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Monday, September 7, 2026

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La historia que el pádel merecía: brutal, imperfecta y humana

La opinión de Jesús Mata

· 681 words

Hay historias que uno recuerda por cómo empiezan, otras por todo lo que sucede en el camino y algunas, las verdaderamente importantes, por lo que transmiten. La de Gemma Triay y Ale Salazar pertenece a esta última categoría, porque después de todo lo que fueron juntas, de todo lo que ganaron y también de todo lo que ocurrió cuando aquella pareja que parecía indestructible dejó de existir, pocas imágenes podían poner un broche más bonito que la que nos regaló Madrid: las dos abrazadas, llorando, después de tantos años. Gemma y Ale fueron números uno, lo ganaron prácticamente todo y durante una época hicieron que ganar pareciera la consecuencia natural de jugar juntas. Fueron una pareja extraordinaria, de esas que terminan formando parte de la memoria de un deporte, pero también fueron humanas y su historia acabó mal, con dolor, desencuentros y dos versiones de lo ocurrido que ambas sintieron la necesidad de contar. MARCA estuvo ahí para escuchar a las dos, para dar voz a sus razones y a su manera de vivir aquella ruptura, y quizá por eso hoy tenga todavía más valor contemplar lo que sucedió en Madrid: no porque sepamos finalmente quién tenía razón, sino porque con los años hemos aprendido que hay batallas que no necesitan un ganador, sino un empate. Una semana antes del torneo, Ale Salazar reconocía en MARCA que le haría una ilusión tremenda retirarse ganando el Mundial junto a Gemma. La frase tenía algo un punto de imposible si uno recordaba cómo había terminado todo, pero también demostraba hasta qué punto el tiempo puede cambiar la perspectiva. Después llegó su adiós en el Movistar Arena de Madrid, instantes después de que Gemma alcanzase los 58 títulos, igualando precisamente la cifra que había convertido a su antigua compañera en una referencia histórica. Una preciosa casualidad. Y entonces llegó el abrazo, con las dos llorando, sin títulos de por medio, sin una pista que las separara y sin necesidad de explicar nada. Simplemente dos personas que habían compartido una parte enorme de sus vidas, que en algún momento se hicieron daño y que, muchos años después, fueron capaces de mirarse y abrazarse. Hay imágenes que emocionan porque cuentan una victoria; esta lo hace porque cuenta algo mucho más grande y, de alguna manera, te reconcilia con el pádel, con el deporte y hasta con la vida. Porque detrás de los números uno, los títulos y los rankings hay personas, y las personas nos equivocamos. Decimos cosas que quizá no deberíamos, tomamos decisiones que después entendemos de otra manera, nos hacemos daño incluso cuando hubo cariño y necesitamos tiempo para colocar cada cosa en su sitio. Perdonar no cambia lo que ocurrió ni obliga a reescribir el pasado, pero sí consigue algo extraordinario: que aquello que dolía deje de hacerlo. Eso es lo que hace tan especial aquel abrazo. No borra la historia que hubo entre ellas, la completa. Gemma y Ale no necesitaban volver a ser la pareja que lo ganó todo; bastaba con que fueran capaces de reconocer que todo aquello también merecía ser recordado por las victorias, por el número uno y por todos los momentos que las hicieron tan únicas. Los buenos y los no tan buenos. Quién sabe si se podrá dar ese 'Last Dance' con la camiseta de España. En realidad, poco importa. Porque lo que está claro es que la vida les tenía reservado algo todavía más bonito: mandar un mensaje claro a través de un gesto sincero, improvisado y natural hacia todo el mundo. Sin la pala en la mano, sin una red que les separase. Abrazadas, emocionadas y emocionando a todos. Ese fue el verdadero homenaje, el que nos hicieron estas dos leyendas del pádel. Una instantánea que muchos pueden vislumbrar como el final de una historia. Pero no, amigos y amigas, no lo es. Ese abrazo el principio de otras muchas historias que tomarán ejemplo de esta. El abrazo a la vida, al éxito, al fracaso, al dolor, a la reconciliación. Una historia brutal, imperfecta y humana de la que todos tenemos que aprender. Ojalá.

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