Skip to content
Gigantum.net
More sport

La historia de Pablo Semprún, el 'Ballesteros' del pádel que enseñó a Aznar y ahora guía a Martina Calvo

El considerado primer jugador profesional de pádel en España plantó cara a los argentinos y sentó las bases de una industria en la que fue pionero.

· 3,517 words

La historia de Pablo Semprún (Madrid, España, 1964) es un viaje para adentrarse en el ADN del pádel en España. Extenista, se convirtió por accidente en pionero de la primera ola profesional en los 90 cuando el pádel todavía residía en Argentina fagocitando el profesionalismo y tras mucho esfuerzo, triunfó. Alguien que brilló en la pista y trabajó tanto en la sombra por el crecimiento de su deporte que acabó quedándose atrapado en ella durante varias décadas. El backstage de una industria todavía muy prematura fue su terreno de juego durante años tras la retirada y, ahora, temporalmente ha vuelto casi por casualidad a la primera línea reconvertido en la figura de entrenador. Un distinto que no ha cambiado, un outsider en el star system y una figura con conocimiento, vehemencia y liderazgo en el deporte que ahora sirve de guía al nuevo gran talento femenino: Martina Calvo. Pero para entender la trascendencia de Semprún hay que remontarse muchos años atrás. En una España en efervescencia donde La Movida madrileña marcaba el ritmo social, los estragos de la heroína eran una tema de Estado y el Servicio Militar Obligatorio (la mili, vaya) empezaba a tocar a su fin, un ya no tan joven Semprún cambiaría la raqueta de tenis por la paleta sin haberlo buscado para hacer carrera en aquello del pádel. O paddle. “Llego al pádel con 30 años. Antes venía de jugar al tenis profesional, aunque fui un profesional tardío. En aquella época estudiaba empresariales y no era tan fácil decidir que ibas a dedicarte al deporte porque te miraban un poco como diciendo, ¿qué haces? Empecé jugando al pádel por diversión y rápidamente vi que aquello podía ser algo más”, recuerda Semprún a MARCA sobre una bonita, luchada e imprevista historia. Porque aquel deporte nacido por necesidad en Acapulco (México) viviría su primera etapa profesional en Argentina y durante más de 20 años los jugadores argentinos serían los dominadores de la disciplina compitiendo en un fuerte circuito nacional y luciéndose en España un par de veces al año para disputar los dos torneos importantes que se jugaban en el calendario de la Federación y que organizaban las empresas Padel Visión y Padel Team, esta última fundada por Semprún. “Los argentinos estaban cuatro o cinco escalones por encima. No venían prácticamente a jugar torneos internacionales y, cuando nosotros íbamos allí, nos metían 6-0 y 6-1. Si hacíamos un juego ya parecía una heroicidad. Yo vi aquello y pensé: ¡Esto no puede ser!”, explica sobre la hegemonía de los Lasaigues, Gattiker y compañía. Y dicho y hecho. Impetuoso, competitivo y formado, Semprún empezó a sentar las bases de algo más que un juego para poder mirar de tú a tú a las grandes estrellas argentinas y aunque le costaría varios años, iba a lograr cambiar para siempre ya el tablero de juego del pádel junto a otro ilustre de la historia del pádel en España, Alberto Rodríguez Piñón. “El primer año me lo tomé todavía como algo amateur. Me costó dinero, pero empecé a ganar torneos. El segundo año ya ganaba casi todos los torneos nacionales. Y en la tercera tentativa, ya con Piñón, empezamos a hacer las cosas para ser profesionales y aunque no les ganábamos, competíamos”, continúa sobre el proceso. En 1996 llegaría el punto de inflexión. En la tercera edición del Mundial de pádel por parejas Semprún y Piñón conseguirían meterse en la final tras derrotar en semifinales a una de las cabezas de serie favoritas y rozarían la épica. “Para mí aquello es un antes y un después del pádel español. Antes de ese Mundial ya habíamos conseguido ganar a parejas imposibles, pero allí lo hicimos ante ‘Bebe’ Auguste y Mariano Lasaigues, que eran favoritos, y fuimos al tercer set ante Lasaigues y Gattiker teniendo nuestras oportunidades”, rememora con ese sabor agridulce del que sabe la importancia de lo logrado, pero que aún cree que la historia pudo ser diferente. Un fin de semana que marcaría el desarrollo del pádel en España porque por primera vez lo que ocurría dentro del 20x10 tenía repercusión. Y si no que se lo digan a las más de 5.000 personas que se dieron cita en el Club de Campo en Madrid o a los miles de espectadores que siguieron aquellas gestas por primera vez por televisión en Televisión Española cuando, hasta entonces, para ver el pádel en ‘la caja tonta’ “tenías que comprar algunos minutos de espacio para salir en la 2”, recuerda. Pero, más allá de resultados, ¿es Semprún considerado el primer jugador profesional español? Lejos de buscar solo la victoria deportiva, lo cierto es que le dedicó tiempo, esfuerzos y empeño a sentar las bases del primer ecosistema donde el deportista pudiera al menos ganarse la vida ayudando a su vez a que el deporte creciera en popularidad. “A los pocos jugadores españoles que eran buenos, como Arenzana o Fontán, les daban cinco palas al año que luego vendían y estaban felices. Yo empecé a pedir que me pagaran, que no me valía con unas palas y que tenía una serie de gastos para competir”, detalla sobre los que serían los primeros contratos de esponsorización. Ya se sabe que si uno no se pone en valor es difícil que el de enfrente esté dispuesto a ello, que nadie regala nada y menos cuando se habla de dinero. “Fui el primero que planteó que aquello tenía que ser profesional también económicamente y conseguí, a través de muchos contactos, patrocinadores como Telefónica o Caja Madrid que me permitieron tener unos ingresos suficientes para dedicarme al pádel”, continúa. Semprún es una persona bien posicionada socialmente y sus contactos le darían al deporte de la pala acceso a un estrato nuevo que aunque estigmatizaría al pádel en España como “un deporte de pijos” durante años, ayudaría en su popularización vinculándolo a figuras como la de José María Aznar o el entonces príncipe Felipe con el que había estudiado en el colegio. Su apellido por parte paterna le hace descendiente de un linaje aristocrático vinculado a las artes, las letras y la política que se remonta a antes de la República, pero siempre ha buscado manejar sus méritos sin el peso de la historia quizá, sin saberlo, por herencia materna que le hace vivir de forma privada su parte más íntima sin rehuir de la historia. “Sí, yo conseguí que Aznar jugase al pádel y, evidentemente, aunque aquello nos vino muy bien tengo que decir que las ruedas de prensa eran un coñazo porque lo único que preguntaban era si Aznar jugaba o dejaba de jugar”, confiesa sobre una figura que hizo que la palabra pádel se empezara a colar en la sociedad española iniciado ya el nuevo siglo. “Claro que fue un catalizador importante. El pádel se etiquetó como un deporte de pijos, pero Aznar era una figura muy relevante a nivel popular. Yo tenía relación con él y también con presidentes y directivos de algunas empresas y aunque sabía que aquellos contactos eran pasajeros y efímeros, que mis amigos eran otros, eran muy importantes para el deporte”, señala sabedor de la importancia de construir una industria que necesita de músculo económico, popular y relacional. Una vía que abriría al pádel los primeros grandes patrocinios nacionales, las primeras inyecciones de capital, y que le granjeó algunos enemigos. “Yo buscaba patrocinadores y utilicé mis contactos, pero hay algo que quizá sea más importante porque de lo que conseguía destinaba la mitad a la Federación para que fuese fuerte. ¿Me creó problemas? Sí, había envidias, pero yo tenía claro que si quería crecer necesitaba que el deporte creciera y que si no había campeonatos aquello no tenía ningún sentido”, explica. Una realidad, la de buscar y encontrar patrocinios, que bien sabe lo difícil que era Carlos Almazán, otro de los grandes nombres de la época y que lo vivió en primera persona. "Sí, Pablo organizo eventos de pádel que sin duda ayudaron al crecimiento de este deporte en una época en la que no era fácil conseguir patrocinios. Tambien es conocido que ayudó a sus compañeros con patrocinadores en un momento donde era importante contar con recursos para gastos", recuerda Almazán, también miembro del Hall of Fame del pádel español. Y es que Semprún, sin buscar la filantropía, sabía de la importancia de no ser el único jugador profesional. “Además, con ese dinero pude ayudar a muchos jugadores. Te podría decir 10 o 15 jugadores a los que conseguí patrocinadores a través de las marcas y eso, en aquella época, tenía muchísimo mérito porque la notoriedad que tenía el pádel era ridícula. Jugué con Pablo Rovaletti y me decía: Tú eres tonto, ¿por qué les traes a estos nada?”, continúa para, después, dar aún más contexto de cómo era salir a intentar captar algo de inversión para ser profesional. “Recuerdo una anécdota en una reunión que, tras estar una hora hablando con un director de marketing, salimos pensando que había explicado perfectamente lo que era el pádel y que cuando ya me iba me dijera: Oye, te voy a hacer una pregunta personal, ¿por qué los pakistaníes son los mejores en esto?”, confiesa riéndose con una carcajada sincera, uno de esos gestos involuntarios que detectas en alguien que ha viajado en el tiempo al rememorar una época divertida y alegre. Así, construyendo una carrera dentro y fuera de la pista, Semprún se convirtió en una referencia que jugó y ganó mucho con nombres tan conocidos en el pádel como Piñón, Robaletti, Auguste o, incluso, Fernando Belasteguín, el GOAT, que asegura a Marca ⁠que ”de esa época juntos tengo muy lindo recuerdos”. Porque, sí, en 2001 Semprún y un joven Bela compartirían pista logrando cinco títulos y acabarían en segundo lugar del ranking solo por detrás de Juan Martín Díaz y Hernán ‘Bebe’ Auguste. El último capítulo antes de que arrancara la etapa más exitosa del pádel con la hegemonía de 13 años de ‘Los Reyes’. “Es verdad que solo jugué ocho o nueve años y aunque hay gente que ha ganado más que yo, no es algo que me obsesione y me quedo con que he ganado con todos mis compañeros”, repasa sobre una carrera profesional que le hizo ganarse durante años el honor de ser el mejor jugador español de todos los tiempos. Jugador de drive con una de las mejores voleas del circuito, un smash potente y un juego marcado por los cambios de ritmo y la presión constante, su personalidad fuerte y carismática llevaba al límite a rivales y, por qué no decirlo, a compañeros. “Era un jugador con mucho carácter, con muchas virtudes en el juego de ataque y carencias en el fondo de la pista en los golpes de doble pared. Pero en los momentos importantes de los partidos, no sé cómo lo hacía pero lo que no se le daba bien lo hacía perfecto”, explica Bela. Juego aparte, su carácter siempre fue algo imposible de disociar en su figura. Pablo y Semprún son lo mismo. Sin artificios, inteligente, temperamental y competitivo, su forma de competir preparó sin saberlo el terreno de la era más dorada del deporte de la pala. “Pablo fue la persona que me ofreció venir a vivir en el 2001 porque el Mago Sanz le dijo que apostara por mí como compañero. Tenía un carácter muy fuerte y ejercía muchísima presión, pero me sirvió mucho para después jugar con Juan Martín y no sentir nada de presión al jugar con el número uno de esa época”, rememora el ‘Boss’ con sinceridad y reconocimiento. Una etapa que duraría solo un año y tras la que, habiendo ya planteado la retirada y habiendo disfrutado de un nuevo impulso con el argentino, le serviría a Semprún para empezar su adiós al pádel. Al menos, como jugador. La exigencia, el foco mediático y una vida empresarial que empezaba a reclamar más atención serían su carta de despedida de las pistas. “Acabé exhausto. Venía de seis o siete años de tenis y ocho o nueve de pádel, con lo cual hablamos de 16 o 17 años de deporte. Y quería hacer otras cosas, la verdad. Cuando me retiré, con 39 o casi 40, mi empresa estaba creciendo muchísimo, me pedía más y no necesitaba seguir estando en el foco porque, de hecho, no me gusta”, explica sobre la retirada. Así colgó la pala y, aunque siguió compitiendo en veteranos donde ha sido número uno del ranking ITF en tenis y habitual en las convocatorias de España en pádel, la vida deportiva pasó a un segundo plano. En esa etapa se centró en el desarrollo del pádel a nivel empresarial con Padel Team, la empresa con la que organizaba uno de los dos grandes torneos de España en los 90 y que fue clave en el crecimiento nacional siguiendo la estela de Padel Visión, la primera gran promotora fundada por Pablo Neira, Javier Arenzana, Felipe García Quirós y Alberto Rodríguez Piñón y que abriría la etapa Padel Pro Tour. “Me dediqué a organizar torneos amateurs, eventos por equipos, actividades sociales… Además, teníamos un departamento de construcción e instalaciones deportivas y en aquellos años llegamos a construir más de 1.000 pistas e invertimos en Alemania, Francia y otros países”, narra sobre el paso al lado y el cambio de la pista por un despacho, de la pala por el móvil y el ordenador. Casi dos décadas de trabajo en silencio donde su nombre se iría diluyendo en lo mediático coincidiendo con el boom español, primero, y su definitiva explosión internacional después. Unos años en los que el apellido Semprún, aunque como un eco lejano, siempre ha sido venerado como un tótem en el pádel español generando admiración, respeto y algo de controversia por sus hazañas, influencia y un marcado carácter que no dejan indiferente. Y cuando parecía que su sitio estaba ya hecho, que seguiría viviendo esa vida donde como asegura le hace estar “mucho mejor en mi casa”, una niña le haría recuperar la ilusión por la competición. Con otra figura y otro rol así volvería a la élite, reconvertido en entrenador, pero sin perder el ímpetu ni los objetivos como se puede comprobar cada fin de semana en los banquillos. “He vuelto por Martina, porque es alguien diferente. Me han ofrecido trabajar con otros jugadores, he tenido otras propuestas antes, pero solo lo he hecho porque he visto en ella unas condiciones que me parecían extraordinarias y porque es una persona maravillosa”, se sincera sobre su regreso para sentarse en el banquillo de Martina Calvo, el nuevo gran talento del pádel femenino mundial. El ‘Huracán Martina’ ocupa la octava posición del ranking FIP y ha vivido en apenas año y medio un ascenso meteórico que le ha convertido en la jugadora más joven en ganar un título Premier Padel. Resultados rápidos que no nublan la visión de Semprún porque, para él, el éxito de Martina no radica, o no solo, en su juventud y personalidad. “Creo que hay una parte que tiene que ver con cómo es ella, que tiene una fuerza de voluntad fuera de lo común y una capacidad de trabajo anormal. Si a eso le sumas que, además, es muy, muy lista y quiere aprender…”, explica de la que, por su palabras, es algo más que una jugadora o una simple alumna. Un sentimiento mutuo que hace meses ya se podía palpar en palabras de la propia Martina Calvo cuando en una entrevista en MARCA no dudaría en ensalzar su figura. “Si no fuera por Pablo no estaría aquí sentada. Llevo en su club toda mi vida, creo que desde los 4 años y quizá con él desde los 10. Hace muchas cosas por mí y te diría que nunca lo he visto como una relación de entrenador-jugadora, va mucho más allá”, explicaba Calvo. Semprún, que ha vivido diferentes eras del pádel, ahora de nuevo en la primera plana no duda a la hora de pararse a reflexionar sobre la eclosión de su ‘ahijada’ y de otros perfiles jóvenes con los que es crítico por “todo lo que empieza a rodear el deporte”. Sí, una clara alusión a las redes sociales, la fama, seguidores, contratos millonarios y los egos mutuos y ajenos. “Muchas veces los deportistas dicen que quieren aprender y en realidad no quieren. No quieren escuchar las cosas que no les gustan. Pero Martina es diferente, su manera de ser es otra, viene muy bien educada de casa y creo que eso es clave porque es lista y se queda con las cosas”, detalla ensalzando, en varias ocasiones, “los valores como persona” de la navarra que para él son fundamentales y que ejemplifica en la figura de Rafa Nadal. Una relación entrenador y jugadora que ya es exitosa en el corto plazo y apunta a ambiciosa en el medio y largo, años en los que Semprún sabe que no estará. “No quiero entrenar a nadie más y tampoco creo que vaya a estar mucho tiempo. ¿Cuánto puede ser? Dos, tres o cuatro años máximo. Estaré mientras yo crea que sea necesario y solo hasta que termine mi trabajo que creo sé dónde nos tiene que llevar”, confirma sin titubeo ajeno a la tentación del éxito y el business o la exposición del mainstream. Y tiene claro cuál es el objetivo. Sí, el número uno, una meta que afronta sin miedo porque “tenemos opciones si nos respetan las lesiones”, pero a la que pone freno porque “lo importante es el camino y que dentro de veinte años pueda mirar atrás y no reprocharse nada”. Una forma de entender la carrera de Calvo con la certeza de saber que él no siempre va a estar en su banquillo, pero donde sí espera poder seguir siendo su “consejero de vida” para que “cuando tenga 28 o 29 años, pueda llamarme y decirme: Oye, vamos a tomar algo que quiero contarte cómo veo esto”. El camino de una joven Martina con 18 años todavía está empezando y apenas tiene una cuenta de resultados con un puñado de victorias y derrotas. Pero él, ya con más que alguna cana, prepara una futura despedida no sin pensar en grande. Y no hay objetivo mayor en el deporte que llegar “a ser olímpico”, esa ambición en la que cree firmemente porque “sería el colofón perfecto” mientras que recuerda la cantidad de veces que “amigos míos que han sido olímpicos siempre hablan de lo especial que son unos Juegos Olímpicos”. Es su naturaleza mirar por el pádel. Semprún conoce la industria y ha sido jugador, promotor, entrenador…, y por ello no ve solo un frame de la película, la observa entera y detecta que su deporte “goza de muy buena salud”. Sí, “gracias a la labor de Damm” para crear World Padel Tour y de Premier Padel después para expandir el deporte y que hoy le hacen tener una lectura positiva del presente y futuro que complementa con esa faceta casi sindical que ejerció como jugador apuntando a su gremio, el de atletas, porque ahora “falta liderazgo, no unión”. No lo puede evitar. Es así. La realidad que él vivió como estrella del deporte hace más de 30 años era distinta, pero ahora que todo ha cambiado tanto cree firmemente que “el jugador tiene que dedicarse a jugar y lo importante no es que tres o cuatro ganen un dineral, es que puedan vivir del deporte el jugador 60 o 70 del mundo”, finaliza antes de alarmar sobre la necesidad de que “los promotores dejen de perder dinero” y se encuentre el equilibrio en un pádel ya en ritmo de crucero. Se consiga o no, esté Semprún en primera, segunda o tercera línea, le veamos más o menos cerca del banquillo de Calvo, seguirá estando ahí. ¿Dónde le encontraremos? Difícil saberlo, probablemente en algún lugar perdido en Navarra, en alguno de sus clubes, "bajando a Madrid" o compitiendo “en abuelitos”, como le gusta decir, y habiendo vuelto a dar un paso atrás para seguir haciendo sus cosas, pero como siempre abierto a escuchar y ser escuchado para construir, algo que hizo siempre porque es su forma de ser y va en su carácter, ese mismo del que se cuestiona tantas veces sus formas, pero en el que en rara ocasión se pone en duda el fondo. Así es la historia del que para muchos es “el Severiano Ballesternos del pádel”. Así ha sido y es la carrera de alguien que, más que un jugador, fue un pionero que llegó casi de casualidad a este deporte y se atrevió a mirar más allá. Una figura poco común que desde hace décadas se ha ganado de muchas y variadas formas ser parte de la historia. Y claro que lo hizo porque pudo, pero también porque creyó en ello cuando pocos lo hacían, porque se atrevió y porque, además, supo aceptar su sitio cuándo y cómo tocaba demostrando una inteligencia rara en los deportistas de élite. Y, además, porque como él mismo asegura dejando clara su forma de competir, ser y vivir: “Joder, nunca dejé de explorar este camino por el miedo”. Y no esperábamos menos de este outsider del pádel.

Gathered from external sources. Rights to this text belong to whoever originally published it.

Friday, October 23, 2026

© 2026 Gigantum.net. Content gathered automatically from external sources; rights to each text belong to whoever originally published it.