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Friday, September 11, 2026

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Cycling

Torralbo, el mecánico que ha visto pasar a Indurain y a Pogacar: “Hay campeones y champiñones”

El histórico mecánico del UAE repasa con MARCA una vida entre Indurain, Rominger, Sastre y Pogacar y deja una definición inolvidable de los grandes

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Alejandro Torralbo no cuenta el ciclismo con un palmarés, lo cuenta con una caja de herramientas. Lleva casi cuatro décadas de rodilla junto a una bicicleta, apretando tornillos que otros pedalean hasta la gloria, y ha visto pasar por sus manos a Olano, Rominger, Sastre, Ullrich, Valverde, Contador y Pogacar. Suma 46 Vueltas. “Me he daltado una", dice, sin darle mayor importancia, como quien mide el tiempo por etapas y no por años. Empezó de niño en el taller de su tío, entre bicicletas y motos, y entró muy joven en el ciclismo profesional. Desde entonces ha pasado por Clas, Mapei, Banesto, Festina, Bianchi, Cervélo, CSC, Saxo Bank, Tinkoff, Katusha y UAE. Con esa nómina a sus espaldas, su definición de lo que separa a un grande del resto tiene peso propio. "Yo digo campeones, porque hay campeones y champiñones", bromea. Y explica la diferencia sin rodeos: "Un campeón tiene mucho carácter, tiene las cosas claras, no te anda moviendo la bicicleta todos los días cinco milímetros para arriba o para abajo. Quiere su bicicleta y cuando se sube siente que es su bicicleta". De tantos años de carretera le quedan imágenes que ya forman parte de su propia película. Ahí está Tony Rominger vestido de amarillo después de una contrarreloj de LaVuelta, sentado delante de él en el coche durante el regreso: "Fue impactante". Ahí está también la victoria de Carlos Sastre en Alpe d'Huez, uno de los días que más le han marcado. Y ahí, cada vez con más peso, está Tadej Pogacar. Hace dos años ya lo situaba entre los ciclistas más especiales con los que había trabajado; hoy vuelve a dibujar el retrato de un campeón con un matiz que para Torralbo pesa casi tanto como ganar: "Es un corredor con carácter, como tiene que ser un campeón, pero cuando se baja de la bicicleta puede venir a comerse un poco de jamón y tomarse una cerveza contigo". La ausencia del esloveno, precisamente, ha cambiado por completo el día a día del UAE en esta LaVuelta. "Nos cambió la vida. El no estar Tadej cambia todo: a nosotros, a los ciclistas, al público, a la televisión, a todo el mundo", explica Torralbo, sin dramatismo, desde la experiencia de quien ha visto al ciclismo repartir gloria y golpes durante décadas. "Esa situación ya la he vivido en otras ocasiones. Forma parte de nuestro contrato: te vas a caer y te vas a hacer daño". Con él todavía en carrera, asegura, alrededor del equipo apenas habría sitio para moverse entre tanta gente. Miguel Indurain aparece casi por inercia en la conversación. Torralbo coincidía con él sobre todo en los campeonatos del mundo, antes de incorporarse a Banesto en la época de Abraham Olano, pero conserva intacto el recuerdo de los últimos días del navarro como profesional. Y no comparte la idea de que su retirada fuese prematura: "Miguel eligió un buen momento y me parece que hizo bien". Para definirlo le bastan dos palabras: "De Miguel sólo se pueden decir dos cosas: un campeón y un señor, un caballero". Cuando habla de Pogacar, curiosamente, recurre a los mismos códigos. Dos épocas muy distintas, la misma idea de campeón. El calor es el otro gran protagonista de esta edición, y Torralbo lo vive desde dentro con cierta ventaja. Nacido en Villanueva de Córdoba, lo lleva mejor que la mayoría. "Para mí esta temperatura es una cosa normal", admite, aunque enseguida pone el foco en el desgaste del ciclista: "Con el calor te cansas más, llegas más fatigado a la noche y recuperas peor". En UAE monitorizan a los miembros del equipo con una pulsera que cada mañana mide su nivel de recuperación. "Aquí hay una pila de gente que les sale en amarillo y en rojo. A mí me lleva saliendo todos los días en verde". Su secreto, en plena era de la tecnología extrema, es sorprendentemente simple: "Voy a la habitación, apago el teléfono, apago la luz y me meto a dormir". Lo que ha cambiado a su alrededor no son solo las bicicletas. Hace dos años ya hablaba de hasta qué punto se había especializado el oficio, con biomecánicos, departamentos de rendimiento y estructuras cada vez más grandes rodeando a los corredores. Hoy pone nombre a lo que realmente echa de menos: "Me gusta más el ciclismo de antes. Echo de menos las relaciones humanas". Recuerda jornadas en las que, terminadas las bicicletas de su equipo, preguntaba al mecánico de al lado si necesitaba una mano. Una vez ayudó a Kelme cuando tuvieron problemas con sus horquillas. Otra vez acabó montando también las bicicletas de otro equipo porque su mecánico no había llegado a tiempo. "Eso ahora es inimaginable. Ahora es más un negocio, es otra cosa", sentencia. Ahí puede que esté la verdadera dimensión de Alejandro Torralbo. No solo en las 46 Vueltas, ni en haber trabajado junto a algunas de las mayores estrellas de las últimas décadas, sino en ser uno de los últimos testigos de un ciclismo en el que todavía cabía terminar tu trabajo y echar una mano al rival. Del taller familiar a los departamentos de ingeniería, de Indurain a Pogacar, de estructuras casi artesanales a equipos que funcionan como multinacionales. Y ahí sigue, con una llave en la mano y la memoria llena de historias, distinguiendo todavía, con una sonrisa, entre campeones y champiñones.

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