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Saturday, September 12, 2026

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Los viejos rockeros nunca mueren: Mikel Landa resucita el día más duro y Enric Mas sentencia LaVuelta

El vasco conquista el Collado del Alguacil en el día más duro de LaVuelta y Mas sentencia la general en un doblete histórico para el ciclismo español

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Mikel Landa ha conseguido lo que parecía vedado desde hace años: ganar. Y en ese gesto ha profanado el único mandamiento no escrito de su propia liturgia. Porque el Landismo nunca se edificó sobre las victorias, sino sobre la fe pura y desnuda, sobre la promesa repetida como una plegaria, sobre esa ligereza casi religiosa con la que se viven las vísperas cuando no se espera nada a cambio. Le bastaba con creer. No con demostrar. Y sin embargo, hoy hay pruebas. Una fotografía que ya pertenece a la memoria colectiva: los brazos abiertos hacia un cielo que por fin no le fue hostil, la mirada que durante tanto tiempo cargó la tristeza de lo que no llega, mutando de golpe en lava, en incendio, en algo que ya no pide perdón por existir. Lo que todos habían aceptado como imposible, lo que se había resignado ya al terreno de la nostalgia, ha ocurrido once años después, como si el tiempo mismo hubiera querido regalarles esta reconciliación con la fantasía. Apenas unas horas antes de levantar los brazos en la última gran montaña de LaVuelta, Mikel no sabía ni qué decir de su propia carrera. "Siempre he tenido dolores, nunca me he encontrado bien… no sé qué balance sacar de mi Vuelta", confesaba en La Calahorra, sin buscar ninguna frase bonita para la ocasión. Tan transparente como siempre. Sin excusas, sin maquillaje. Por eso su victoria en la etapa más duras de los últimos años en la ronda española tuvo algo especial. Llevaba tres semanas buscándose a sí mismo. Buscando esas piernas que tantas veces le permitieron atacar cuando el ciclismo moderno pedía calcular, esa forma de correr que nunca terminó de encajar en los manuales de estrategia. Mikel siempre fue distinto: un corredor que construyó buena parte de su leyenda perdiendo tiempo, recuperándolo, atacando cuando quizá no tocaba. De ahí salió una especie de victoria moral que con los años se convirtió casi en una religión. El landismo. En Granada volvió a aparecer. No fue una victoria sencilla, ni cocinada desde la comodidad de una fuga consentida. Landa tuvo que perseguir la carrera. La escapada ya se había formado por delante y él viajaba metido en un enorme grupo intermedio cuando arrancó la montaña de verdad. Pero conforme llegaron las rampas, también llegó Mikel, pedalada a pedalada, sin aspavientos, a su manera. A unos 50 kilómetros de meta conectó con la cabeza de carrera. Casi una metáfora de su Vuelta entera: llegar tarde, sufrir, insistir, negarse a irse a casa sin intentarlo una vez más. La carrera avanzaba ya completamente rota. Carapaz atacaba una y otra vez por detrás, y los hombres de la general trataban de sobrevivir como podían a una jornada salvaje. Mientras tanto, delante, Landa empezaba a sentirse cada vez más cómodo. Y cuando eso pasa, con Mikel, algo suele ocurrir. En el Puerto de El Duque terminó de confirmarlo. Se quedó al frente junto a Tobias Halland Johannessen y Ramses Debruyne, y coronó primero. Ya no iba detrás de una buena actuación. Iba a por la etapa. Ahí reapareció el Landa de siempre: la espalda ligeramente encorvada sobre la bici, el gesto serio, la cadencia constante. Ese corredor que parece sufrir incluso cuando va bien, y que por eso mismo resulta tan difícil de leer. Quedaba el Collado del Alguacil. El último gran puerto. El sitio perfecto para saldar cuentas con tres semanas complicadas. Mikel no necesitaba ganar LaVuelta, ni subir al podio, ni demostrar nada a estas alturas. Quizá ahí estaba la belleza del momento: después de tantos años cargando con expectativas gigantescas -el "Free Landa", el Giro, el Tour, los ataques imposibles, las ocasiones perdidas- esta vez solo tenía delante una montaña con dos compañeros de viaje, en teoría, peores que él. Y una oportunidad. Fue a por ella. Y se la llevó. Y durante unos minutos volvió todo lo que durante años hizo que tantos aficionados se enamoraran de él: esa sensación de que siempre puede pasar algo cuando se levanta sobre los pedales, esa forma de entender el ciclismo desde el instinto puro, esa manía suya de convertir un día cualquiera en una cuestión sentimental. Había empezado la jornada sin saber qué balance hacer de su Vuelta, y la terminó con el mejor resultado posible: un triunfo más de 5 años después y once desde su única y última conquista en la ronda española. La vida puede ser maravillosa. Detrás, los 'gallos' ni se inmutaron más allá del ataque de Gall para intentar birlar el segundo puesto a Roglic, pero todo el espectáculo fue del Landismo. El domingo será el día de Mas. Los viejos rockeros nunca mueren.

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