"Nuestros aficionados nos insultaban y nos escupían y en el vestuario todos se peleaban"
Marius Grigonis, ex del Panathinaikos, relata el caótico ambiente que reina en el equipo ateniense y el fanatismo extremo de sus aficionados
Marius Grigonis ha regresado al Zalgiris Kaunas después de cuatro temporadas (2022-26) en el Panathinaikos y lo hace dejando tras de sí un testimonio que retrata con crudeza la particular realidad del gigante ateniense. En una entrevista concedida a la página web oficial del Zalgiris, el internacional lituano define su experiencia en Grecia como un "caos organizado", una montaña rusa capaz de llevarle del infierno al cielo en apenas unos meses. De los insultos y los escupitajos de los aficionados a ser llevado a hombros tras conquistar la Euroliga. "Un año te insultaban y al siguiente te llevaban a hombros porque habíamos ganado la Euroliga", resume Grigonis para explicar la dimensión de los extremos que vivió en Atenas. Y si hay un elemento que le dejó especialmente marcado fue el fanatismo de una afición que, según relata, supera incluso los límites que se atribuyen tradicionalmente a la hinchada del Zalgiris. "Hablamos de fanatismo en Kaunas y Zalgiris, pero allí todo es otro nivel", asegura. "Están realmente locos. Ni siquiera necesitan beber cerveza para ser así. Simplemente son así", relata el escolta. Grigonis recuerda sus primeros meses en un Panathinaikos todavía muy alejado del campeón de Europa en el que acabaría convirtiéndose: "Nuestros propios aficionados nos insultaban. Nos escupían. Caminabas por la calle y la gente te decía cosas". Un ambiente asfixiante que reflejaba también lo que sucedía dentro del vestuario: "Todos se peleaban y se insultaban", rememora. En ese escenario aparece la figura del entrenador Ergin Ataman, con quien Grigonis dibuja una relación inexistente. "Me gustaría que encontraran al menos un jugador que tenga una buena relación con él. Se distancia completamente de los jugadores. Él elige esa postura. No hay ninguna comunicación". Una declaración demoledora que apunta directamente al peculiar método de gestión de Ataman y que según Grigonis hacía imposible mantener una conversación normal con él: "Con Ataman, no funciona así". La última temporada fue, además, el mejor ejemplo de esa desconexión. Después de una larga ausencia por sus problemas de espalda, Grigonis regresó a la dinámica del equipo, pero su protagonismo en la Euroliga quedó reducido a apenas cinco minutos por partido: "Salía del entrenamiento, me iba a casa y luego recibía una llamada: “Ven al aeropuerto. Tienes que viajar para el partido". Y no era una excepción. "O llegaba al vestuario y, 25 minutos antes del partido, me traían el uniforme y me decían que me necesitaban". La improvisación y el caos reinaban en el equipo. Grigonis admite que la situación le llevó a quejarse y expresar su malestar, pero sin dejar de comportarse con profesionalidad. "Lo veía así: estoy aquí y voy a intentar hacer mi trabajo. Mi contrato es para ayudar al equipo. Claro que me quejé mucho y di mi opinión, pero cuando me necesitaron, estuve listo". La paradoja es que todo aquel caos terminó desembocando en el mayor éxito posible. El Panathinaikos pasó de aquel vestuario fracturado, de los insultos y de la hostilidad de sus propios aficionados a construir una plantilla repleta de estrellas y conquistar la Euroliga apenas un año después. Grigonis vivió las dos caras de una misma pasión: la que puede convertir al jugador en el enemigo público número uno y, poco después, elevarlo a los altares. Así es el Panathinaikos, el club en el que la línea que separa el éxtasis del cataclismo es muy delgada.
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