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Los secretos del ciclismo de los 80: "Inventábamos relatos para la prensa y comprábamos equipos con billetes"

Ruiz Cabestany presenta ‘Mi bicicleta y otros animales’, un viaje sin filtros por su carrera, sus miedos y una época del ciclismo en la que casi todo se resolvía dentro del pelotón

· 1,077 words

Mi bicicleta y otros animales (Libros de Ruta), de Pello Ruiz Cabestany, es un viaje por todo lo que rodeó al ciclista: la infancia, la presión, los miedos, las heridas y una relación con la bicicleta que pasó de ser refugio a convertirse en profesión y, durante algunos años, también en una carga pesada. “La bicicleta fue primero una vía de escape, pero la fama y la presión acabaron haciéndome sufrir”, explica el exciclista. Su relato no se limita a victorias, derrotas o grandes vueltas. Hay infancia, familia, violencia, ansiedad, relaciones personales, dopaje, pactos dentro del pelotón y también algunas de esas historias que durante décadas quedaron escondidas detrás de la versión oficial del ciclismo. Cabestany recuerda cómo empezó a pedalear siendo casi un niño, en un País Vasco marcado por una enorme tensión social. La bicicleta se convirtió en su refugio. “Había muchas cosas que te llevaban a pedalear como un loco: los amores fracasados, la violencia, aquella situación tan convulsa... La bicicleta era una escapatoria”. Con el tiempo, aquella libertad se transformó en obligación: ya no se trataba simplemente de salir a montar, sino de entrenar porque había que ganar. El libro también entra en terrenos mucho más personales. Pello escribe sobre episodios de su infancia que había mantenido enterrados durante décadas y sobre una familia en la que había asuntos de los que sencillamente no se hablaba. Para él, escribir ha supuesto regresar a todos esos lugares desde otra perspectiva. “He podido expresar todo lo que llevaba dentro de una época de mi vida”, explica. Su intención, asegura, era hacerlo sin solemnidad, como si estuviera contando historias a un amigo durante uno de sus viajes en bicicleta. Cuando ganar dejó de ser divertido Uno de los grandes hilos del libro es la presión. Ruiz Cabestany pasó muy rápido de ser un joven que disfrutaba sobre la bicicleta a convertirse en una de las grandes figuras del ciclismo español. Con los resultados llegaron las expectativas, el dinero y la obligación de responder. Y también la ansiedad. Hubo carreras en las que llegó a desear que ocurriera algo que obligara a detenerlas. “Ojalá haya un terremoto o pase algo que obligue a parar esto y nos vayamos todos a casa”, llegó a pensar. No quería abandonar porque sentía que hacerlo significaba fracasar ante todo lo que le rodeaba. La presión estaba en no fallar, no quedarse atrás y demostrar permanentemente que merecía el lugar que había alcanzado. Su hermano Jordi también dejó el ciclismo de forma abrupta. Cabestany utiliza aquella experiencia para retratar otra característica de aquellos años: prácticamente nadie hablaba de salud mental. “Si un deportista de élite tenía problemas en la cabeza, el equipo no se preocupaba”. El corredor desaparecía, dejaba de cobrar y la vida seguía. No había psicólogos ni estructuras preparadas para entender qué había ocurrido. Esa mirada hacia atrás atraviesa todo el libro. No es únicamente nostalgia por un ciclismo menos controlado. También hay una revisión crítica de muchas cosas que entonces se aceptaban con naturalidad. Dentro de esa memoria aparece inevitablemente Pedro Delgado. Cabestany recupera uno de los episodios que más le marcaron, aquel Tour de 1985 en el que marchaba escapado y recibió la orden de esperar a Perico. Pello recuerda que se puso a llorar cuando tuvo que detener su marcha. Después hizo su trabajo y Delgado terminó ganando la etapa. Pero lo más revelador llegó después. “Creamos, inventamos, de cara a la prensa, una historia porque era muy feo. Inventamos”, contó Cabestany durante la presentación de su libro el pasado miércoles en Madrid. La versión que quedó para la historia fue que todo había respondido a un plan diseñado previamente. Según él, no fue así. No necesita muchos más detalles para explicar cómo funcionaba aquel ciclismo. Existía lo que ocurría realmente sobre la carretera y después estaba el relato que se construía alrededor. También había acuerdos entre corredores y equipos que hoy resultarían difícilmente imaginables. Cabestany recuerda con naturalidad cómo, en determinadas circunstancias, se podía pedir la colaboración de otros equipos "con billetes”. Por ejemplo, en 1985, en la Vuelta a España, Pello era líder con solo seis segundos de ventaja sobre Robert Millar cuando Delgado volvió a atacar, otra vez siendo compañero suyo. “Era mi compañero. Era de mi familia. ¿Cómo me puede hacer esto? No lo entendía”. La bronca interna llegó enseguida, y al día siguiente apareció otro problema: varios rivales se fueron por delante y el equipo de Cabestany tuvo que montar la persecución. Ahí entró en juego otra costumbre de la época. “Nos tuvimos que poner a tirar. Tuvimos que comprar un par de equipos”. ¿Cómo se compraba un equipo? “Con los billetes”. Y Pello va más allá: “Todo el mundo compraba en esa época”. Según su relato, varios hombres del Panasonic acabaron arrimando el hombro en la caza, y la diferencia, que llegó a rondar los tres minutos, se quedó en poco más de veinte segundos. “Se compró el Panasonic”, resume. Son historias de otro ciclismo, pero también sirven para entender el universo que intenta reconstruir en el libro: un deporte mucho más artesanal, con códigos propios y con fronteras mucho menos claras entre compañeros, rivales, favores y alianzas. La gran paradoja de Mi bicicleta y otros animales es que, después de todo aquello, Cabestany nunca terminó odiando la bicicleta. Cuando dejó la competición empezó a descubrir otra forma de utilizarla. Viajó con alforjas, recorrió lugares como Indochina (Malasia, Tailandia, Laos y Vietnam) o Nicaragua y volvió a pedalear sin tiempos, contratos ni resultados. “La bicicleta me ha dado mucho más bien que mal”, resume. En algunos de aquellos viajes, asegura, disfrutó incluso más que durante toda su carrera profesional. Mientras medio país veía al ciclista famoso y podía envidiar su vida, él soñaba con la libertad de quienes podían coger una bicicleta y marcharse sin tener que demostrar nada a nadie. Quizá ahí esté el verdadero hilo del libro. No tanto en ajustar cuentas con el ciclismo de los años 80 como en explicar cómo un niño utilizó una bicicleta para escapar, cómo un profesional terminó sintiéndose atrapado por ella y cómo, muchos años después, consiguió recuperarla. Cabestany vuelve a mirar ahora aquel mundo con distancia, humor y pocas ganas de esconder sus contradicciones. Las grandes victorias están ahí, pero también los miedos, las heridas y los códigos de una época. Porque antes de ser una profesión, y después de dejar de serlo, la bicicleta volvió a ser simplemente una bicicleta

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Saturday, October 10, 2026

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