernos de la marca. Por ejemplo, la característica línea en forma de C de la zona acristalada deja de ser un trazo ininterrumpido porque ahora conecta con la parrilla delantera que, aquí sí, mantiene su característica forma de herradura… aunque en el Destrier es de mayor tamaño. En la parte posterior el alerón se integra en la propia silueta, una solución que recuerda a la utilizada por el exclusivo Chiron Profilée. La dualidad que representan el Bolide y el Destrier ya se ha dado antes en Bugatti con el Type 57 y sus derivados de competición (Type 57G y 57C Tank) que incluso ganaron en Le Mans a finales de los 30, y con el Type 57SC Atlantic, considerado uno de los automóviles más bellos de todos los tiempos. De hecho… esa relación se plasma en un detalle del Destrier: una placa grabada mediante láser sobre el parabrisas donde aparecen el Type 57G Tank y el Type 57SC Atlantic, dejando constancia de esa relación entre competición y elegancia. Un coche de la máxima exclusividad tenía que cubrirse con algo especial. Por eso, la pintura del Bugatti Destrier está terminada en un color denominado Sapphire Celeste, desarrollado específicamente para esta unidad y para su propietario. Se trata de una pintura multicapa con partículas inspiradas en el brillo de los diamantes, combinada con diferentes elementos de aluminio pulido. Hay algunas partes desnudas, como el splitter delantero y al difusor trasero, que mantienen la fibra de carbono a la vista, aunque teñidas para integrarse con el particular tono azul de la carrocería. Otro detalle particular lo encontramos en el vano motor, donde algunos componentes metálicos presentan un acabado martillado que recuerda a las armaduras fabricadas artesanalmente para los caballeros medievales. Una alusión directa al origen del nombre Destrier. Donde cualquier referencia al Bolide desaparece es en el interior… como es lógico. El cockpit de carreras da paso a un interior que Bugatti compara con el taller de un sastre. La cabina combina cuero y nubuck en el tono marrón Ambre Voyageur con un tejido tridimensional elaborado mediante técnicas procedentes de la alta costura y de la ropa deportiva. Es un tejido sin costuras visibles pero que está atravesado por finos hilos de cobre que aportan pequeños destellos. Su diseño forma una especie de halo que recorre el interior y se reproduce en los reposacabezas y en las líneas de la consola central. El acabado metálico martillado del vano motor que mencionábamos antes también aparece en los tiradores de las puertas, las salidas de ventilación, el centro del volante y las placas de acceso. Hay una pequeña bandera francesa para recordar el origen de Bugatti y la guinda la pone el tapón de llenado de aceite, que incorpora el emblema del Destrier junto a la inscripción “1/1”, que certifica que no existirá otro automóvil igual. Ante todas estas delicatesen de diseño, el extraordinario motor W16 de 8,0 litros con cuatro turbocompresores y 1.600 CV pasa casi a ser un detalle secundario. Algo quizá lógico cuando lo importante no es la lucha contra el reloj ni los tiempos por vuelta en pista. El protagonismo es para a sus proporciones, los materiales empleados y el trabajo artesanal. De ahí que su puesta de largo mundial tuviese lugar en uno de los mayores eventos del planeta automovilístico, la Monterey Car Week que culmina con el famoso Concurso de Elegancia de Pebble Beach. Su precio no ha sido comunicado (y quizá nunca llegue a saberse), aunque tratándose de una pieza única del Programme Solitaire, probablemente sea uno de los automóviles nuevos más caros jamás construidos.
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