"Pogacar no vino a cumplir, vino a por la historia"
La opinión de Mikel Zabala
Que Pogacar es ya el mejor ciclista de todos los tiempos apenas se discute. Que le faltaba una Vuelta -aquella de 2019 en la que subió al podio y estalló su leyenda- lo pensaba él y lo pensábamos todos. Ganarla no solo le añadiría un título, le cerraría el círculo. Que estuviera en la salida de Mónaco no era seguro. El doblete Tour-Vuelta es factible sobre el papel, pero difícil en la realidad y no siempre deseable para el ciclista por sus posibles secuelas: cómo se afronta y se rinde en la segunda grande depende de cómo se acabó la primera. Ahí está la clave. Pogacar terminó el Tour de 2026 menos desgastado, física y sobre todo mentalmente, que en 2025 cuando asomaron los signos de fatiga. Veintisiete días después estaba en la línea de salida. Y en Andorra, atacando a 50 kilómetros de meta, dinamitó la carrera y la puso muy a su favor. Pero en veintiuna etapas pueden pasar demasiadas cosas. El cuerpo y la cabeza sufren, y más aún en el caso del líder, bajo presión permanente. Por eso este sobreesfuerzo se ha intentado tantas veces y solo tres ciclistas lo han conseguido: Anquetil en 1963, Hinault en 1978 y Froome en 2017. Pogacar sería el cuarto. Y, por si fuera poco, el ciclismo actual es más exigente que ninguno, se va al límite cada día y se respeta lo justo. Ser Pogacar parece fácil porque él lo hace parecer fácil. De ahí la injusticia de decir que aburre. Lo aburrido sería no verlo. Todos lo queríamos en la Vuelta, y los astros —y el astro— se han alineado para que estemos asistiendo a un pedazo de historia. Gracias, Tadej, por luchar y por respetar así la Vuelta. Porque hay que hacerlo. Y hacerlo así, con esta facilidad aparente y esta entrega, es de otro planeta. Del planeta del rey Pogacar.
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