"No es tiempo de pasar facturas, sí de sacar la trompeta"
La opinión de Nacho Labarga
A Enric Mas le enterraron tantas veces que ya debería tener descuento en la funeraria. Cada curso aparece alguien dispuesto a explicar que le falta colmillo, sonreír como Landa o incluso desayunar con más brío. Se hacen juegos feos con su apellido, se retuercen los memes. Tampoco debe de ser sencillo cargar con el brazalete de jefe de Movistar, el único equipo español de ahí arriba y, con ello, el que recibe todos los palos. Mas heredó un trono enorme en el equipo donde brilló Indurain, Perico o Valverde. Incluso pierde el 'golaverage' con Mikel Landa, coetáneo con menos victorias. El landismo siempre fue una fe; el masismo, en cambio, parece necesitar una auditoría trimestral. Enric tampoco se ayudó con aquellas promesas de podio que después se quedaban a media montaña. Cada "vengo para estar entre los tres mejores", como el del último Giro, regresaba semanas más tarde convertido en factura si no lo sacaba, sobre todo fuera de su casa que es LaVuelta. Y a un ciclista que habla bajito se le escuchan especialmente fuertes las expectativas incumplidas. Mas ha vivido durante años en ese lugar tan español donde al segundo se le considera el primero de los perdedores y al prudente, sospechoso. Se le reprocha no atacar y, cuando lo hace, se le pregunta por qué no atacó antes, como si llevara el botón del turbo escondido en el manillar. Si acaba segundo, le falta ambición; si arriesga y revienta, no sabe medir sus fuerzas. Si habla de luchar por el podio, vende humo; si rebaja las expectativas, carece de carácter. Si sigue la rueda de Pogacar, es conservador; si intenta seguirla y explota, un inconsciente. Si sonríe después de perder, parece conformista; si pone mala cara, no sabe encajar la derrota. Mas corre contra el ciclista imaginario que cada aficionado dirige desde el sofá. Él reconoce que no es un ganador, aunque se le pida guiñar ojos desde lo más alto del cajón. En Castellón, este jueves, volvió a parecer -para sorpresa de la gran mayoría- el corredor que muchos habían dejado de esperar. Sacó la trompeta. Aguantó a Pogacar en El Bartolo, respondió cuando tocaba, le sobrepasó para bonificar -dejando un vídeo que muchos fijará en sus perfiles- y solo cedió en el sprint ante el esloveno, al que ganó hace cuatro años en el Emilia. Perdió la etapa, pero recuperó algo más difícil: el derecho a que se vuelva a creer en él. La resurrección de Enric tiene además una ventaja: conoce perfectamente el camino de regreso. Le han mandado al otro barrio tantas veces que puede hacerlo sin GPS. Y ahí está otra vez, pedaleando con su mejor versión tras superar trombos, caídas, lesiones, miedos a los descensos, críticas de los haters... No es tiempo de pasar facturas, sí de sacar la trompeta.
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