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Monday, September 14, 2026

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Cycling

El Enric menos pensado, de secundario a estrella: "Cerró la boca a todos"

El mallorquín conquista LaVuelta tras cuatro podios, críticas, miedos, lesiones y una tromboflebitis que amenazó su carrera. A los 31 años ya es ganador de una grande

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Enric Mas llevaba media vida pedaleando detrás de alguien que los demás habían imaginado por él. El sucesor de Alberto Contador. El líder del ciclismo español. El hombre destinado a ganar una gran vuelta. El corredor al que se le pedía atacar más, arriesgar más, hablar mejor, dejar de conformarse con otro podio, dejar de ser segundo. Durante años, su nombre se conjugó casi siempre en futuro o en condicional. Podría ganar. Debería ganar. Tendría que ganar. Granada acabó cambiando el tiempo verbal. Enric Mas ganó LaVuelta. La frase es sencilla. Su carrera nunca lo fue. El 13 de septiembre de 2026 no conquistó únicamente una clasificación general. Cerró una conversación que llevaba acompañándolo prácticamente desde que entró en el pelotón profesional, enterró la etiqueta de eterno aspirante, puso fin a doce años sin un español ganando LaVuelta y devolvió a Movistar Team, la gran estructura histórica del ciclismo nacional, a la cima de una gran vuelta. En Granada, sus compañeros cambiaron el azul por el rojo. Rojo en los cascos, rojo en los detalles del maillot, rojo sobre una ciudad elegida alrededor del simbolismo de la Alhambra. El cambio más profundo no se veía en la ropa. Estaba dentro del corredor. El Enric Mas que llegó a Granada había dejado atrás al que pasó años persiguiendo Granada. Nació en Artà, Mallorca, el 7 de enero de 1995 y la bicicleta ni siquiera fue su primera elección. Jugaba al baloncesto cuando un amigo insistió en que probara el ciclismo. Tenía alrededor de 12 o 13 años. Se subió a la bici, empezó a competir y descubrió que las cuestas se le daban especialmente bien, incluso en aquel tiempo en el que se definía con humor como un niño «gordete». Después aparecieron Toni Colom y Miquel Alzamora, figuras decisivas en la formación de un talento todavía por moldear. El camino terminó llevándolo hasta Alberto Contador. En 2013 entró en la Fundación del campeón madrileño, pasó allí sus años de formación y después dio el salto al Klein Constantia, filial de Quick-Step. En 2016 compitió con el equipo de desarrollo. En 2017 ya estaba en el WorldTour con Quick-Step. Aquel mismo año recibió una herencia que nadie podía tocar con las manos y que, con el tiempo, pesaría más que muchas montañas. Contador se despedía del ciclismo en LaVuelta de 2017 cuando le preguntaron quién podía tomar su relevo. Señaló a Mas. El elogio tenía el tamaño de la carrera del madrileño y también la gravedad de todo lo que venía detrás. Un año más tarde, con sólo 23 años, el elegido parecía preparado para darle la razón. Ganó en Arrate en la Itzulia, deslumbró durante LaVuelta y terminó de presentarse al mundo en la Collada de la Gallina. Venció aquella etapa y acabó segundo en la general detrás de Simon Yates. España miró al futuro y creyó haber encontrado sustituto. Mas trató de poner distancia desde el principio. No quería ser el nuevo Contador. Quería ser Enric Mas. Necesitó ocho años para conseguirlo por completo. Aquella irrupción también dejó una trampa. Desde entonces, todo lo que no fuera ganar empezó a parecer poco. Mas era demasiado bueno para recibir el trato de un corredor cualquiera y le tocó crecer en una época despiadada. Mientras maduraba, irrumpieron generaciones excepcionales encabezadas por Pogacar, Vingegaard y Evenepoel, con Roglic todavía acumulando grandes vueltas. Mas seguía allí. Segundo. Cuarto. Quinto. Otra vez segundo. Su mayor virtud terminó convertida en una de sus principales acusaciones: era extraordinariamente regular y ganaba poco. Recuperaba bien durante tres semanas, escalaba con los mejores, rara vez explotaba por completo y coleccionaba puestos que la inmensa mayoría del pelotón habría firmado para una carrera entera. A él se le pedía otra cosa. La presión creció todavía más cuando fichó por Movistar en 2020. Llegaba al equipo de Delgado, Indurain, Olano, Valverde y Quintana, a una formación española acostumbrada históricamente a vivir alrededor de las grandes vueltas y necesitada de un nuevo hombre que las sostuviera. Mas parecía construido para ese papel. Fue segundo en LaVuelta en 2021, repitió segundo puesto en 2022 y terminó tercero en 2024. Antes de 2026 sumaba cuatro podios en la carrera española contando el de 2018. En mayo de 2025 renovó con Movistar hasta 2029 y reconoció cuál era la espina que seguía clavada: quería ganar una gran vuelta con el equipo. Alrededor de aquellos resultados creció otra carrera, una que no se disputaba sobre el asfalto. Mas era demasiado conservador. Esperaba demasiado. Atacaba poco. Se conformaba. Le faltaba instinto asesino. Algunas críticas señalaban defectos reconocibles. Nunca fue un corredor sencillo de descifrar y su comunicación pública tampoco siempre le facilitó el camino. Una respuesta que dentro del ciclismo podía sonar lógica llegaba fuera convertida en conformismo. En un deporte que ha hecho de la épica una religión, al hombre que calcula siempre terminan pidiéndole que, al menos una vez, tire la calculadora por la ventanilla. En esa travesía aparecieron sus problemas de confianza en los descensos, carreras en las que dejó de reconocerse y una presión pública cada vez más pesada. El ciclista que había aparecido atacando en 2018 acabó cargando durante años con la fama de no atacar suficiente. Después llegó algo capaz de convertir cualquier crítica en ruido de fondo. En el Tour de 2025 recibió un golpe en una pierna donde tenía una variz. Pensó primero en las calas, en las zapatillas, en alguna molestia muscular. Buscó explicaciones mientras el dolor avanzaba hasta dejarlo prácticamente sin poder caminar. El diagnóstico fue una tromboflebitis. Hubo intervención, tratamiento y meses parado. Mas explicó después que estuvo cuatro meses sin competir y que los médicos ya le habían advertido de que recuperar completamente al ciclista anterior necesitaría tiempo. Cuando comenzaba a salir del túnel sufrió además un aparatoso accidente entrenando al meter accidentalmente una mano en la rueda delantera. Durante años la bicicleta le había pedido victorias. De pronto le pedía una cosa más elemental: regresar. Ese periodo ayuda a entender al Mas de 2026. Intentó acelerar los plazos en el Giro y pagó la precipitación. Llegó pensando incluso en pelear por el podio y las piernas no respondieron como prometían los números del entrenamiento. Más tarde admitiría que se había precipitado. Competir y entrenar eran lenguajes distintos. El cuerpo aún necesitaba recordar ciertos esfuerzos. Antes de LaVuelta ya no hablaba como el heredero de nadie. Hablaba como un hombre aliviado por volver a sentirse ciclista. «Vuelvo a disfrutar del sufrimiento», dijo. En una frase cabía buena parte de todo lo que había ocurrido. La primera gran imagen de su transformación llegó en Castellón. Tadej Pogacar atacó en el sterrato del Bartolo y el movimiento tenía algo de escena conocida: el esloveno acelera, la carretera se vacía y los demás quedan detrás. Esta vez alguien volvió. Mas midió el esfuerzo, subió a su ritmo y fue limando la diferencia hasta alcanzar a Pogacar. El campeón esloveno ganó después el sprint. Para Mas quedó algo que pesaría más cuando LaVuelta se endureciera: la certeza de que podía hacerlo. Hasta aquel momento la carrera pertenecía a Pogacar. Después de Bartolo también. Mas había conseguido mirarlo de frente y regresar hasta su rueda. Dos días más tarde llegó el accidente del esloveno y su abandono. LaVuelta cambió de forma. La caída de Pogacar abrió una oportunidad que difícilmente habría existido en las mismas condiciones con él en carrera. La oportunidad todavía tenía dos semanas, montañas, una contrarreloj y rivales. Había que vencer a Primoz Roglic, ganador cuatro veces de LaVuelta. Había que resistir a Felix Gall. Había que cargar con el maillot rojo mientras todos los demás podían arriesgar y sólo uno sentía que tenía algo que perder. Había que hacerlo, además, después de una carrera entera escuchando que en los días decisivos a Enric Mas siempre le faltaba una pieza. El Alto de Aitana apareció al día siguiente y Mas tuvo delante el tipo de escenario que tantas veces había alimentado las dudas alrededor de su figura. Podía protegerse. Eligió moverse. Movistar asumió la carrera y su líder terminó el trabajo: atacó, ganó la etapa y consolidó el maillot rojo. Hacía años que no levantaba los brazos en LaVuelta. Aquellos eleven kilómetros de subida parecieron abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. La organización definió su actuación como una consagración. Mas salió de allí con 1:18 sobre Roglic y 1:39 sobre Gall. A partir de entonces apareció otra versión del mallorquín, la del hombre que ya tenía la carrera en sus manos y sabía convivir con ella. No convirtió cada montaña en una emboscada. Controló Valdelinares, Calar Alto, La Pandera, Peñas Blancas y finalmente el Collado del Alguacil. La diferencia respecto a otros años estaba en las piernas y también en la autoridad con la que se movía dentro de la carrera. Ya no parecía correr pendiente de explicar cómo corría. Corría para ganar. Jerez terminó de dibujar esa sensación. La contrarreloj de 32,1 kilómetros entre El Puerto de Santa María y Jerez era una jornada capaz de convocar todos sus viejos fantasmas. Roglic partía como superior sobre el papel. En Movistar calculaban que el español podía ceder alrededor de un minuto, incluso más. Mas perdió únicamente 33 segundos con el esloveno y salió todavía de rojo, con 1:37 de margen. La etapa concebida como posible punto de derrumbe se convirtió en otra prueba de resistencia. Durante años se había examinado a Mas buscando el día malo, la grieta, el momento en el que su carrera se torciera. En LaVuelta de 2026 apenas la ofreció. Los materiales de MARCA sobre su victoria dibujan esa transformación: quedaron atrás el miedo, los problemas físicos y los años más oscuros; apareció un líder solvente y dominante. La caída de Pogacar pertenece a la historia de la carrera. También pertenece a ella todo lo que Mas tuvo que hacer después para seguir de pie. Porque una gran vuelta no se gana únicamente durante veinte minutos de máxima potencia en una subida. También se gana evitando caídas, soportando el calor, comiendo cuando el cuerpo ya no quiere comer, durmiendo bajo presión, contestando ataques, atravesando una contrarreloj, confiando en el equipo y conservando la cabeza después de casi veinte días de fatiga. El ciclismo premia los vatios y premia algo más difícil de medir: la capacidad para permanecer. Pocas palabras explican mejor la carrera de Enric Mas. Visto desde Granada, quizá todo había consistido en eso. Seguir. Después del segundo puesto de 2018. Después del segundo de 2021. Después del segundo de 2022. Después del tercero de 2024. Seguir mientras Pogacar y Vingegaard parecían cambiar las reglas del deporte. Seguir cuando las críticas dolían. Seguir después de admitir sus miedos. Seguir cuando una tromboflebitis convirtió la competición en un asunto secundario. Seguir cuando el Giro de 2026 le recordó que su cuerpo todavía estaba buscando al corredor de antes. Hasta que los nombres fueron desapareciendo de la ecuación y él continuó allí, vestido de rojo. La victoria también llevaba escrito el nombre de Movistar. El único equipo español del WorldTour necesitaba un triunfo así después de años viviendo bajo la comparación con su propio pasado, temporadas sin grandes éxitos y el crecimiento de estructuras cuyos presupuestos resultaban imposibles de igualar. Mas había acabado encarnando parte de esa frustración. Cuando perdía él, parecía perder Movistar. Cuando dudaba él, dudaba Movistar. Cada segundo puesto agrandaba la sensación de que todo el ciclismo español viajaba también en el segundo escalón del podio. Granada rompió esa imagen. Doce años después de Alberto Contador, un español volvió a ganar LaVuelta. Eleven años después del Giro de 2015, también de Contador, España volvió a celebrar un vencedor masculino de una gran vuelta. El círculo tenía algo de literatura. El último español antes de Mas había sido precisamente el hombre que lo señaló cuando todavía era un muchacho. Contador creó sin pretenderlo una comparación que acompañó al mallorquín durante casi toda su vida profesional. Mas terminó cerrándola a los 31 años, sin convertirse de repente en otro ciclista. No se volvió Pogacar. No se volvió Contador. Tampoco se transformó en aquel corredor ultraofensivo que algunos reclamaban cada vez que la carretera se inclinaba. Encontró la versión más completa de Enric Mas: el escalador capaz de recuperar durante tres semanas, el hombre que rara vez encadena un día desastroso, el corredor metódico que aprendió a identificar el momento exacto en el que la prudencia ya no servía. En Granada estaban su familia, sus compañeros y muchos de quienes conocían la parte menos luminosa del viaje. Mas explicó la conquista desde un lugar mucho más simple: lo había soñado y había trabajado para conseguirlo. Su familia había sido esencial durante los periodos más duros y reconoció que, una vez vestido de rojo, creyó de verdad que podía terminar ganando. Aquellos cuatro podios anteriores en LaVuelta, los buenos puestos en el Tour y casi una década cerca de los mejores quedaban detrás, formando una carretera larga hasta ese 13 de septiembre. Mas llegó a Granada de rojo, con Movistar alrededor y la Alhambra como fondo. Ocho años después de aquel segundo puesto detrás de Simon Yates, ya no había una comparación esperando en la meta ni una promesa pendiente. Estaba el maillot, estaban sus compañeros y estaba un corredor de 31 años que por fin había ganado la carrera que llevaba media vida persiguiendo.

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