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Muere Ángel Arroyo, el hombre que devolvió a España al podio del Tour

El abulense, segundo en la cita de 1983 y vencedor en el mítico Puy de Dôme, devolvió al ciclismo español a la primera línea antes de la llegada de Perico e Indurain

· 880 words

Ángel Arroyo, una de las grandes figuras del ciclismo español de los años ochenta, ha fallecido a los 70 años. Se marcha el corredor que devolvió a España al podio del Tour de Francia y que abrió una puerta por la que después pasarían Pedro Delgado y Miguel Indurain. Un ciclista bravo, intuitivo y poderoso, nacido para trepar cuando las carreteras eran estrechas, las bicicletas pesaban demasiado y las carreras se resolvían a golpe de instinto. Arroyo nació el 2 de agosto de 1956 en El Barraco, localidad abulense convertida con los años en una de las grandes canteras del ciclismo español. Mucho antes de Carlos Sastre, José María Jiménez o Paco Mancebo, allí estuvo él. Su figura, contemplada por televisión por los niños del pueblo, ayudó a sembrar una tradición que terminaría produciendo campeones y corredores inolvidables. Su gran momento llegó en el Tour de 1983. El ciclismo español atravesaba una larga época de sombras, alejado de los grandes triunfos y con una afición necesitada de nuevos referentes. El Reynolds debutaba en la carrera francesa y Arroyo, también novato en la ‘Grande Boucle’, terminó segundo en la clasificación general, únicamente por detrás de Laurent Fignon. Aquel podio fue mucho más que un resultado: supuso el reencuentro de España con la carrera más importante del mundo. La imagen que mejor resume su legado pertenece al Puy de Dôme. El 16 de julio de 1983, en una cronoescalada de 15,6 kilómetros, Arroyo conquistó el volcán por delante de Pedro Delgado. Dos españoles, dos debutantes y dos corredores del Reynolds ocuparon las primeras posiciones en una de las montañas sagradas del Tour. Cuarenta años después, en una entrevista concedida a MARCA en 2023, Arroyo reconocía que ni siquiera había sido consciente de la dimensión de aquella hazaña. “Fue durísimo, pero en ese momento no te das cuenta de la repercusión que puede tener”, explicaba mientras atendía su lavadero de coches en Segovia. Recordaba que buscaba las sombras de los árboles para poder respirar, que cerraba los ojos para sentir algo menos el dolor de las piernas y que llegó a temer tragarse alguna de las numerosas avispas que encontraba mientras ascendía con la boca abierta. En un pequeño descansillo llegó a soltarse de manos para tomar aire. Un rival que circulaba cerca de él no daba crédito: no entendía que alguien pudiera ganar subiendo de aquella manera. “Ni me enteré de cómo fue aquella victoria”, resumía con la naturalidad de quien había alcanzado la cima sin tiempo para contemplarla. Un año después regresó al Tour, ganó en Morzine y terminó sexto en la general. Fueron las temporadas en las que el ciclismo español recuperó el orgullo y comprendió que podía volver a discutir las grandes carreras a franceses, belgas e italianos. Su trayectoria también quedó marcada por la Vuelta a España de 1982. Arroyo terminó la prueba vestido de líder, pero una sanción posterior por un positivo le arrebató una victoria que había conquistado sobre la carretera. El episodio dejó una herida profunda y acompañó siempre a un corredor cuya carrera estuvo atravesada por una mezcla de talento, carácter y mala fortuna. Profesional entre 1979 y 1989, logró victorias de etapa en el Tour y en LaVuelta, además de imponerse en carreras como la Vuelta a Asturias, la Vuelta a Castilla, la Subida a Arrate o la Clásica de los Puertos. Pero su importancia no cabe únicamente en un palmarés. Arroyo fue el eslabón que conectó dos épocas: la de los años de sequía y la generación que después convertiría el Tour en territorio habitual para el ciclismo español. Su vida después de la bicicleta estuvo muy alejada de la comodidad que ahora acompaña a muchas estrellas. Se retiró con 32 años, sin ahorros, sin Seguridad Social y obligado a comenzar de nuevo. “Nunca he sabido lo que significa esa palabra; solo sé lo que son los préstamos”, confesaba en aquella entrevista. Arroyo puso en marcha tres lavaderos de coches en Ávila, Collado Villalba y Segovia. Trabajaba desde primera hora de la mañana y, ya cerca de los 67 años, reconocía que no podía retirarse: “Si lo dejo, no tendría ni para pagar la calefacción en invierno o el aire acondicionado en verano. Vivo al día”. Nunca consideró aquel trabajo una deshonra. Al contrario. “Alguno a lo mejor lo ve como una humillación, pero para mí no lo es. Me gusta y disfruto con lo que hago. Tengo la vida de cualquier trabajador”, reivindicaba. Mientras daba cambio, atendía a los clientes y revisaba los lavaderos, continuaba saliendo en bicicleta dos o tres veces por semana. En esas palabras aparecía el verdadero Ángel Arroyo: el hombre que había conquistado uno de los volcanes más célebres del Tour y que después regresó al suelo sin reclamar privilegios. Conservaba el orgullo por lo realizado, pero no vivía prisionero de la nostalgia. Sabía que las piernas que un día lo llevaron hasta el podio de París no podían pagar las facturas cuarenta años después. Arroyo no figura como ganador oficial de una gran vuelta, pero hizo algo reservado a los elegidos: consiguió que un país volviera a mirar el Tour. Antes de Perico y antes de Indurain, un hombre de El Barraco conquistó el Puy de Dôme y enseñó al ciclismo español el camino de regreso.

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Saturday, October 10, 2026

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