Buen invento mal parido
El LIV Golf 1.0 echó el cierre. Seguramente habrá una nueva versión, pero ya no será la misma. En el Excel fue más de lo que realmente ha sido
Se nota un aire casi de victoria entre los detractores del LIV Golf por la manera en la que ha acabado el circuito en su primera era, seguramente la que más titulares arranque en su historia. Durante cinco temporadas, desde junio de 2022, la alternativa impulsada desde el Fondo Público de Arabia Saudí (PIF) fue un sueño y una pesadilla a la vez, para terminar como los amores de verano, siendo un recuerdo interrumpido una noche de agosto. El LIV quiso ser vendido como un avance hacia la modernidad del golf, un deporte poco acostumbrado al cambio. Un circuito mundial de verdad a 54 hoyos, resuelta la jornada en menos de cinco horas, jugado en bermudas y con música y con el aliciente de unos premios que han roto el mercado. El legado que ha dejado es más profundo que los interesados análisis que se hacen. El LIV no ha salido derrotado. Arabia, simplemente, ha perdido el interés en el golf porque les ha salido por un ojo: 5.600 millones de dólares. Hay cuestiones que respaldan la aventura, dirán los defensores. El golf ha confirmado mercados apasionantes como Australia y Sudáfrica, cuyos grandes eventos no seducían ya a las estrellas y que han vuelto a primera línea. La música y el hoyo desparrame —que ya exístía en Phoenix, sí— son otros alicientes para atraer a otro público menos tradicional. Futbolizarlo. Que podrá sonar a crítica, pero es que el fútbol es el deporte más popular del mundo. Y lo de la salida a tiro, es una manera más justa de resolver torneos, no tan pendientes de los partes meteorológicos. Las cosas que se han hecho mal, dirán sus opositores, provocarán heridas en el golf. Seguramente. Rahm, que fue el campeón las tres temporadas, ha ganado más de 90 millones en premios en este ciclo. Y ha jugado 40 torneos. Es un botín desorbitado que ha tenido un efecto contagio —defensivo— en el PGATour. Las ganancias de los golfistas están por encima de lo que genera la industria. Se quiso dar mucho valor a los equipos, pero se alumbró mal desde el momento en el que el ganador individual ganaba más que por escuadras. Tampoco se premió la meritocracia de una manera clara. No se sabe cómo será el 2.0, pero a priori da la sensación de que será un sucedáneo. Y si es sin Rahm y sin DeChambeau, algo demasiado menor.
Gathered from external sources. Rights to this text belong to whoever originally published it.