30 años de la última pedalada de Indurain: “A todos nos hubiera gustado que fuera de otra manera”
El 20 de septiembre de 1996, camino de los Lagos de Covadonga, el pentacampeón del Tour se bajó de la bici frente al Hotel Capitán y no volvió a subirse
El 20 de septiembre de 1996 Miguel Indurain se bajó de la bicicleta frente a la puerta de un hotel asturiano y, sin saberlo casi nadie entonces, cerró una era del ciclismo español. Este domingo se cumplen treinta años de aquel gesto, tan sencillo como definitivo: parar la bici, cruzar la acera, entrar en el Hotel Capitán. La carrera -aquella Vuelta de 1996- siguió su curso hacia los Lagos de Covadonga. Él ya no. Cuesta imaginar hoy lo que significaba entonces ver a Miguelón, la gran leyenda del ciclismo patrio, 'rendirse'. Llevaba cinco Tours seguidos en las piernas, dos Giros en la memoria y un oro olímpico reciente colgado del cuello. Tenía 32 primaveras, la edad en la que un ciclista de su generación aún podía soñar con una temporada más. Y sin embargo allí estaba, en una carretera secundaria, lejos de los Campos Elíseos, aceptando que el cuerpo ya no respondía a las órdenes de siempre. La retirada oficial no llegó hasta el 2 de enero de 1997, meses después. Pero quien mire con perspectiva sabe que el final deportivo de Indurain se escribió allí, frente a ese hotel, con los Lagos todavía por delante y el corredor ya fuera de carrera. “Me acuerdo perfectamente. Iba yo en aquel grupo y la etapa había sido dura, venía ya todo muy cortado”, cuenta a MARCA Dani Clavero, exciclista y 'tribuno' de Radio MARCA que vivió la escena desde dentro del pelotón. “De repente pasamos delante de un hotel y Miguel se paró en el lado contrario. Yo pensé que le pasaba algo, que era una avería”, rememora. La acumulación de motos alrededor de Indurain despejó pronto las dudas: “Enseguida fue una noticia que corrió por el grupo: ‘Se ha parado Miguel, le ha pasado algo’. Aunque no íbamos en cabeza de carrera, ya era la noticia”. Nadie podía imaginar entonces que aquella parada sería definitiva. Ni siquiera quienes circulaban unos metros por delante o por detrás de él: “Hasta que no llegamos arriba no fuimos conscientes”. Aquella escena también quedó grabada en quienes la siguieron desde casa. Joaquim ‘Purito’ Rodríguez recuerda haberla visto por televisión junto a sus padres. “Se iba hablando durante aquella Vuelta de que Miguel no quería ir y se veía que tampoco estaba en su mejor momento de forma”, explicaba a MARCA durante LaVuelta'26. Él era todavía un niño y reconoce que no vivió aquel abandono con la misma dimensión que su padre: “No lo sentí con la misma tristeza que él. Recuerdo que mi padre estaba bastante triste porque se dio cuenta de que posiblemente era su última carrera. Yo lo viví como algo más anecdótico, eso de que un corredor se bajara delante de un hotel”. Años después, Purito admite que creció deportivamente viendo tanto a Perico Delgado como al propio Indurain. Igual que muchos otros ciclistas españoles. Hay escenarios que entran en la historia del deporte sin haber sido nunca una meta, una salida ni un puerto de montaña. El Capitán es uno de esos lugares extraños: no ganó fama por lo que ocurrió en su interior, sino por lo que un ciclista decidió no seguir haciendo justo enfrente. Desde entonces, el hotel arrastra una identidad que no buscó pero tampoco puede quitarse de encima: el sitio donde se acabó Indurain. “Aquí se para mucha gente para cotillear. Es cierto que los que no son fans del ciclismo quizá no lo recuerden tanto. Pero sí se para mucha gente”, confirman a MARCA desde el hotel. En la entrada recibe a los huéspedes una fotografía firmada por el propio Indurain. A la derecha, la sala donde el corredor atendió a los periodistas nada más bajarse de la bici, convertida con los años en una especie de reliquia informal, sin placas ni vitrinas, solo una habitación normal de hotel que un día fue otra cosa. “Muchos vienen preguntando, se hacen fotos e incluso se hospedan aquí. Hay muchas pruebas ciclistas y cicloturistas que se hospedan o simplemente gente que hace deporte y que les gusta venir”, cuenta el responsable del establecimiento. Aunque reconoce que ese vínculo no siempre se ha cuidado igual: “Por desgracia, como ha habido varios cambios de dueños, ha habido épocas donde no se ha sabido explotar este tema”. Para entender por qué Indurain se paró ahí y no en otro sitio, hace falta rebobinar hasta el verano de 1996. Había llegado al Tour buscando una sexta victoria consecutiva, algo que nadie había logrado antes. Durante un lustro, su regularidad casi mecánica había marcado el techo de aspiraciones de toda una generación de rivales: abría huecos en las cronos, sellaba ventajas en la montaña, transmitía una calma que terminó por parecer parte del paisaje. Ese verano se rompió el guion. En Les Arcs, el navarro perdió la rueda del grupo de cabeza y con ella algo más que segundos: perdió el aura. Bjarne Riis se llevó aquel Tour; Indurain acabó undécimo. El corredor al que todos daban por invulnerable tuvo, por primera vez en años, un mal mes de julio. Faltaba por saber si aquello era un tropiezo pasajero o el principio de algo distinto. Atlanta pareció despejar las dudas. En la contrarreloj olímpica volvió a ganar, con Abraham Olano de plata a su lado, y el oro devolvió cierta esperanza: quizá el Tour había sido solo un mal trago y aún quedaba cuerda para rato. Entre ese podio olímpico y la carretera del Hotel Capitán pasaron apenas unas semanas. LaVuelta entró en el calendario por insistencia del Banesto. Indurain no la corría desde 1991, cuando había terminado segundo, y la carrera española seguía siendo una cuenta pendiente en su palmarés. Pero alargar la temporada implicaba volver a exigirse justo cuando el cuerpo ya daba señales de cansancio. Esa sensación también existía dentro del pelotón. “El recuerdo que tengo es que en el Tour ya no le había ido muy bien ese año y que le habían forzado mucho la máquina para que corriera LaVuelta. Era como que había venido un poco obligado”, señala Clavero. Para el entonces corredor, aquel contexto terminó pesando: “Entre que no se debía encontrar muy bien, esa obligación de correr, la fatiga y el cansancio, se juntó un poco todo”. Al principio, el arranque sostuvo las expectativas: llegó a ser segundo de la general tras la contrarreloj de Ávila. Luego, en el Naranco, aparecieron otra vez las grietas. Aun así, afrontó la etapa de los Lagos en tercera posición, con el desenlace todavía abierto sobre el papel, aunque sus piernas ya contaban una historia distinta a la del maillot. En el alto del Fitu se quedó atrás definitivamente. Su compañero Marino Alonso aguantó un tramo a su lado, hasta que el propio Miguel le pidió que siguiera sin él. Después llegó el descenso, el valle, y finalmente la parada frente al hotel. Clavero guarda hasta el paisaje de aquella jornada. “Era el típico día de Asturias. No acababa de llover, pero tampoco estaba despejado: nublado, fresco”. LaVuelta todavía terminaba entonces a finales de septiembre y el otoño ya empezaba a hacerse notar en las carreteras del norte. Jalabert ganó la etapa en los Lagos; Alex Zülle se llevó aquella Vuelta semanas más tarde. Pero la noticia real estaba en el valle, no en la cima: Indurain había abandonado. Durante los meses siguientes aún circularon rumores de continuidad, de otro equipo, de un último intento por el sexto Tour. A la afición española le costaba aceptar que su campeón pudiera simplemente elegir otra vida. También al pelotón. “Lo que no nos imaginábamos era lo que se vivió después, que la cosa se empezara a alargar, que la relación dentro del equipo no era buena, que al final igual no volvía a correr, que igual corría con la ONCE…”, recuerda Clavero. Ninguna de aquellas hipótesis llegó a materializarse. “Al final fue su último dorsal, su última carrera”. Cuando llegó el anuncio de la retirada, en enero, Miguel admitió que había necesitado tres meses para decidirse y que, físicamente, todavía se sentía capaz de pelear por otro Tour. Esa confesión explica mejor que ninguna otra cosa lo que pasó frente al Hotel Capitán: seguir no dependía solo de las piernas, sino de las ganas de volver a pasar por todo lo que exige ganar. Clavero cree que Indurain tomó simplemente la decisión que necesitaba tomar: “Yo creo que él, en el fondo, hizo lo que creyó mejor en ese momento”. Pero también lamenta la forma en la que acabó la historia deportiva del gran dominador español de los años noventa. “Que el mejor ciclista español de la historia se tuviera que retirar así, sin poder despedirse de la afición… Es una cosa que tengo grabada en la cabeza”. Había además otra pequeña herida. LaVuelta quedó para siempre fuera de su palmarés. En 1991 había terminado segundo por detrás de Melchor Mauri en una edición marcada por el mal tiempo y por la modificación de algunas etapas de montaña. Cinco años después regresó para intentar completar la colección, pero tampoco pudo hacerlo. “Fue una manera un poco circunstancial de retirarse. A todos nos hubiera gustado que hubiera sido de otra manera”, admite Clavero. Curiosamente, pese a haber coincidido después con Indurain en numerosas ocasiones, nunca ha hablado con él sobre aquella jornada. “He tenido oportunidad de estar con Miguel en muchos sitios y muchas cosas después y nunca hemos comentado cómo lo sintió él o cómo lo vivió”, explica. Tres décadas después, tampoco cree que aquel desenlace cambie lo esencial: “A veces te hubiera gustado que fuera de una manera y la vida te pone en otras circunstancias. Pero, en cualquier caso, Don Miguel con mayúsculas”. Treinta años después, el hotel sigue ahí, entre el recuerdo y el negocio, entre la fotografía de la entrada y los cambios de dueño que a veces han dejado esa historia en un segundo plano. Para unos es solo un alojamiento más camino de los Lagos. Para otros, el lugar exacto donde una generación entera de aficionados tuvo que aprender, de golpe, a dejar de esperar el regreso de Miguel.
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