Skip to content
Gigantum.net
Cycling

"Pogacar siempre tiene la culpa de todo"

La opinión de Nacho Labarga

· 615 words

Hay una teoría que empieza a circular cada vez que Tadej Pogacar se queda solo: que esto aburre. Es una teoría curiosa, porque consiste en pedirle al mejor que levante el pie para poder seguir creyendo en el suspense. Como si Miguel Ángel hubiera tenido que dejar una esquina de la Capilla Sixtina a medio pintar para darle emoción al asunto. Pogacar tiene la culpa de todo. De atacar demasiado, de ganar demasiado, de hacerlo demasiado lejos y, sobre todo, de haber convertido lo extraordinario en una costumbre. Ganar demasiado siempre termina pareciendo una descortisía.  El ciclismo tiene una relación extraña con sus tiranos: primero los espera durante años y, cuando aparecen, empieza a preguntarse cuándo se irán. Se reclama un nuevo Merckx hasta que aparece algo parecido a Merckx. Se pide un corredor que ataque de lejos, que corra sin mirar el potenciómetro, que convierta una etapa cualquiera en un acontecimiento; y cuando aparece uno capaz de hacerlo, resulta que tampoco sirve porque gana demasiado. Pero hay algo más, y lo ocurrido este martes quizá sea la mejor prueba. Pogacar no sólo mejora las carreras cuando ataca: también mejora a quienes lo persiguen. Su movimiento obligó a los demás a abandonar el cálculo, enseñar las cartas y correr de verdad. Detrás apareció la mejor versión de muchos de sus rivales (los Roglic, Mas, Carapaz y compañía) porque delante había alguien que no permitía esconderse. En otro escenario, sin Pogacar lanzando una piedra contra el escaparate a cincuenta kilómetros de meta, quizá aquellos perseguidores habrían llegado juntos, vigilándose, reservando fuerzas y esperando el último puerto o el último kilómetro.  Él rompió la carrera y, de paso, rompió sus excusas. Esa es una de las grandes paradojas de su dominio: se dice que resta emoción porque es demasiado superior, cuando muchas veces es precisamente su superioridad la que fabrica la carrera que después se celebra. Sin él quizá habría más igualdad, sí. Pero igualdad no siempre significa espectáculo. A veces sólo significa diez hombres mirándose hasta que quedan dos kilómetros. Pogacar tiene además algo todavía más incómodo: hace sencillo lo imposible. Se marcha a cincuenta kilómetros de meta y durante unos segundos parece que está exagerando. Pasan diez kilómetros, veinte, treinta, y el ataque que parecía una temeridad empieza a convertirse en una sentencia. Ahí está la fascinación. Los grandes dominios deportivos parecen eternos únicamente mientras están sucediendo. Después pasan los años y aquellas tardes que parecían repetirse adquieren otro valor. Nadie recuerda especialmente una jornada en la que todos los favoritos llegaron juntos porque hubo mucha igualdad.  Se recuerda al tipo que se marchó cuando todavía parecía absurdo marcharse. El gran riesgo de Pogacar no es que aburra, sino que acostumbre. Que lo excepcional pierda su condición de excepcional por culpa de repetirse demasiadas veces. Que atacar desde donde nadie ataca, destrozar un grupo y obligar a todos los demás a correr al límite termine pareciendo una jornada cualquiera. El aburrimiento es saber lo que va a pasar y que no importe. Con Pogacar quizá muchas veces se intuya lo que va a pasar, pero sigue importando muchísimo cómo sucede. Importa dónde ataca, cuánto falta, quién intenta seguirlo y hasta dónde obliga a llegar a quienes vienen detrás. Pogacar arrastra a los rivales hacia lugares a los que probablemente no irían solos.  Tiene la culpa de que se hayan normalizado ataques que hace unos años habrían parecido suicidas, de que una exhibición de cincuenta kilómetros empiece a parecer otra tarde en la oficina y de que incluso se pueda discutir si semejante barbaridad resulta aburrida. Sí, Pogacar tiene la culpa de todo. Hasta de que algún día, cuando ya no esté, se descubra cuánto divertía.

Gathered from external sources. Rights to this text belong to whoever originally published it.