Igor Antón revive su drama con Pogacar: “Un día eres intocable y al siguiente estás en la ambulancia”
El exciclista reconoce a MARCA que la caída del esloveno le devolvió de golpe a aquel abandono cuando vestía de líder de LaVuelta en 2010: “Sentí otra vez ese shock y ese vacío. El ciclismo puede ser cruel
Igor Antón estaba siguiendo LaVuelta desde dentro, en su actual labor como asesor con invitados, cuando el pasado sábado la radio de carrera anunció la caída de Tadej Pogacar. Apenas unos minutos antes había bromeado con uno de los masajistas del UAE. Después llegó la noticia. Y, de repente, dejó de estar en 2026. Volvió mentalmente a 2010. “En el momento que dijeron que se había caído y que igual se retiraba pensé: ‘No puede ser’. Reviví lo mismo que me pasó a mí”, explica Antón a MARCA. “Me vino esa sensación de una especie de shock y de vacío. Fue un poco como nos quedamos todos con el abandono de Pogacar”. El paralelismo era inevitable. Antón vestía el maillot rojo y era uno de los grandes nombres de aquella Vuelta cuando se fue al suelo y tuvo que abandonar una carrera que tenía ante sí la posibilidad real de conquistar. Dieciséis años después, viendo caer al mejor ciclista del mundo, aquel golpe regresó. “Hasta los supercracks como Pogacar pueden tener un problema así y echar a perder todo lo que han hecho”, reflexiona. Para Antón existe además una lección que el ciclismo recuerda de manera especialmente cruel: “En ese momento eres humano. Ya puedes ser el mejor del mundo, como lo está demostrando, incluso diría yo que de la historia. Pero la carretera y las situaciones están ahí”. El vasco reconoce que las circunstancias deportivas son diferentes. Pogacar tiene detrás un palmarés extraordinario y parecía tener LaVuelta bajo control antes de su accidente. Para Antón, en cambio, conquistar aquella edición habría supuesto alcanzar el mayor éxito de su trayectoria. Pero el sentimiento que aparece cuando todo desaparece en apenas unos segundos sí es reconocible. “Me sentí un poco identificado con él”, admite. Y cuando se le plantea si cambiaría algunas de sus grandes victorias por aquella Vuelta a España que nunca pudo ganar, Antón duda. Porque ahí aparece el ciclista que fue y, sobre todo, la persona que es ahora. “No voy a ser hipócrita y decir que no me importaba. Claro que me importaba”, reconoce. “Pero el ciclismo me ha dado muchísimo. Después de unos años y con la vida, te das cuenta de que hay muchas cosas más importantes que ganar una Vuelta a España”. Antón ganó en lugares que forman parte de su memoria sentimental, como el Zoncolan o Bilbao. No era, explica, un corredor obsesionado únicamente con engordar el palmarés. “Soy más romántico. Me gustan los momentos bonitos y ahí me crezco”, resume. Su carácter siempre estuvo más ligado a buscar días especiales que a una acumulación compulsiva de resultados: escenarios de montaña, jornadas marcadas en rojo, momentos en los que medirse a los mejores. “Mi carácter ha sido buscar etapas o momentos decisivos, intentar buscar cuando hay algo especial”, explica. Incluso recuerda días en los que sabía que ganar era prácticamente imposible, pero en los que quería estar delante, dejarse ver y sentirse parte del espectáculo. Quizá por eso recuerda especialmente cómo consiguió cerrar su propio círculo. Tras aquella caída regresó al año siguiente y conquistó la etapa de Bilbao, uno de los triunfos más emocionales de su trayectoria. “Recuerdo que yo me fui al hospital el día que me caí siendo líder. Dormíamos en un hotel y no pude dormir. Un año después dormí en ese mismo hotel y acabé ganando en Bilbao. Entonces cerré un círculo en ese sentido”. Es la otra cara del ciclismo. “El ciclismo puede ser cruel: un día eres intocable y al día siguiente estás en la ambulancia”, sentencia Antón. “Pero también es épica, supervivencia y superación. Es volver a levantarse”. La frase resume buena parte de su propia carrera y también lo sucedido ahora con Pogacar. El esloveno parecía controlar LaVuelta con la autoridad de quien domina casi cualquier escenario hasta que una caída cambió por completo el guion. No hubo un ataque, una crisis física o una derrota táctica. Simplemente apareció ese elemento imprevisible que acompaña siempre al ciclismo. Por eso Antón insiste en que incluso las grandes estrellas están expuestas. “Ya puedes ser el mejor del mundo”, repite. La carretera no distingue palmarés. “Ahora se abre una Vuelta diferente” La retirada de Pogacar también ha cambiado por completo el escenario deportivo de esta LaVuelta. Enric Mas ha heredado un liderato que Movistar ya defendió con éxito en Aitana, pero Antón no cree que pueda darse nada por hecho. “Ahí está lo bonito: hay que verla”, señala. El antiguo corredor de Euskaltel considera que el equipo telefónico tendrá que asumir ahora una responsabilidad completamente diferente. Una cosa es disputar etapas y moverse alrededor del gran favorito y otra gestionar diariamente el maillot rojo, controlar fugas, movimientos tácticos y ataques de rivales que ahora ven una oportunidad que hace apenas unos días parecía casi inexistente. “No es fácil controlar todas y cada una de las situaciones que se den. Movistar tendrá que rehacerse y vamos a decir que lo han hecho bien en Aitana. Pero hay muchas etapas trampa”. Y enfrente hay rivales que conocen perfectamente lo que supone pelear una gran vuelta. Antón destaca especialmente a Oscar Onley, por su juventud y crecimiento, y, por supuesto, a Primoz Roglic, posiblemente el hombre con mayor experiencia del grupo cuando se trata de gestionar una carrera de tres semanas. “Onley es un chaval joven que está creciendo y ya sabe lo que es estar delante. Y Roglic sabe lo que es ganar cuatro Vueltas. No se lo van a poner nada fácil”. Para Antón, precisamente ahí aparece el nuevo atractivo de la carrera. Con Pogacar, la sensación era que el gran dominador tenía prácticamente asegurada su presencia en lo más alto. Sin él, el tablero vuelve a estar abierto. “Está muy bonita. La organización puede estar contenta y también el espectador. Se abre ahora una Vuelta diferente. Antes teníamos a un crack que sabíamos que tenía prácticamente los dos pies en el podio. Ahora no se sabe”. Y todavía queda terreno suficiente para que todo vuelva a cambiar. Antón apunta especialmente hacia las grandes jornadas que faltan y al desenlace en Granada como escenarios capaces de modificar por completo la clasificación. La experiencia le obliga a no dar nada por hecho. Antón también mira con especial cariño hacia Euskaltel-Euskadi, el equipo que marcó buena parte de su carrera. Celebra que el proyecto continúe vivo pese a competir contra estructuras con presupuestos y medios muy superiores. Lo explica con una comparación contundente: “Euskaltel muchas veces está luchando con espadas de madera en una guerra contra gente que tiene drones y misiles”. Por eso considera especialmente importante cualquier movimiento que pueda devolver ilusión y experiencia al proyecto. La posibilidad de que Mikel Landa tenga un papel relevante en el futuro del equipo le parece una magnífica noticia. “Que siga vivo, que dé oportunidades a los chavales y que Landa pueda dar un impulso ahí en el equipo para generar ilusión y enseñar a los jóvenes es fabuloso. Es una suerte grandísima”, señala. Antón admite incluso que no esperaba que Landa quisiera realizar ese paso en la parte final de su trayectoria deportiva. Por eso valora todavía más la posibilidad de que una figura de su dimensión pueda convertirse en referencia para los corredores jóvenes y ayudar a impulsar nuevamente al equipo. Su deseo es sencillo: que Euskaltel siga creciendo y pueda continuar estando presente en escenarios como LaVuelta. Porque si algo queda después de tantos años es precisamente eso: el vínculo emocional con la carrera, con los equipos y con aquellos lugares en los que construyó su historia. Igor Antón lo sabe mejor que casi nadie. Ninguna clasificación general está conquistada hasta que termina la carrera. Y ningún ciclista, por extraordinario que sea, está a salvo de ese instante capaz de cambiarlo todo. Él lo descubrió siendo líder. Pogacar lo ha vuelto a recordar años después. Entre sentirse invencible y acabar dentro de una ambulancia pueden existir únicamente una curva, un bache y unos pocos segundos. Pero, como también aprendió Antón, el ciclismo siempre ofrece otra carretera para volver a levantarse.
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